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miércoles, 2 de enero de 2013

34.- WORLD WAR Z - BASE AÉREA DE LA GUARDIA NACIONAL, PARNELL, TENNESSEE


[Gavin Blaire me lleva hasta la oficina de la comandante de su escuadrón, la coronel Christina Eliópolis. Ella es una leyenda tanto por su temperamento como por sus hazañas de guerra, y resulta difícil creer que toda esa fuerza pueda encerrarse en su pequeña y casi infantil figura. Su largo cabello negro y sus delicados rasgos sólo sirven para reforzar esa imagen de una eterna juventud. Sin embargo, cuando se quita sus anteojos oscuros, puedo ver una especia de fuego en su mirada.] 

Yo piloteaba un Raptor, un FA-22. Era, sin lugar a dudas, la mejor nave de combate jamás construida. Podía sobrepasar y derribar a Dios y a todos sus ángeles. Era un monumento a la tecnología y la superioridad norteamericana… y en esta guerra, esa superioridad no valía una mierda. 

Eso debió ser muy frustrante. 

¿Frustrante? ¿Sabe lo que se siente que alguien le diga que en único objetivo por el que ha luchado toda su vida, por el que ha sufrido y se ha sacrificado, y se ha esforzado hasta límites que ni siquiera conocía, de pronto es considerado “estratégicamente inválido”? 

¿Usted cree que mucha gente se sentía igual? 

Déjeme ponérselo de esta manera; el Ejército Ruso no fue la única fuerza diezmada por su propio gobierno. El Acta de Reconstitución de las Fuerzas Armadas básicamente neutralizó la fuerza aérea. Algunos “expertos” de DEstRe determinaron que nuestro índice de muertes por unidad de recursos, nuestro MUR, era el más bajo de todo el ejército. 

¿Podría darme algún ejemplo?

¿Conoce las JSOW, las bombas inteligentes? Eran unas bombas autopropulsadas, guiadas por GPS y giróscopos, que podían ser lanzadas a más de sesenta kilómetros de distancia del objetivo final. La versión estándar llevaba dentro ciento cuarenta municiones BLU-97B, y cada una de esas contenía una carga penetrante contra objetivos blindados, una cubierta de fragmentación contra infantería, y un anillo de zircón para incendiar toda la zona de impacto. Se las había considerado todo un éxito, hasta Yonkers. Pero luego nos dijeron que por el precio de una sola JSOW —los materiales, los obreros, el tiempo, y la energía, sin mencionar el combustible y el mantenimiento para el bombardero— se podía pagar todo un pelotón de soldados de infantería, los cuales podían despacharse mil veces más Gs que la bomba. No eran suficientes bajas por dólar, y lo mismo pasaba con casi todas las anteriores estrellas de nuestro poderío militar. Nos destrozaron como un láser industrial. Los B-2 Spirits, fuera; los B-1 Lancers, fuera; Hasta los viejos BUFF, los B-52, fuera. Súmele a eso los Eagles, los Falcons, los Tomcats, Hornets, los JSF y los Raptors, y tendrá más aviones de combate derribados por una firma en un papel, que por todos los misiles, baterías antiaéreas y cazas enemigos de la historia. Al menos esos aviones no fueron desmantelados como chatarra, gracias a Dios, sino guardados en hangares y en ese enrome cementerio de aeronaves del AMARC. Era una “inversión a largo plazo,” según decían. Eso era lo único que seguía igual que siempre; mientras peleamos en una guerra, nos estamos preparando para la siguiente. El transporte aéreo de carga, al menos la infraestructura, sí permaneció casi intacto. 

¿Casi? 

Los Globemasters tenían que desaparecer, y cualquier otra cosa propulsada por esas turbinas de jet “voraces de combustible.” Sólo pudimos conservar los aviones de motor de combustión interna. Pasé de volar una nave que prácticamente era un caza X-Wing, a pilotear un camión de mudanzas con alas. 

¿Entonces cuál era la misión principal de la fuerza aérea? 

Nuestro objetivo principal era el suministro aéreo de provisiones, era lo único que todavía valía para algo. 

[Christina señala hacia el amarillento mapa pegado a la pared.] 

El comandante de la base permitió que me quedara con él, después de lo que me pasó. 

[Es un mapa continental de los Estados Unidos, de la época de la guerra. Todo el territorio al occidente de las Montañas Rocosas está sombrado de gris claro. Entre todo el gris, hay una variedad de círculos de distintos colores.] 

Son islas en el Mar de Zack. Las Zonas Verdes señalan instalaciones militares activas. Algunas habían sido convertidas en centros de refugiados. Algunas seguían aportando a las actividades de guerra. Otras estaban bien defendidas, pero no tenían ninguna importancia táctica.

Las Zonas Rojas eran llamadas puntos de “Ofensiva Viable”: fábricas, minas, plantas de energía. El ejército había dejado algunos equipos de guardia durante la gran retirada. Su trabajo era vigilar y mantener esas instalaciones en buen estado, para el momento en que, si era posible, pudiesen sumarse a las acciones de guerra. Las Zonas Azules eran poblaciones civiles en las que los habitantes habían logrado resistir, habían acondicionado algún lugar seguro, y se las habían ingeniado para sobrevivir de alguna manera. Todas esas zonas necesitaban abastecimiento, y ese era el trabajo de. “Transporte Aéreo Continental.” 

