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miércoles, 2 de enero de 2013

20.- WORLD WAR Z - BRIDGETOWN, BARBADOS, FEDERACIÓN DE LAS INDIAS OCCIDENTALES


[El “Trevor Bar” es una viva representación del espíritu de las “salvajes Indias Occidentales,” o más exactamente, del carácter de cada isla como “Zona Económica Especial.” Este lugar no parece lo que la mayoría de las personas se imaginaría en el organizado y tranquilo Caribe de la posguerra. No es su intención hacerlo. Aisladas del resto de las islas y pensadas para los que buscan una vida de violencia caótica y excesos, las Zonas Económicas Especiales están diseñadas para separar a los “extranjeros” de todo el dinero que traigan encima. Mi incomodidad parece complacer a mi anfitrión, T. Sean Collins. El enorme tejano me ofrece un trago de ron “matadiablos,” y luego apoya sus enormes botas sobre la mesa.] 

Nadie ha podio inventarse un nombre para lo que yo solía hacer. No uno de verdad, hasta el momento. “Contratista independiente” suena como si me dedicara a levantar muros de aglomerado y estuco. “Seguridad privada” suena como a un estúpido guardia de centro comercial. “Mercenario” es lo que más se aproxima, supongo, pero al mismo tiempo, es lo más alejado de la realidad que se puede llegar. Un mercenario suena como un desquiciado veterano de Vietnam, con tatuajes y bigote de manubrio, trabajando en un moridero del Tercer Mundo porque no pudo enfrentar la realidad en casa. Yo no era así. Sí, era un veterano, y sí, usaba mi entrenamiento para ganar dinero… es algo curioso sobre el ejército, siempre prometen que te enseñarán “habilidades para ganarte la vida,” pero nunca te dicen que, entre todas las cosas, no hay nada con lo que uno se pueda ganar mejor la vida que matando a cierta gente y evitando que maten a otra.

Quizá sí era un mercenario, pero nadie sospecharía eso al mirarme. Me mantenía bien peinado, con un buen auto, una casa bonita, y hasta una señora que iba a hacer la limpieza un día a la semana. Tenía bastantes amigos, un par de prospectos de matrimonio, y mi puntaje en el country club era casi tan bueno como el de los profesionales. Lo más importante era que trabajaba para una compañía que no era muy diferente de las demás que existían antes de la guerra. Nada de disfraces y armas escondidas, nada de cuartos a oscuras y sobres sellados. Tenía vacaciones y licencias, plan dental y seguro médico. Pagaba mis impuestos, a veces de sobra; pagaba hasta una pensión de retiro. Podría haberme ido a trabajar al viejo continente; Dios sabe que allá había mucha demanda, pero después de ver lo que les había pasado a mis colegas en la última guerra, lo mandé todo al diablo. Prefería quedarme como guardaespaldas de algún gerente gordo, o de alguna celebridad estúpida y malcriada. Eso era exactamente lo que estaba haciendo cuando llegó el Pánico. 

¿No le importa que no mencione ningún nombre, verdad? Algunas de esas personas todavía están vivas, o sus derechos de autor siguen vigentes, y… ¿puede creerlo? Todavía amenazan con demandar... después de todo lo que ha pasado. Bueno, no puedo darle nombres ni lugares, pero imagínese que esto ocurrió en una isla… una isla grande… una isla larga, justo al lado de Manhattan. ¿No me pueden demandar por eso, o sí? 

Mi cliente, no estoy muy seguro de qué era lo que hacía. Algo del entretenimiento, o en las finanzas. No importa. Creo que tenía suficiente dinero como para ser uno de los accionistas de mi compañía. Lo que importa es que tenía bastante, y vivía en esta increíble casa al lado de la playa. 

