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miércoles, 2 de enero de 2013

25.- WORLD WAR Z - ARMAGH, IRLANDA

[Aunque no es católico, Philip Adler se ha unido a las filas de fieles que visitan el refugio de emergencia del Papa. “Mi esposa es bávara,” me explica en el bar del hotel. “Juró venir en peregrinaje a la Catedral de San Patricio.” Es la primera vez que salen de Alemania desde el final de la guerra. Nuestro encuentro fue accidental. A él no le importa que use mi grabadora.]

Hamburgo estaba completamente infestado. Estaban en las calles, en los edificios, salían del Neuer Elbtunnel. Tratamos de sellarlo con vehículos civiles, pero pasaban retorciéndose a través de cualquier abertura como gusanos gordos y ensangrentados. También estábamos llenos de refugiados. Habían llegado incluso desde Sajonia, pensando que podrían escapar por mar. Los barcos habían zarpado hacía mucho, y el puerto era un caos. Había más de mil refugiados atrapados en la planta del Reynolds Aluminiumwerk y por lo menos tres veces más en la Terminal del Eurokai. No tenían comida ni agua, y sólo esperaban allí a ser rescatados, con los muertos acumulándose en el exterior, y no sé cuántos infectados en el interior. 

La costa estaba abarrotada de cadáveres, pero eran cadáveres que se seguían moviendo. Los empujábamos hacia el mar con cañones de agua antimotines; así ahorrábamos municiones y manteníamos las calles limpias. Fue una buena idea, hasta que la presión de las tuberías despareció. Habíamos perdido a nuestro oficial al mando dos días antes… un maldito accidente. Uno de nuestros hombres le había disparado a un zombie que se había lanzado sobre él. La bala había atravesado la cabeza de la criatura, arrastrando pedazos de tejido cerebral infectado hasta el otro lado y metiéndose en el hombro del coronel. ¿Una locura, eh? Me dejó el mando de todo el sector antes de morir. Mi primer deber como oficial fue matarlo. 

Establecí nuestro puesto de comando en el Hotel Renaissance. Era una posición decente, con buenos lugares de tiro y suficiente espacio para alojar a toda nuestra unidad y a varios cientos de refugiados. Mis hombres, los que no estaban ocupados defendiendo las barricadas, estaban tratando de adecuar otros edificios. Con los caminos bloqueados y sin trenes, pensé que lo mejor sería reclutar a tantos civiles como fuera posible. La ayuda debía estar en camino, la pregunta era cuándo iba a llegar.

Estaba a punto de organizar un equipo para modificar las armas de mano que teníamos, porque estábamos quedándonos sin municiones, cuando llegó la orden de retirarnos. Eso no era nada raro. Nuestra unidad había estado en una lenta retirada desde los primeros días del Pánico. Lo que sí era extraño, era el sitio de reunión. Nuestra división había estado usando las coordenadas cartesianas de los mapas desde que comenzaron los problemas. Hasta ese momento las instrucciones se habían dado usando direcciones y nombres civiles en un canal abierto; hacían eso para que los refugiados pudiesen evacuar también. Pero en aquel momento recibimos una transmisión codificada, usando un mapa y coordenadas que no se habían usado desde el final de la guerra fría. Tuve que solicitar que nos confirmaran las coordenadas tres veces. Nos habían enviado a Schafstedt, al norte del Canal Nord-Oeste. ¡Eso era prácticamente en Dinamarca! 

También recibimos órdenes estrictas de no mover a los civiles. Peor aún, ¡nos ordenaron que no les informáramos de nuestra partida! Eso no tenía sentido. ¿Querían que nos retiráramos hasta Schleswig-Holstein, pero que dejáramos a los civiles atrás? ¿Qué nos rindiéramos y corriéramos? Tenía que haber algún error. 

Pedí otra confirmación. Me la dieron. Les pregunté de nuevo. Quizá estaba mirando el mapa equivocado, o habían cambiado los códigos sin avisarnos. No sería la primera vez que pasaba algo así. 

De pronto me encontré hablando con el general Lang, comandante de todo el Frente Norte. Su voz temblaba. Pude notarlo a pesar de los disparos. Me dijo que las órdenes no habían sido un error, que debía reunir a todas las tropas que quedaran en Hamburgo y dirigirme de inmediato hacia el norte. “Esto no puede estar pasando,” pensé. ¿Curioso, no? Podía aceptar todas las demás cosas que estaban pasando, que los muertos se habían levantado y devorarían al mundo, pero eso… seguir unas órdenes que provocarían una masacre. 

Ahora bien, yo soy un buen soldado, pero nací en Alemania Occidental. ¿Entiende cuál es la diferencia? A los orientales siempre les dijeron que no debían sentirse responsables por las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, que como buenos comunistas, habían sido víctimas de Hitler tanto como cualquier otro. ¿Entiende por qué los cabezas rapadas y esos proto-fascistas eran casi todos de Alemania Oriental? Ellos no sentían ninguna responsabilidad por el pasado, no como nosotros en occidente. A nosotros nos enseñaron desde niños a cargar con la culpa y la vergüenza de nuestros abuelos. Nos enseñaron que, aunque llevásemos un uniforme, nuestro principal deber era obedecer a nuestra conciencia, sin importar las consecuencias. Así me criaron, y así respondí. Le dije a Lang que no podía obedecer esa orden, no con la conciencia tranquila, y que no podía dejar a esas personas desprotegidas. Al escuchar eso, estalló. Me dijo que cumpliría esa orden, o de lo contrario yo, y peor aún, mis hombres, seríamos acusados de traición y procesados con “eficiencia rusa.” Así que a esto hemos llegado, pensé. Todos habíamos escuchado lo que estaba sucediendo en Rusia… los motines, las revueltas, los diezmos. Miré a mis pobres muchachos, todos de dieciocho o diecinueve años, asustados y cansados de luchar por sus vidas. No podía hacerles eso. Dí la orden de retirada. 