Era una operación enorme, no sólo por la cantidad de aviones y combustible, sino por toda la organización necesaria. Mantener el contacto con todas esas islas, procesar sus pedidos, coordinarlos con el DEstRe, y luego conseguir y priorizar todos los materiales para cada orden, todo eso hizo de este proyecto, el mayor esfuerzo conjunto en la historia de la fuerza aérea. 

Nosotros tratábamos de evitar las cargas de productos perecederos, cosas como comida y medicinas, que tenían que despacharse constantemente. Esas estaban clasificadas como CDs, cargas de dependencia, y eran menos importantes que las CAs, las cargas de autosuficiencia, como herramientas, repuestos, y herramientas para fabricar repuestos. “Ellos no necesitan pescado,” decía Sinclair, “necesitan cañas de pescar.” Sin embargo, cada otoño terminábamos transportando montones de pescado, granos, sal, vegetales deshidratados y leche en polvo para bebés… Los inviernos eran lo peor. ¿Recuerda lo largos que se volvieron? Enseñar a la gente a que se las arregle por su cuenta, es excelente en teoría, pero hay que mantenerlos vivos en primer lugar. 

Algunas veces teníamos que llevar gente, especialistas, como médicos e ingenieros, gente con el tipo de conocimiento que no se adquiere en un manual de instrucciones. Llevamos un montón de instructores de las Fuerzas Especiales hasta las Zonas Azules, no sólo para enseñarles cómo defenderse mejor, sino también para prepararlos para el momento en que comenzara la ofensiva. Siento un profundo respeto por esa gente. Casi todos ellos sabían que tendrían que quedarse hasta el final; la mayoría de las Zonas Azules no tenían pistas de aterrizaje, así que se lanzaban en paracaídas y no había manera de volver a recogerlos. No todas las Zonas Azules resistieron hasta el final. Muchas fueron arrasadas eventualmente. La gente que dejamos allí sabía el riesgo que corrían. Un gran corazón, todos ellos. 

Eso también puede decirse de los pilotos. 

Hey, no estoy diciendo que no corriéramos riesgos. Todos los días teníamos que sobrevolar cientos, o a veces miles de kilómetros de territorio infestado. Por eso teníamos las Zonas Púrpura. 

[Se refiere al último color del mapa. Las zonas púrpura son pocas, y están muy alejadas unas de otras.] 

Esas eran nuestras instalaciones de reparación y abastecimiento. Muchos de los aviones no tenían el alcance para llegar hasta las zonas remotas de la Costa Este sin reabastecer de combustible a mitad del vuelo. Así redujimos el número de naves y de tripulación perdidas en la ruta. Las Zonas Púrpura subieron nuestro índice de éxito hasta un noventa y dos por ciento. Desafortunadamente, yo fui parte del ocho por ciento restante.

Nunca voy a saber qué fue exactamente lo que nos derribó: si fue una falla mecánica, o fatiga del metal combinada con el clima. Pudo haber sido por el contenido de nuestra carga, mal etiquetado o mal empacado. Eso pasaba más a menudo de lo que nos gustaba creer. Algunas veces, si algún material peligroso no estaba bien empacado, o, que Dios no lo permita, si algún inspector de calidad con mierda en vez de cerebro permitía que su gente ensamblara los detonadores antes de empacarlos para el viaje… eso le pasó a un amigo mío, un vuelo de rutina de Palmdale a Vandenberg, una zona que ni siquiera estaba infestada. Doscientos detonadores tipo 38, todos armados y con las baterías conectadas por accidente, y todos listos para activarse en la misma frecuencia que usábamos para las comunicaciones de radio. 

[Hace tronar sus dedos.] 

Esos podríamos haber sido nosotros. Estábamos haciendo un envío de Phoenix hacia la Zona Azul afuera de Tallahassee, Florida. Estábamos a finales de Octubre, y en ese entonces ya estábamos casi a pleno invierno. La gente de Honolulu estaba tratando de despachar la mayor cantidad posible de órdenes, antes que el invierno nos congelara hasta Marzo. Era nuestra novena entrega de esa semana. Todos estábamos tomando “twiks,” esos estimulantes azules que te mantienen despierto sin afectar tu juicio ni reflejos. Supongo que funcionaban bien, pero me hacían orinar cada veinte minutos. Los de mi tripulación, todos hombres, me molestaban mucho, ya sabe, diciendo que las mujeres teníamos que “ir” a toda hora. Yo sé que no lo hacían con mala intención, pero de todas formas trataba de aguantar lo más que podía. 

Después de dos horas de lidiar con una horrible turbulencia, al fin no pude aguantarlo más y le pasé el timón a mi copiloto. Acababa de subirme los pantalones cuando escuché un enorme crujido, como si Dios mismo nos hubiese pateado en la cola… y de pronto íbamos en picada. En la cabina de nuestro C-130 ni siquiera teníamos baño, sólo una letrina portátil con una cortina de ducha instalada a su alrededor. Eso me salvó la vida. Si hubiese estado atrapada dentro de un compartimiento sólido, con un golpe en la cabeza y quizá incapaz de abrir la puerta a tiempo… De pronto hubo un aullido, un impresionante golpe de aire presurizado, y salí disparada por la parte de atrás del avión, por el agujero en donde antes estaba la cola. 