A mi cliente le gustaba conocer a la gente que todos conocían. Su plan era proveer un lugar seguro para la gente que podría levantar su imagen durante y después de la guerra, ser el Moisés de los ricos y famosos. ¿Y sabe qué?, ellos se lo creyeron. Actores, cantantes, raperos y atletas profesionales, todas esas caras bonitas, como las que se ven en los realities y en los programas de entrevistas, y hasta esa perra rica con cara de cansancio que era famosa sólo por ser una perra rica con cara de cansancio. 

Estaba ese magnate de la música, el de los aretes de diamantes. Decía que tenía una AK modificada con lanzagranadas. Le encantaba hablar de ella diciendo que era una réplica exacta de la de Scarface. No tuve el valor para decirle que el arma del señor Montana era en realidad una 16 A-1. 

También estaba el tipo de la comedia política, ya sabe, el del show con su nombre. Una vez lo ví aspirando coca sobre las tetas de una desnudista tailandesa mientras decía que lo que estaba pasando no era sólo un asunto de los muertos contra los vivos, sino que tendría repercusiones en todas la facetas de nuestra sociedad: en lo social, político, económico y hasta lo ambiental. Dijo que, inconscientemente, todo el mundo había sospechado la verdad durante la “Gran Negación,” y por eso habían reaccionado tan mal cuando la historia se había revelado por fin. En realidad tenía algo de sentido, hasta que comenzó a hablar sobre la fructosa de jarabe de maíz y la feminización de Norteamérica.

Una locura, ya sé, pero uno más o menos se esperaba que esas personas fueran así, o al menos yo lo hacía. Lo que no me esperaba era que trajeran a toda su “gente.” Cada uno de ellos, sin importar quiénes eran o qué hacían, tenía que llevar consigo a no sé cuántos estilistas, publicistas y asistentes personales. Algunos de ellos, creo, eran agradables, y sólo lo hacían por el dinero, o porque imaginaron que allí estarían a salvo. Unos niños que sólo querían aprovechar una oportunidad. No los culpo por eso. Pero otros… unos jodidos imbéciles, fascinados con el olor de su propia mierda. Eran groseros, engreídos y se creían los jefes de todos los que tenían alrededor. A uno de ellos lo recuerdo bien, sólo porque tenía esta gorra de béisbol con un letrero que decía “¡A Trabajar!” Creo que era el representante de ese gordo cabrón que quedó de ganador en ese show de talentos. ¡Nada más ese tipo tenía como catorce personas a su alrededor! Recuerdo que al principio pensé que sería imposible mantener a toda esa gente, pero después de mi recorrido inicial por las instalaciones, me dí cuenta de que mi jefe se había preparado para todo. 

Había transformado la casa en el sueño húmedo de un fanático de la supervivencia. Tenía suficiente comida deshidratada para alimentar a un ejército durante años, así como una interminable cantidad de agua gracias a un desalinizador que estaba conectado con tuberías al océano. Tenía turbinas de viento, paneles solares, y generadores de respaldo con unos enormes tanques de gasolina enterrados bajo el jardín principal. Había instalado suficientes medidas de seguridad para mantener a raya a los muertos vivientes para siempre: murallas, sensores de movimiento, y armas, ah, las armas. Sí, nuestro jefe había hecho bien su tarea, pero lo que lo hacía sentir más orgulloso era que cada habitación de la casa estaba conectada y cableada para transmitirlo todo por Internet las 24 horas del día. Esa era la verdadera razón por la que había invitado a sus “mejores” y “más cercanos” amigos. Él no sólo quería resguardarse de la tormenta con toda la comodidad y el lujo que podía, también quería que todo el mundo lo supiera. Estaba pensando como una celebridad, asegurándose la fama. 

No sólo había una cámara en casi todos los cuartos, sino que también había llevado a todos los periodistas y equipos que uno vé en la alfombra roja de los Óscar. En realidad nunca me había imaginado lo grande que era la industria del periodismo de entretenimiento. Había docenas de ellos, de todas las revistas y programas de televisión. “¿Cómo te sientes?” Esa la escuché muchas veces. “¿Cómo la estás pasando?” “¿Qué crees que vá a pasar?” y le juro que una vez alguien me preguntó “¿de qué marca es esa ropa?”