¿Y cómo lo tomaron? 

No hubo quejas, al menos no hacia mí. Discutieron un poco entre ellos. Fingí no notarlo. Ellos cumplieron con su deber. 

¿Y qué pasó con los civiles?
[Hace una pausa.] 

Nos dieron lo que nos merecíamos. “¿A dónde van?” nos gritaban desde los edificios. “¡Regresen, cobardes!” Yo traté de responder, “Vamos a volver por ustedes,” les dije. “Volveremos mañana con más hombres. Sólo quédense donde están, mañana volveremos.” No me creyeron. “¡Maldito mentiroso!” escuché que me gritaba una mujer. “¡Vas a dejar morir a mi bebé!” 

La mayoría de ellos no trató de seguirnos, demasiado preocupados por los zombies en las calles. Unos pocos valientes se aferraron a nuestros vehículos de transporte de tropas. Trataron de meterse a la fuerza por las escotillas. Los derribamos. Tuvimos que cerrarlas cuando los que estaban en los edificios comenzaron a arrojarnos cosas, lámparas y muebles sobre todo. A uno de mis hombres le dieron con una cubeta llena de deshechos humanos. Escuché una bala rebotando en la cubierta de mi Marder. 

Mientras salíamos de la ciudad, pasamos junto a la última de nuestras Unidades de Estabilización y Reacción Rápida. Les había ido muy mal esa semana. No lo sabía en ese momento, pero eran una de esas unidades que habían sido clasificadas como prescindibles. Se les ordenó que cubrieran nuestra retirada, que evitaran que los zombies, o los refugiados, nos siguieran. Se les ordenó resistir hasta el final. 

Su comandante estaba asomado sobre la cúpula de su Leopard. Lo conocía. Habíamos servido juntos como parte de las Fuerzas de Implementación de la OTAN en Bosnia. Quizá es un poco dramático decir que él me había salvado la vida, pero recibió una bala serbia que seguramente era para mí. Lo había visto por última vez en un hospital de Sarajevo, bromeando acerca de que por fin iba a salir de ese manicomio de país. Ahora nos encontrábamos de nuevo, en una autopista destruida en el corazón de nuestra propia tierra. Nos miramos e intercambiamos saludos. Me volví a meter en el APC y fingí que estaba estudiando el mapa para que el chofer no pudiese ver mis lágrimas. “Cuando regresemos,” me prometí, “voy a matar a ese hijo de puta.” 

El general Lang. 

Lo tenía todo planeado. No me enojaría, para no darle motivos de preocupación. Le entregaría mi informe y me disculparía por mi comportamiento. A lo mejor él trataría de darme algún tipo de charla, de explicar o justificar nuestra retirada. Muy bien, pensé, lo escucharía con calma, y lo tranquilizaría. Luego, cuando se levantara para estrechar mi mano, sacaría mi arma y le volaría esos sesos orientales sobre el mapa de lo que solía ser nuestro país. Quizá todo su equipo estaría allí también, todos esos cabrones que sólo “estaban siguiendo órdenes.” ¡Me los llevaría a todos antes de irme! Sería perfecto. No iba a irme al infierno como un imbécil y obediente Hitler Jugend. Iba a mostrarle a él, y a todos los demás, lo que significaba ser un verdadero Deutsche Soldat. 

Pero eso no sucedió. 

No. Sí pudimos llegar hasta la oficina del general Lang. Fuimos la última unidad en cruzar el canal. Él había estado esperándonos. Tan pronto como dimos nuestro informe, él se sentó en su escritorio, firmó unas cuantas órdenes, envió una carta sellada a su familia, y se metió un tiro en la cabeza. 

Hijo de puta. Lo odio más ahora que durante aquel viaje desde Hamburgo.

¿Por qué?

Porque ahora entiendo la razón detrás de lo que hicimos, los detalles del Plan Prochnow. 

¿Y saber eso no hizo que lo comprendiera un poco? 

¿Lo dice en serio? ¡Es precisamente por eso que lo odio! Él sabía que aquel era sólo el primer paso de una larga guerra, y que íbamos a necesitar hombres como él para ganarla. Jodido cobarde. ¿Recuerda lo que le dije sobre nuestro deber hacia nuestra conciencia? Uno no puede culpar a nadie más, ni al arquitecto del plan, ni al oficial al mando, nadie más aparte de uno mismo. Uno tiene que hacer su elección y vivir cada día con el peso de las consecuencias. Él lo sabía. Por eso nos abandonó como nosotros abandonamos a esos civiles. Él vió el camino que teníamos al frente, un camino montañosos y traicionero. Todos tendríamos que recorrer ese camino, y cada uno tendría que arrastrar con el peso de lo que habíamos hecho. Él no pudo. No pudo soportar el peso.

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