Estaba dando vueltas, fuera de control. Apenas si podía ver mi nave, una masa gris encogiéndose y echando humo mientras caía. Me enderecé y abrí mi paracaídas. Todavía estaba mareada, me daba vueltas la cabeza, y luchaba por respirar. Tomé mi radio y comencé a gritar para que mi tripulación se reportara. No hubo respuesta. Sólo alcanzaba a ver un paracaídas más, la única persona además de mí que logró salir.

Ese fue el peor momento, allí arriba, colgada y sin poder nacer nada. Podía ver el otro paracaídas, sobre mí, a unos tres kilómetros y medio hacia el norte. Seguí buscando a los otros. Intenté nuevamente con mi radio, pero no pude captar ninguna señal. Supuse que se habría averiado durante mi “salida.” Traté de ubicarme, estaba en algún lugar sobre el sur de Louisiana, un enorme pantano que no parecía tener final. No estaba del todo segura, mi cerebro seguía funcionando raro. Al menos estaba lo suficientemente lúcida como para comprobar lo esencial. Podía mover bien las piernas y los brazos, y no sentía dolor ni tenía hemorragias visibles. Revisé y me aseguré de que mi equipo de supervivencia siguiera intacto, bien amarrado a mi pierna, y que mi arma, mi Meg, seguía apretada contra mis costillas. 

¿En la fuerza aérea la habían preparado para una situación como esa? 

Todos teníamos que aprobar el curso de Escape y Evasión de Willow Creek, en las montañas Klamath de California. En el curso usaban algunos Gs de verdad, marcados y rastreados, liberados en lugares específicos para darnos una idea de “cómo es la cosa en realidad.” Es muy parecido a lo que te enseñan en el manual para civiles: el movimiento, el sigilo, cómo eliminar a Zack antes de que pueda revelar tu posición. Todos lo “logramos,” es decir que sobrevivimos, aunque un par de pilotos tuvieron que ser dados de baja por Sección 8. Supongo que no pudieron aguantar lo que se sentía allá afuera. Eso a mí no me molestaba, estar sola en territorio enemigo. Para mí era normal. 

¿Siempre? 

Si cree que no sé lo que es estar sola en un ambiente hostil, trate de vivir lo que yo viví durante cuatro años en Colorado Springs. 

Pero allí había otras mujeres… 

Eran otros cadetes, otros competidores que simplemente tenían los mismos órganos genitales que yo. Créame, cuando uno vive bajo presión, las hermanas no cuentan para nada. No, era yo sola. No podía contar con nadie más para controlarme, no podía confiar en nadie, y nadie iba a consolarme si estaba mal. Sólo podía contar conmigo. Eso fue lo único que me ayudó a pasar esos cuatro años en el infierno de la Academia, y era lo único con lo que podía contar cuando aterricé en aquel pantano, en medio de la Tierra de G. 

Me desprendí del paracaídas —nos enseñan a no perder el tiempo ocultándolos— y me dirigí hacia donde ví caer el otro. Me tomó un par de horas, chapoteando entre esa baba verde y fría que adormecía todo bajo mis rodillas. No estaba pensando con claridad, mi cabeza seguía dando vueltas. Eso no es una buena excusa, ya sé, pero es la razón por la que no me dí cuenta de que las aves habían salido volando en la dirección contraria. Lo que sí escuché fue el grito, débil y muy lejos. Pude ver el paracaídas enganchado en un árbol. Comencé a correr, otro error, haciendo un montón de ruido sin detenerme antes a buscar a Zack. No veía nada, sólo un montón de ramas grises y desnudas, hasta que de pronto los tuve frente a mí. De no ser por Rollins, mi copiloto, no estaría aquí contando la historia.

Lo encontré todavía colgando de su arnés, muerto, balanceándose. Su uniforme de vuelo había sido abierto por el abdomen y sus entrañas se desparramaban colgando de su cuerpo… y caían sobre cinco de ellos, mientras se alimentaban en un charco de agua ocre-rojizo. Uno de ellos tenía un extremo del intestino delgado enganchado alrededor del cuello. Cada vez que se movía, sacudía a Rollins como una maldita campana. Por eso no me notaron. Estaba lo suficientemente cerca para tocarlos, y no se dieron cuenta.

Al menos tuve la sensatez de usar el silenciador. Claro que no tenía que desperdiciar todo un proveedor en ellos, otro maldito error. Estaba tan enojada que estuve a punto de quedarme pateando sus cadáveres. Tenía tanta vergüenza, me odiaba por todo eso… 

¿Se odiaba? 

¡Había metido la pata! Mi nave, mi tripulación… 

Pero fue un accidente. No fue su culpa. 

¿Y usted qué sabe? Usted no estaba allí. Mierda, yo tampoco estaba. No sé qué fue lo que pasó. No hice bien mi trabajo. ¡Yo estaba en cuclillas sobre una cubeta, como una maldita niña! 

