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miércoles, 2 de enero de 2013

46.- WORLD WAR Z - A BORDO DEL MAURO ALTIERI, A CIEN METROS SOBRE VAALAJARVI, FINLANDIA

[Estoy de pié junto al general D’Ambrosia en el CIC, el Centro de Información de Combate, la versión europea del impresionante dirigible de comando y control D-29 de los Estados Unidos. La tripulación trabaja en silencio frente a sus monitores titilantes. De vez en cuando, alguno de ellos dice algo al micrófono, una rápida y clara confirmación en francés, alemán, español o italiano. El general se inclina sobre el mapa, en una mesa que es en realidad una pantalla de video, observando toda la operación en lo más cercano que hay a lo que vería Dios.] 

“Ataquen”— cuando escuché esa palabra, mi primera reacción fue “mierda.” ¿Acaso le sorprende? 

[Antes de que yo pueda responder…] 

Seguro que sí. Lo más probable es que todo el mundo piense que “el duro” estaba feliz con la noticia, toda esa sangre y esas tripas, esa basura de “agárrenlos por la nariz mientras les pateamos el trasero” y todo eso. 

[Sacude su cabeza.] 

No sé quién creó el estereotipo de los generales brutos, agresivos y con cara de entrenador de fútbol de secundaria. Quizá fue culpa de Hollywood, o de la prensa civil, o de nosotros mismos, al permitir que esos payasos insípidos y egocéntricos —los MacArthurs, Halseys y Curtis E. LeMays— representaran nuestra imagen frente al resto del mundo. El caso es que esa era la imagen que teníamos todos los de uniforme, y no podía estar más alejada de la verdad. Me estaba muriendo del miedo ante la idea de llevar a nuestras fuerzas armadas a la ofensiva, sobre todo porque no sería sólo mi pellejo el que se quemaría en el fuego. Estaría enviando a muchas personas a morir, y esto es a lo que se tendrían que enfrentar.

[Voltea para mirar una pantalla en la pared, le hace un gesto a uno de los operarios, y la imagen se disuelve, reemplazada por un mapa de los Estados Unidos como era durante la guerra.]

Doscientos millones de zombies. ¿Quién puede imaginarse una cantidad de esas, y no hablemos de combatirlos? Al menos esta vez sabíamos a qué nos enfrentábamos, pero si se suma toda la experiencia, los datos que habíamos reunido sobre su origen, su fisiología, sus debilidades y fortalezas, su motivación y su mentalidad, seguíamos teniendo una muy escasa esperanza de victoria. 

El manual de la guerra, ese que hemos estado escribiendo desde que un mono le dio una palmada en la cara a otro, era completamente inútil para esta situación. Teníamos que escribir un nuevo manual desde cero. 

Todos los ejércitos, no importa si tienen la mejor tecnología o son guerrilleros en la selva, tienen que someterse a tres restricciones básicas: tienen que hacerse, alimentarse y liderarse. Hacerse: se necesitan soldados, o de lo contrario no hay ejército; alimentarse: una vez que se tiene un ejército, hay que darles lo que necesitan para sobrevivir; y liderarse: sin importar lo descentralizada que sea una unidad de combate, tiene que haber alguien entre ellos con la autoridad de decir “síganme.” Hacer, alimentar y liderar; y ninguna de esas restricciones afecta a los muertos vivientes. 

¿Alguna vez leyó Sin Novedad en el Frente? Remarque describió una imagen muy vívida de una Alemania “vacía,” porque hacia el final de la guerra, simplemente se estaban quedando sin soldados para enviar. Se pueden estirar los números, enviar a los viejos y a los niños, pero eventualmente se va a llegar a un límite… a menos que cada vez que se mate a un enemigo, éste regrese a la vida a pelear del lado de uno. Así es como opera Zack, ¡aumentando sus números al acabar con los nuestros! Y la cosa sólo funciona en un sentido. Infecta a un humano, y se convierte en zombie. Mata a un zombie, y se convierte en un cadáver. Nosotros sólo podíamos debilitarnos, mientras que ellos se volvían cada vez más fuertes. 

Todos los ejércitos humanos necesitan abastecerse, pero ese ejército no. Nada de comida, ni municiones, ni combustible, ¡ni siquiera agua para beber y aire para respirar! No había líneas logísticas qué cortar, ni depósitos para destruir. No se los podía rodear y esperar a que se murieran de hambre, ni que se “secaran en el árbol.” Uno encierra a cien de ellos en un cuarto vacío, y tres años después salen de allí igual de letales. 

Es irónico que la única manera de matar a un zombie sea destruir su cerebro, porque como grupo, no tienen ningún cerebro que los coordine. No había líderes, ni cadenas de mando, ni comunicaciones o cooperación de ningún tipo. No había ningún presidente qué asesinar, ni un búnker para bombardear. Cada zombie es en sí mismo una unidad autónoma e independiente, y esa última ventaja es la que resume todo el conflicto.

Habrá escuchado la expresión “guerra total”; es algo muy común en la historia de la humanidad. Más o menos una vez cada generación, algún idiota presume de que su pueblo le ha declarado una “guerra total” a algún enemigo, queriendo decir con eso que cada hombre, mujer, y niño de la nación, están trabajando cada segundo de sus vidas por la victoria. Es una estupidez por dos razones básicas. Primero que todo, porque ningún grupo ni país puede dedicarse en un cien por ciento a la guerra; no es físicamente posible. Se puede tener un gran porcentaje a favor, un montón de gente haciendo lo que pueden por apoyar, ¿Pero toda la gente y todo el tiempo? ¿Qué hay de los disidentes, o los objetores de conciencia? ¿Qué hay de los enfermos, los heridos, los muy viejos, o los muy jóvenes? ¿Qué pasa cuando la gente está durmiendo, comiendo, duchándose, o yendo al baño? ¿Acaso es una “cagada en pro de la victoria”? Esa es la primera razón por la que una guerra total es imposible para los humanos. La segunda es que todas las naciones tienen algún límite. Puede que haya individuos dentro del grupo dispuestos a sacrificar sus vidas; incluso puede que se trate de una buena cantidad de la población, pero la población como un todo llegará tarde o temprano hasta un punto de quiebre psicológico y emocional. Los japoneses llegaron al suyo con un par de bombas atómicas norteamericanas. Los vietnamitas habrían legado al suyo con otro par, pero gracias a Dios nosotros llegamos al nuestro primero. Esa es la naturaleza de la guerra: dos bandos, cada uno tratando de empujar al otro hasta los límites de su resistencia, y no importa cuánto nos guste hablar de una guerra total, ese límite siempre está ahí… a menos que uno sea un muerto viviente. 

Por primera vez en nuestra historia, nos enfrentábamos a un enemigo que de verdad estaba declarándonos la guerra total. No tenían límites de resistencia. Nunca se detendrían a negociar ni se rendirían. Lucharían hasta el final porque, a diferencia de nosotros, cada uno de ellos, cada segundo de cada día, lo dedicaban a consumir toda la vida animal de la Tierra. Ese era el enemigo que nos estaba esperando detrás de Las Rocosas. Ese era el tipo de guerra que debíamos pelear.

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