Para mí, el momento más irreal fue una vez que estábamos en la cocina con otros miembros del equipo y los guardaespaldas, viendo las noticias y allí, en la pantalla, adivine qué, ¡salíamos nosotros! Las cámaras estaban en el cuarto de al lado, enfocando a algunas de las “estrellas” sentadas en un sofá mientras veían otro canal. La señal que veían era emitida en vivo desde la zona Nororiental de Nueva York; los muertos subían por la Tercera Avenida y la gente los enfrentaba mano a mano, con martillos y con tubos de metal. El dueño de una tienda de deportes Modell estaba repartiendo bates de béisbol y gritaba “¡Denles en la cabeza!” Salió un tipo en patines. Tenía un palo de hockey en la mano, con un enorme cuchillo para carne amarrado en la punta. Comenzó a hacer un giro, a esa velocidad podría haber cortado un cuello o dos. La cámara lo filmó todo: el brazo medio podrido que saló de una alcantarilla frente a él, el pobre tipo volando por los aires, aterrizando en la cabeza, y luego siendo arrastrado del pelo, gritando, hacia la alcantarilla. En ese momento la cámara de la sala volteó para registrar las reacciones de nuestras celebridades. Hubo caras de sorpresa, algunas honestas, otras ensayadas. Recuerdo que sentí menos respeto por los que trataron de fingir algunas lágrimas que por la pequeña perra malcriada que dijo que el tipo de los patines era un “idiota.” Hey, al menos ella sí era sincera. Yo estaba parado al lado de este otro tipo, Sergei, un miserable cabrón del tamaño de un muro y con cara de pocos amigos. Las historias que me contaba sobre su infancia en Rusia me convencieron de que no todos los morideros del Tercer Mundo quedan en los trópicos. Mientras las cámaras enfocaban las reacciones de aquella gente bonita, él murmuró algo para sí mismo en ruso. La única palabra que pude entender fue “Romanovs” y estaba a punto de preguntarle qué había querido decir, cuando la alarma se disparó. 

Algo había activado los sensores de presión que habíamos instalado a varios kilómetros alrededor de los muros. Eran lo suficientemente sensibles como para detectar un solo zombie, y en ese momento se activaban como locos. Nuestros radios carraspeaban: “Contacto, contacto, esquina suroccidental… ¡mierda, vienen por centenares!” Era una casa jodidamente grande, me tomó varios minutos llegar hasta mi posición de disparo. No sabía por qué el vigilante estaba tan nervioso. ¿Qué importaba si eran unos cuantos cientos de ellos? Nunca pasarían del muro. Luego lo escuché gritar “¡Vienen corriendo! ¡Hijos de puta, sí que son rápidos!” Zombies rápidos, eso me paralizó el estómago. Si podían correr, quizá podían trepar, si podían trepar, a lo mejor podían pensar, y si podían pensar… ahora sí estaba asustado. Recuerdo que para cuando llegué a la ventana del cuarto de invitados del tercer piso, todos los amigos de mi jefe corrían hacia los depósitos de armas como extras de una mala película de acción de los 80s. 

Le quité el seguro a mi arma y las tapas a la mira telescópica. Era una de las de última generación, con amplificación de luz y visión termal. No se necesitaba la visión termal porque los Gs no despedían calor. Fue por eso que cuando ví las imágenes verdes y brillantes de cientos de corredores, se me atascó algo en la garganta. Esos no eran muertos vivientes. 

“¡Ahí está!” los escuché gritar. “¡Esa es la casa de las noticias!” Venían cargando escaleras, escopetas, niños. Un par de ellos traían unos cilindros grandes y pesados en la espalda. Iban hacia la puerta del frente, unas placas enormes de acero que supuestamente podían contener a mil zombies. La explosión las arrancó de los goznes y las envió girando hacia el interior de la casa como un par de estrellas ninja gigantes. “¡Fuego!” gritaba mi jefe por la radio. “¡Derríbenos! ¡Mátenlos! ¡Fuegofuegofuego!”