Estaba perdiendo la cabeza. Jodida imbécil, me repetía, maltita perdedora. Comencé a perder el control, no sólo me odiaba por lo que había pasado, sino que me odiaba por odiarme. ¿Eso tiene algún sentido? Seguramente me habría quedado allí parada, temblando e indefensa, esperando a que llegara Zack. 

Pero mi radio comenzó a hacer ruido. “¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien salió vivo de ese desastre?” Era la voz de una mujer, obviamente una civil por las palabras y el tono con que hablaba. 

Le respondí inmediatamente, me identifiqué, y le pedí que hiciera lo mismo. Me dijo que era una observadora, y que su apodo era “Mets Fan,” o simplemente “Mets” para abreviar. El Sistema de Observadores era una red improvisada de operadores de radio aficionados. Su tarea era reportar los accidentes aéreos, y hacer lo que fuese posible para ayudar al rescate de los sobrevivientes. El sistema no era muy eficiente, principalmente porque eran muy pocos, pero al parecer aquel era mi día de suerte. Me dijo que había visto el rastro de humo cuando mi Herc había caído, y que debía estar a menos de un día de camino de mi posición, pero que su cabaña estaba rodeada. Antes de que yo pudiese responderle, me dijo que no me preocupara, que ya había reportado mi posición a un grupo de búsqueda y rescate, y que lo mejor que podía hacer era buscar un lugar abierto en el que pudieran aterrizar y recogerme. 

Busqué mi GPS, pero se había desprendido de mi traje cuando fui expulsada fuera de la nave. Llevaba conmigo un mapa de respaldo, pero era tan grande, tan poco específico, y la turbulencia nos había llevado tan lejos, que en aquel momento me servía tanto como un mapa general de los Estados Unidos.… mi mente seguía nublada por la furia y la duda. Le dije que no sabía mi posición, no sabía a dónde ir…

Ella se rió. “¿Quieres decir que es la primera vez que haces este recorrido? ¿No lo tienes memorizado? ¿No viste dónde estabas cuando ibas bajando en el paracaídas?” Confiaba tanto en mí, tratando de hacerme pensar en lugar de darme las respuestas. Me di cuenta de que sí conocía bien la zona, que había volado sobre esa área al menos veinte veces en los últimos tres meses, y que debía estar en algún punto de la cuenca del río Atchafalaya. “Piensa,” me dijo ella, “¿qué viste desde el paracaídas? ¿Algún río, alguna carretera?” Al principio, lo único que pude recordar fueron los árboles, una enorme extensión de gris sin ningún detalle concreto, pero luego, a medida que mi cerebro se aclaraba, recordé que había visto ríos y una carretera. Revisé el mapa y noté que justo hacia el norte, quedaba la autopista interestatal I-10. Mets me dijo que aquel era el mejor lugar para que me recogiera el equipo de rescate. Me dijo que no me tomaría más de un día o dos si me comenzaba a mover de inmediato y no desperdiciaba la luz del día. 

Estaba a punto de marcharme, pero ella me detuvo y me preguntó si no estaba olvidándome de algo. Recuerdo claramente ese momento. Volví mirar a Rollins. En ese preciso instante estaba volviendo a abrir los ojos. Pensé que debía decirle algo, pedirle disculpas quizá, y luego le metí una bala justo en la frente. 

Mets me dijo que no debía culparme, y que sin importar lo que pasara, eso no debía distraerme del trabajo que tenía pendiente. Me dijo, “Sigue viva, sigue viva y haz tu trabajo.” Y luego añadió, “…y deja de desperdiciar tus minutos.” 

Se refería a las baterías del radio —no se le escapaba nada— así que me despedí y comencé a caminar hacia el norte a través del pantano. Mi cerebro estaba por fin a toda marcha, y todas las lecciones de Willow Creek comenzaron a salir. Caminaba, me detenía, y luego escuchaba. Caminé por terreno seco cuando fue posible, y tenía mucho cuidado de dónde pisaba. Tuve que nadar un par de veces, y eso sí me puso nerviosa. Le juro que en dos ocasiones sentí que una mano me rozaba la pierna. Encontré un camino, pequeño, de apenas dos carriles y en muy mal estado. Sin embargo, parecía una opción mucho mejor que caminar por todo ese pantano. Le reporté a Mets lo que había encontrado, y le pregunté si me llevaría hasta la autopista. Me dijo que me alejara de él y de cualquier otro camino que cruzara aquel valle. “Los caminos tienen autos,” me dijo, “y donde hay autos hay Gs.” Se refería a los humanos infectados que habían muerto tras el volante, y como los zombies no tienen la inteligencia suficiente para abrir una puerta o soltarse el cinturón de seguridad, estaban condenados a pasar el resto de su existencia atrapados dentro de sus autos. 

Le pregunté cuál era el peligro entonces. Porque no podían salir, y mientras yo no les diera la oportunidad de sacar una mano y agarrarme, no importaba cuántos autos “abandonados” me encontrara en el camino. Mets me recordó que un G atrapado sí podía gemir, y podía llamar a otros. Ahora sí estaba confundida. Si iba a pasar tanto tiempo evitando unos caminos con sólo uno o dos autos llenos de Zack, ¿por qué me dirigía hacia una autopista que seguramente estaba llena de autos? 

