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miércoles, 2 de enero de 2013

31.- WORLD WAR Z - BURLINGTON, VERMONT


[El invierno ha llegado retrasado esta estación, como todos los años desde el comienzo de la guerra. La nieve cubre la casa y los campos a su alrededor, y congela los árboles que bordean el camino de tierra que pasa junto al río. Todo en esta escena está tranquilo, excepto por el hombre que camina a mi lado. El insiste en hacerse llamar “el Loco,” en sus propias palabras “porque todo el mundo me dice así, ¿por qué no?” Su andar es rápido y decidido, y el bastón que le regaló su doctora (y esposa) sólo le sirve para dar estocadas al aire.]

Para serle sincero, no me sorprendió que me nominaran para vicepresidente. Todo el mundo sabía que era inevitable la aparición de un partido de coalición. Yo había sido una estrella en ascenso, al menos hasta que me “autodestruí.” ¿Eso era lo que decían, no? Todos esos cobardes e hipócritas que preferirían morir antes que ver a un hombre de verdad expresando sus pasiones. ¿Pero qué importaba si no era el mejor político del mundo? Dije lo que sentía, y no tenía miedo de repetirlo fuerte y claro. Esa es una de las razones por las que era el candidato más lógico para el puesto de copiloto. Éramos un gran equipo; él era la luz, yo era el calor. Diferentes partidos, diferentes personalidades, y, no nos digamos mentiras, también diferente color de piel. Yo sé que yo no era el favorito. Yo sé a quién prefería mi partido. Pero Norteamérica no estaba lista para llegar tan lejos, tan estúpido, ignorante, y humillantemente Neolítico como suena. Preferían tener a un VP gritón y radical, en vez de otra de “esos.” Así que no me sorprendió que me nominaran. Me sorprendió todo lo demás. 

¿Habla de las elecciones? 

¿Elecciones? Honolulu era un manicomio; soldados, congresistas, refugiados, todos tropezándose entre sí mientras buscaban algo qué comer, o un lugar para dormir, o tratando de saber qué diablos estaba pasando. Y eso era un paraíso comparado con el continente. La Línea de las Rocosas apenas se estaba formando; todo al occidente de ella era una gran zona de guerra. ¿Por qué molestarse con unas elecciones cuando el Congreso podía votar por una extensión de poderes debido a la emergencia? El fiscal general lo intentó cuando fue alcalde de Nueva York, y estuvo a punto de lograrlo. Le expliqué al presidente que no teníamos ni la energía ni los recursos para hacer otra cosa que no fuera luchar por nuestra supervivencia. 

¿Y él que dijo? 

Bueno, sólo digamos que me convenció de lo contrario. 

¿Podría ser más específico? 

Podría, pero no quiero cambiar sus palabras. Estas viejas neuronas no disparan tan bien como antes. 

Inténtelo, por favor. 

¿Lo verificará con sus archivos? 

Se lo prometo. 

Bueno… estábamos en una oficina provisional, la “suite presidencial” de un hotel. Él había acabado de tomar el juramento de posesión en el Air Force Two. El jefe anterior descansaba, sedado, en la habitación de al lado. Desde todas las ventanas se podía observar el caos en la calle, los barcos en el mar alineándose para atracar, los aviones aterrizando cada treinta segundos, y un equipo de tierra haciéndolos a un lado para abrir espacio a los que venían detrás. Yo los señalé, gritando y gesticulando con esa pasión que me hizo tan famoso. “¡Necesitamos un gobierno estable, y rápido!” decía yo. “Las elecciones son geniales en teoría, pero ahora no tenemos tiempo para perseguir grandes ideales.”

El presidente estaba tranquilo, mucho más tranquilo que yo. Quizá por todo ese entrenamiento militar… me dijo, “Este es justamente el momento para perseguir grandes ideales, porque esos ideales son lo único que nos queda. No vamos a luchar solamente por nuestra supervivencia, sino por la supervivencia de nuestra civilización. No tenemos la ventaja de cientos de años de tradición como en el viejo mundo. No tenemos una herencia en común, ni milenios de historia. Lo único que tenemos son los sueños las promesas que nos unificaron. Lo único que tenemos… 

[Se esfuerza por recordarlo]

… todo lo que tenemos es lo que queremos ser ahora.” ¿Entiende lo que quiso decir? Nuestro país sólo existe porque su gente cree en él, y si esa fe no era lo suficientemente fuerte para soportar la crisis, ¿entonces qué futuro podíamos esperar? Él sabía que Norteamérica quería un César, pero convertirse en uno significaría el final de nuestra nación. Dicen que durante los tiempos difíciles nacen los grandes hombres. Pero no lo creo. Ví demasiada debilidad, demasiada basura. Mucha gente que debió levantarse a enfrentar el reto, y no pudo o no quiso hacerlo. Ambición, temor, estupidez y odio. Estaban allí antes de la guerra, y siguen allí hasta hoy. Mi jefe siempre había sido un gran hombre. Tuvimos mucha suerte de tenerlo con nosotros.