Los “atacantes,” a falta de una mejor palabra, entraron corriendo en la casa. El jardín estaba lleno de vehículos parqueados, autos deportivos y camionetas, e incluso uno de esos camiones monstruo, propiedad de un jugador de la NFL. Unas enormes bolas de fuego, todos ellos, estallando unos al lado de los otros, o convertidos en chatarra ardiente desde la explosión, y el humo negro de los neumáticos ahogándonos a todos. Lo único que se escuchaba eran los disparos, nuestros y de ellos, y no eran sólo de nuestro equipo de seguridad. Cualquier pez gordo que todavía no se hubiera cagado en los pantalones, estaba tratando de ser un héroe o de proteger su reputación frente a su gente. Muchos de ellos le ordenaron su equipo que los protegieran. Algunos obedecieron, estos pobres asistentes personales de veintitantos años que no habían cogido un arma en toda su vida. No duraron mucho. Pero también hubo algunos peones que se torcieron y se unieron a los atacantes. Ví a uno de esos estilistas, una verdadera loca, clavándole un abrecartas en la boca a una actriz, y también, irónicamente, ví al señor “A Trabajar” intentando arrebatarle una granada al tipo del show de talentos antes de que ésta estallara entre los dos. 

Todo era un caos, justo lo que uno se imagina cuando piensa en el fin del mundo. Una parte de la casa estaba en llamas, había sangre por todas partes, cuerpos completos o en pedazos regados sobre los muebles más caros. Me crucé con el chihuahua de la perra malcriada cuando corríamos hacia la salida trasera. Él me miró, yo lo miré. Si él hubiese podido hablar, seguramente nos habríamos dicho algo como, “¿Qué pasará con tu amo?” “¿Qué pasará con la tuya?” “Que se jodan.” Esa era la actitud de casi todos nosotros, y la razón por la que no había disparado ni un solo tiro en toda la noche. Nos habían pagado para proteger a esa gente rica de los zombies, no de otra gente menos rica que sólo quería un lugar seguro donde refugiarse. Podíamos escuchar cómo gritaban mientras entraban por la puerta del frente. No decían “agarren el trago” o “tírense a esas perras”; decían “¡apaguen el fuego!” y “¡lleven a las mujeres y a los niños arriba!” 

Me tropecé con el tipo de la comedia política camino hacia la playa. Él y una mujer, una vieja rubia y estirada que se suponía era su enemiga política, estaban tirados en el piso dándole a eso como si no hubiera un mañana, y bueno, quizá para ellos no lo hubo. Llegué hasta la arena, encontré una tabla de surf que probablemente había costado más que la casa en la que me crié, y comencé a nadar hacia las luces del horizonte. Había muchos barcos en el agua esa noche, un montón de gente saliendo de la ciudad. Confié en que uno de ellos me llevaría al menos hasta el puerto de Nueva York. Con algo de suerte, podría sobornarlos con un par de aretes de diamantes. 

[Se bebe de un trago su copa de ron y pide otra.] 

Algunas veces me pregunto por qué diablos no se quedaron callados, ¿me entiende? No sólo mi jefe, sino todos esos parásitos mimados. Tenían los recursos necesarios para mantenerse alejados del peligro, ¿entonces por qué no los usaron?; irse para la Antártica o Groenlandia o quedarse donde estaban pero escondidos al ojo del público. Quizá no eran capaces de pensar de otra manera, como un interruptor que no podían apagar. A lo mejor eso fue lo que los convirtió en lo que eran en primer lugar. ¿Cómo diablos voy a saberlo? 

[El mesero llega con otro trago, y T. Sean le lanza una moneda plateada.] 

“Si lo tienes, muéstralo.”

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