Ella respondió, “Porque estarás sobre el pantano. ¿Cómo van a alcanzarte los zombies?” Aquella sección de la I-10 había sido construida a varios metros sobre la superficie del pantano, y por lo tanto era el lugar más seguro de toda la cuenca. Le confesé que no había pensado en eso. Ella se rió y me dijo, “No te preocupes, cariño. Yo sí. Sigue en contacto, y te llevaré a casa.”

Y eso hice. Me alejé de cualquier cosa que se pareciera remotamente a una carretera, y me limité a cruzar por el territorio salvaje tanto como pude. Digo “salvaje” pero en realidad no pude evitar cruzarme con varios signos de civilización, o lo que antes había sido civilización. Había zapatos, ropa, bolsas de basura, maletas abandonadas y equipo de acampar. Ví montones de huesos en los islotes de barro seco. No pude reconocer si eran humanos o animales. Una vez me encontré unas enormes costillas; supongo que de un cocodrilo, uno grande. No quiero ni imaginarme cuántos Gs se necesitaron para matar al pobre infeliz. 

El primer G que me encontré era pequeño, seguramente un niño, pero no puedo asegurarlo. Ya no tenía cara, la piel, la nariz, los ojos, los labios, hasta el pelo y las orejas… no habían desaparecido del todo, pero estaban colgando en pedazos, pegados en parches sobre el cráneo expuesto. Quizá el daño era mayor, no sé. Estaba metido en uno de esos morrales civiles de campamento, bien amarrado y con el lazo del cierre apretado alrededor del cuello. Las agarraderas del morral se habían engarzado en la raíces de un árbol y estaba chapoteando, medio sumergido. El cerebro debía seguir intacto, así como algunos de los músculos de la mandíbula. Su boca comenzó a abrirse y cerrarse cuando me acerqué. No sé cómo se dio cuenta de que yo estaba allí, quizá parte de la cavidad nasal seguía entera, o quizá el canal auditivo. 

No podía ni siquiera gemir, su garganta estaba deshecha, pero el chapoteo podía llamar la atención, así que lo saqué de su miseria, si es que acaso sufren. Traté de no pensar mucho en el asunto. Esa fue otra de las cosas que nos enseñaron en Willow Creek: a no escribir sus epitafios, a no tratar de imaginarnos quiénes eran antes, cómo llegaron allí, o cómo se habían contagiado. Ya sé, ¿quién no lo hace, verdad? ¿Quién es capaz de mirar una de esas cosas sin preguntárselo? Es como leer la última página de un libro… la imaginación comienza a funcionar por sí sola. Pero ahí es cuando uno se distrae, se descuida, baja la guardia, y entonces le toca a alguien más preguntarse qué pasó con uno. Traté de sacarla, de sacarlo de mi mente. En lugar de eso, comencé a preguntarme por qué era el único que había visto. 

Era una cuestión práctica de supervivencia, no una pérdida de tiempo, así que encendí la radio y le pregunté a Mets si había algo que se me había escapado, quizá un área en particular con la que debía tener cuidado. Me recordó que aquella zona estaba casi despoblada, sobre todo porque las Zonas Azules de Baton Rouge y Lafayette atraían a casi todos los Gs en direcciones opuestas. Fue un amargo alivio el saber que estaba en medio de las dos zonas más infestadas en kilómetros a la redonda. Ella se rió de nuevo…“No te preocupes, vas a estar bien.” 

Ví algo un poco más adelante, un bulto que parecía un espeso matorral, pero demasiado cuadrado, y con partes brillantes. Se lo reporté a Mets. Ella me pidió que no me acercara, que siguiera avanzando y pensara sólo en la recompensa final. Me sentía mucho mejor para ese momento, la antigua “yo” estaba regresando.

Al acercarme, pude ver que era un vehículo, Una camioneta Lexus Hybrid. Estaba cubierta de barro y musgo, y metida en el agua hasta las puertas. A través de las ventanas ví que la parte trasera estaba abarrotada de equipo de supervivencia: una tienda, bolsas de dormir, utensilios de cocina, un rifle de caza con cajas y cajas de municiones, todo nuevo, algunas de esas cosas seguían metidas en su bolsa de plástico. Me acerqué a la ventana de conductor, y lo primero que ví fue una Mágnum .357. Descansaba todavía en la mano hinchada y marrón del conductor. Él seguía sentado, como mirando hacia el frente. Había un círculo de luz en un lado de su cráneo. Estaba muy descompuesto, llevaba por lo menos un año, quizá más. Tenía un pantalón caqui de expedicionario, de los que salen en esos catálogos de lujo para safaris y campamento. Estaban limpios y enteros, y las únicas manchas que tenían eran de la herida en su cabeza. No pude ver ninguna otra herida, ni mordiscos, nada. Ese me hizo sentir mal, mucho más que el pequeño niño sin rostro. Ese tipo había tenido todo lo necesario para sobrevivir, todo menos la voluntad de hacerlo. Ya sé que todo eso es suposición mía. Quizá tenía alguna herida que no ví, oculta entre las ropas o por la avanzada descomposición. Pero lo sabía, en aquel momento, apoyada con mi cara contra el cristal, supe lo fácil que era darse por vencido. 

Me quedé allí un momento, suficiente para que Mets se preocupara y me preguntara qué había pasado. Le conté lo que había visto, y sin hacer pausas, ella me gritó que siguiera caminando. 

Comencé a discutir con ella. Pensé que al menos debería registrar el vehículo, ver si había algo que pudiese necesitar. Ella me preguntó, muy seria, si en aquel momento había algo que necesitara de verdad, no que deseara. Lo pensé un momento, y tuve que admitir que no. Allí había mucho equipo, pero era de diseño civil, todo grande y estorboso; la comida tenía que ser cocinada, las armas no tenían silenciador. Mi equipo de supervivencia estaba completo, y, si por alguna razón no encontraba un helicóptero esperándome en la I-10, tendría aquel vehículo como reserva de emergencia. 

Por un momento consideré la idea de usar la camioneta. Mets me preguntó si acaso tenía una grúa y cables para pasar energía. Casi como una niña, le respondí que no. Ella me preguntó, “¿Entonces qué estás haciendo ahí?” o algo por el estilo, intentando que me pusiera en marcha. Le dije que me diera un minuto. Apoyé mi cabeza contra la ventana del auto, suspiré, y me sentí agotada. Mets volvió a llamar mi atención, gritándome. Le respondí que se quedara callada, que sólo necesitaba un minuto, unos segundos para… no sabía para qué. 

Seguramente dejé el botón de transmisión presionado por algunos segundos de más, porque Mets me preguntó de pronto, “¿Qué fue eso?” “¿Qué?” le pregunté. Había escuchado algo, algo en mi lado de la línea. 

¿Ella lo escuchó primero que usted? 

Supongo, porque un segundo después, cuando mi cabeza se aclaró y volví a prestar atención, yo también pude escucharlo. El gemido… fuerte y muy cerca, seguido por un sonido de chapoteo. 

Observé a mi alrededor, a través de la ventana del auto, del agujero en la cabeza del tipo, y de la ventana al otro lado. Entonces ví al primero. Me dí la vuelta y ví a cinco más, acercándose desde todas las direcciones. Y detrás de ellos venían otros diez, quince. Traté de dispararle al primero, pero la bala salió hacia otro lado. 

Mets comenzó a gritar, ordenándome que reportara mi situación. Le dije cuántos eran y ella me dijo que mantuviera la calma, que no tratara de correr, que debía tranquilizarme y recordar lo que había aprendido en Willow Creek. Le pregunté cómo sabía eso, pero ella me gritó que debía callarme y empezar a pelear.

Me subí sobre la camioneta —se supone que uno debe buscar el obstáculo más cercano que sirva como defensa— y comencé a calcular las distancias. Apunté a mi primer objetivo, respiré profundo, y lo derribé. Para ser un buen luchador, hay que tomar decisiones tan rápidas como te lo permitan los impulsos electroquímicos de tu cerebro. Había perdido parte de esos reflejos instantáneos cuando caí en el pantano, pero pronto los recuperé. Estaba tranquila, concentrada, y ya no sentía ni debilidad ni dudas. Sentí como si hubiera pasado diez horas allí arriba, pero creo que todo el asunto no duró más de diez minutos. Sesenta y uno en total, un grueso anillo de cadáveres flotando a mi alrededor. Hice una pausa, revisé cuántas balas me quedaban y esperé a que llegaran más. No apareció ninguno. 

Pasaron otros veinte minutos antes de que Mets me pidiera otro reporte. Le dije cuántos había matado, y ella bromeó diciéndome que era mejor no hacerme enojar. Me reí, por primera vez desde que aterricé en aquel pantano. Me sentí mejor, más fuerte y más confiada. Mets me advirtió que aquella demora había eliminado cualquier posibilidad de llegar hasta la I-10 antes del anochecer, y que lo mejor era empezar a pensar en donde iba a pasar la noche.

Me alejé lo más que pude de la camioneta, y cuando comenzaba a oscurecer, encontré un asidero bastante bueno, entre las ramas de un enorme árbol. Entre mi equipo de supervivencia, llevaba una hamaca de microfibras; un gran invento, liviana y fuerte, y con correas para evitar que uno cayera de ella. Se suponía que eso también debía servir para tranquilizarte, ayudándote a dormir mejor… ¡Sí, claro! No importó el hecho de que llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir, ni que practiqué todos los ejercicios de respiración que nos enseñaron en el Creek, ni que me tomé dos de mis Baby-Ls. Se supone que sólo hay que tomar una, pero pensé que esa dosis era sólo para debiluchos sin resistencia. Yo era muy fuerte, recuerde, podía soportarlo, y en ese momento necesitaba dormir. 

Llamé a Mets, y ya que no tenía nada más que hacer, o en que pensar, le pregunté si podíamos hablar sobre ella. ¿Quién era en realidad? ¿Cómo había terminado viviendo en una cabaña aislada, en medio del territorio cajun? Ella no tenía acento criollo, ni siquiera sonaba como alguien del sur. ¿Y cómo era que sabía tanto sobre el entrenamiento de los pilotos, si ella no lo había vivido? Estaba comenzando a sospechar, a imaginarme a grandes rasgos quién podía ser ella. 

Mets me dijo, una y otra vez, que tendríamos mucho tiempo después para hacer todo un programa de entrevistas. En ese momento era mejor que me durmiera, y que volveríamos a hablar al amanecer. Sentí que las Ls comenzaban a hacer efecto entre “volveríamos” y “hablar.” Estaba noqueada para cuando dijo “amanecer.”

Dormí mucho. El cielo estaba ya muy iluminado cuando por fin abrí los ojos. Había estado soñando con… ¿qué más iba a ser? con Zack. Seguía escuchando sus gemidos cuando desperté. Pero entonces miré hacia abajo, y me dí cuenta de que no era un sueño. Debía haber por lo menos cien de ellos rodeando el árbol. Estaban todos aglomerados, muy ansiosos, tratando de pasar unos sobre otros para acercarse a mí. Fue una suerte que no pudieran amontonarse, el suelo no era lo suficientemente sólido. No tenía suficientes balas para acabarlos a todos, y como un tiroteo me tomaría mucho tiempo y podrían aparecer más, decidí que lo mejor era empacar y pensar en un plan de escape. 

¿Tenía algo planeado? 

En realidad no, pero nos habían entrenado para posibles situaciones como esa. Era muy parecido a saltar de un avión en una emergencia: uno escoge una zona para caer, se encogen las rodillas y se rueda, no se opone resistencia, y se levanta tan rápido como es posible. El objetivo es poner una buena distancia inicial entre uno y los atacantes. Luego se corre, trota, o incluso se camina rápido; sí, en realidad nos dijeron que consideráramos eso como una alternativa de bajo impacto. La idea es alejarse lo suficiente como para planear tu siguiente movimiento. Según mi mapa, la I-10 estaba lo suficientemente cerca como para llegar en una sola carrera, ser vista por el helicóptero de rescate, y ser sacada de allí, incluso antes de que aquellas bolsas podridas tuvieran tiempo de alcanzarme. Encendí la radio, le reporté mi situación a Mets, y le dije que le avisara al equipo de rescate para que salieran inmediatamente. Me dijo que tuviera cuidado. Me agaché, salté, y me partí el tobillo al caer, contra una roca sumergida. 

Caí en el agua, boca abajo. El frío fue lo único que impidió que me desmayara por el dolor. Salí boqueando, ahogándome, y lo primero que ví fue toda aquella horda dirigiéndose hacia mí. Mets debió suponer que algo había salido mal, porque no la llamé para reportarle mi aterrizaje. Creo que me preguntó cómo estaba, aunque no lo recuerdo bien. Sólo recuerdo que me gritaba para que me levantara y corriera. Traté de apoyarme sobre el tobillo roto, y sentí como si un rayo recorriera mi pierna y mi columna. Podía soportar el peso, pero… me hizo gritar tan fuerte, que estoy segura de que pudo escucharme por la ventana de su cabaña. “Sal de ahí,” me gritaba…“¡YA!” Comencé a caminar, chapoteando y cojeando con cientos de Gs tras de mí. Debió verse muy cómico, esa frenética carrera de cojos. 

Mets me gritó, “¡Si puedes apoyarte en él, entonces puedes correr! ¡Ese hueso no recibe mucho impacto! ¡Puedes hacerlo!” 

“¡Pero me duele!” De verdad respondí así, con la cara llena de lágrimas, y Zack a mis espaldas aullando por comida. Llegué hasta la autopista, que se levantaba sobre el pantano como las ruinas de un acueducto romano. Mets había tenido razón acerca de que era un sitio relativamente seguro, pero ninguna de las dos había contado con mi lesión, ni con la cola de muertos que me seguía. No había ninguna vía de acceso rápido, así que tendría que cojear hasta una de las pequeñas calles adjuntas, las mismas que Mets me había dicho que evitara. Pude ver la razón cuando me acerqué. En cada una de ellas había cientos de autos destrozados y oxidados, y uno de cada diez tenía a un G atrapado dentro. Me vieron y empezaron a gemir, un sonido que podía escucharse en kilómetros a la redonda. 

Mets gritó, “¡No te preocupes por eso ahora! ¡Sólo súbete a una rampa y ten cuidado con los malditos agarradores!” 

¿Agarradores?

Los que podían sacar las manos por una ventana rota. En medio de la carretera, al menos había una oportunidad de esquivarlos, pero en las rampas de acceso estaría bloqueada por todos lados. Esa fue la peor parte, la peor, esos minutos que pasé tratando de subir a la autopista. Tenía que pasar entre los autos; la lesión de mi tobillo no me permitía caminar sobre ellos. Esas manos podridas salían de las ventanas y me agarraban por el uniforme o por la muñeca. Cada disparo me costaba unos preciosos segundos que no tenía. La inclinación de la rampa me restaba velocidad. Sentía mi tobillo palpitando, me ardían los pulmones, y la horda se acercaba cada vez más. De no haber sido por Mets… 

Me estuvo gritando todo el tiempo. “¡Mueve ese culo, maldita perra!” Para ese entonces, ya había perdido todos sus modales. “No te atrevas a rendirte… ¡No te atrevas a renunciar ahora!” Ella seguía creyendo en mí, y no me daba ni un segundo para respirar. “¿Qué eres, acaso vas a ser una pobre víctima indefensa?” Por un momento, llegué a pensar que sí. Creí que no lo lograría. El cansancio, el dolor, y creo que más que cualquier otra cosa, la rabia de haber echado a perder todo. En realidad se me cruzó la idea de tragarme mi pistola, ya sabe… para castigarme por…. pero entonces Mets me pegó donde me dolía de verdad. Me gritó “¡¿¡Qué, acaso eres como la puta de tu madre!?!” 

Eso fue suficiente. Salí corriendo y llegué hasta la interestatal. 

Llamé Mets para decirle que lo había logrado, y le pregunté, “¿Ahora qué diablos hago?” 

Su voz se hizo muy suave de pronto. Me dijo que mirara hacia arriba. Un punto negro avanzaba hacia mí desde el oriente. Venía sobrevolando la autopista, y creció rápidamente hasta tomar la forma de un UH-60. Pegué un grito y disparé mi pistola de bengalas. 

Lo primero que ví cuando me subieron a bordo, fue que era un helicóptero civil, no de las fuerzas de Búsqueda y Rescate del gobierno. El jefe de a bordo era un enorme cajún con una espesa barba de chivo y lentes para el sol. Me preguntó, “¿D‟ dóhnde diablos saliste?” Lo siento, no puedo imitar bien ese acento. Estaba a punto de llorar, y le dí un golpe en su brazo, que era del tamaño de una de mis piernas. Me reí, y les dije que trabajaban muy rápido. Él me miró como si no supiera de qué le estaba hablando. Resultó que aquel no era un vuelo de rescate, sino un transporte de rutina entre Baton Rouge y Lafayette. No me dí cuenta en ese momento, y no me importó. Le reporté a Mets que me habían recogido y que estaba a salvo. Le agradecí todo lo que había hecho por mí, y… para no derrumbarme allí mismo, hice alguna broma acerca de que ahora sí podríamos hacer nuestro programa de entrevistas. No me respondió. 

Parece que era una muy buena vigilante. 

Era una excelente mujer. 

Usted me dijo que tenía algunas “sospechas” sobre ella. 

Ninguna civil, ni siquiera una vigilante bien experimentada, podría saber tanto sobre lo que implica llevar unas alas. Conocía demasiados detalles, estaba muy bien informada, el tipo de cosas que sólo sabe alguien que lo ha experimentado en carne propia. 

Entonces ella también era piloto.

Definitivamente; no de la fuerza aérea —nos habríamos conocido antes— pero quizá de la marina, o de la aeronáutica civil. Ellos perdieron tantos pilotos como la fuerza aérea en vuelos de abastecimiento como el mío, y ocho de cada diez nunca fueron rescatados. Estoy segura de que le pasó algo parecido a lo que me pasó a mí, tuvo que saltar, perdió a su tripulación, quizá se culpó por ello igual que yo. Tuvo la suerte de encontrar esa cabaña abandonada, y pasó todo el resto de la guerra trabajando como vigilante. 

Eso tiene mucho sentido. 

¿No lo cree? 

[Hay un silencio incómodo. La miro directamente a los ojos, esperando a que continúe.] 

¿Qué? 

Nunca la encontraron. 

No. 

Ni la cabaña. 

No. 

Y en Honolulu no hay registros de ninguna vigilante con el sobrenombre de Mets Fan. 

Veo que ha hecho bien su tarea. 

Yo… 

Seguramente también leyó mi informe del accidente, ¿verdad? 

Sí. 

Y la evaluación psicológica que me hicieron después de que leyeron mi reporte oficial. 

Bueno… 

Bueno, es pura mierda, ¿me entiende? No me importa si ellos dicen que todo eso era información que yo ya conocía, ni que los técnicos digan que mi radio se rompió cuando aterricé en el pantano, ¿y qué importancia tiene que Mets suene parecido a Metis, la madre de Atenea, la diosa griega de los feroces ojos grises? Sí claro, los loqueros estuvieron a punto de celebrar con ese detalle, sobre todo cuando “descubrieron” que mi madre había crecido en el Bronx. 

¿Y ese comentario que ella hizo sobre su madre?

¿Y quién diablos no tiene problemas con su madre? Si Mets era piloto, entonces también le gustaba apostar. Ella sabía que tenía un tiro seguro si mencionaba a “mamá.” Ella sabía que se arriesgaba, y lo hizo… Mire, si creían que estaba loca, ¿por qué no me dieron de baja? ¿Por qué me dejaron conservar mi trabajo? Quizá ella no era una piloto, quizá era esposa de uno, o había estudiado en la Academia pero no había logrado llegar lejos. Quizá era sólo una voz asustada y solitaria, que hizo lo que pudo para ayudar a otra voz asustada y solitaria, para que no terminara igual que ella. ¿A quién le importa quién era, o es? Ella estuvo allí cuando la necesité, y por lo que me quede de vida, siempre estará a mi lado.

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