El asunto de las elecciones marcó el tono de lo que iba a ser su administración. Tantas de sus propuestas parecían una locura a simple vista, pero cuando uno las examinaba a fondo, se daba cuenta de que tenían un núcleo de lógica indiscutible. Por ejemplo los nuevos tipos de castigo, esos estuvieron a punto de hacerme enloquecer. ¿Poner a la gente en una picota? ¡¿¡Azotarlos en las plazas públicas!?! ¿Acaso estábamos en el viejo Sálem, o en el Afganistán de los talibanes? Se escuchaba como de bárbaros, completamente anti-americano, hasta que uno consideraba las demás opciones. ¿Qué más podía hacerse con los ladrones y los saqueadores, ponerlos en una prisión? ¿Eso a quién iba a ayudar? ¿Cómo íbamos a malgastar a unos ciudadanos físicamente aptos, y dedicarlos a alimentar, vestir y vigilar a otros ciudadanos físicamente aptos? Pero lo más importante, ¿por qué íbamos a retirar el castigo de la sociedad, cuando podía servir como un valioso modificador de la conducta? Sí claro, existía el miedo al dolor —los látigos y los bastones— pero eso no era nada comparado con la humillación pública. A la gente le aterraba que sus delitos fueran expuestos. En un momento en el que todos estaban luchando por recuperarse y se esforzaban por ayudar, trabajar y proteger a los demás, lo peor que se le podía hacer a alguien era obligarlo a caminar por la ciudad con un letrero de “Le robé la leña a mi vecino.” La vergüenza es un arma muy poderosa, pero sólo funciona cuando todos los demás están haciendo lo correcto. Nadie estaba por encima de la ley, y ver a un Senador recibiendo quince azotes por apropiación indebida de fondos, era más efectivo contra el crimen que tener un policía en cada esquina. Sí, teníamos mafias organizadas, pero esos eran residuos, gente que había tenido esa oportunidad muchas veces antes. Recuerdo que el fiscal general sugirió que los abandonáramos en las zonas infestadas y que nos libráramos de una vez por todas del peligro de su presencia constante. Tanto el presidente como yo nos opusimos; mis objeciones eran éticas, pero las de él fueron prácticas. Ese territorio seguía siendo suelo norteamericano, infestado sí, pero con la esperanza de ser liberado algún día. “Lo último que queremos,” dijo él “es tener que enfrentar luego a uno de estos ex-convictos, cuando se haya convertido en el Nuevo Gran Señor de Duluth.” Pensé que lo decía en broma, pero luego, cuando vimos que eso fue precisamente lo que sucedió en otros países, cuando los criminales exiliados lograron controlar algunos territorios aislados y en algunos casos muy bien defendidos, me dí cuenta de que nos habíamos salvado por poco de una maldita bala asesina. La mafia siempre fue un problema, político, social, y hasta económico, ¿Pero qué otra opción teníamos para los que se rehusaban a jugar limpio como todos los demás? 

Pero usaron la pena de muerte. 

Sólo en casos extremos: sedición, sabotaje, intentos de golpes políticos. Los zombies no eran nuestros únicos enemigos, por lo menos no al principio. 

¿Los fundamentalistas? 

Teníamos una buena cantidad de fanáticos religiosos, ¿pero qué país no los tiene? Muchos de ellos pensaban que, de alguna manera, estábamos interfiriendo con la voluntad de Dios. 

[Se ríe.] 

Lo siento, tengo que aprender a ser más diplomático, pero por favor, ¿de verdad creen que el Supremo Creador del multiverso infinito, va a confiarle sus planes a un puñado de Guardias Nacionales de Arizona? 

[Hace un gesto, como restándole importancia al asunto.] 

Les dieron más cobertura de lo que en realidad merecían, sólo porque uno de esos locos trató de asesinar al presidente. En realidad, representaban más peligro para ellos mismos, con todos esos suicidios en masa, los asesinatos de niños por “misericordia” en Medford… hechos terribles, al igual que los “verdes,” la versión izquierdista de los fundamentalistas. Esos decían que como los muertos vivientes sólo comían animales y no plantas, era una señal de que la “Diosa Divina” prefería a la flora sobre la fauna. Causaron algunos problemas, envenenado las reservas de agua potable de algunos pueblos con herbicida, o poniendo explosivos en los árboles para que los leñadores no pudieran cortarlos para la industria. Ese tipo de ecoterrorismo llena los encabezados, pero no es una amenaza real para nuestra seguridad nacional. En cambio, los rebeldes sí: separatistas políticos bien armados y organizados. Esa era la amenaza más concreta. También fue la única vez que ví al presidente preocupado de verdad. Claro que no lo aparentaba, no con esa imagen digna y de diplomacia que tenía. En público, los mencionaba sólo como otro “punto a tener en cuenta,” junto al racionamiento de los alimentos y la reparación de las carreteras. Pero en privado nos decía… “Deben ser eliminados con rapidez, decisión, y usando cualquier medio que sea necesario.” Por supuesto, se refería a los que teníamos que enfrentar en la zona segura occidental. Esos renegados tenían algún problema con las políticas de guerra del gobierno, o habían estado planeando la rebelión desde antes, y usaron la crisis sólo como un pretexto. Esos eran “los enemigos de nuestra patria,” las amenazas domésticas que se mencionan en el juramento de cualquiera que se comprometa a defender nuestro país. No teníamos ni qué pensar en cuál era la manera apropiada de tratar con ellos. Pero con los separatistas al este de las Rocosas, en las zonas aisladas e infestadas… con ellos se volvió “complicado.” 

¿Por qué?

Porque su creencia era, “nosotros no traicionamos a Norteamérica. Norteamérica nos traicionó.” Y era la verdad. Habíamos abandonado a esa gente. Por supuesto, les dejamos algunos voluntarios de las Fuerzas Especiales, y tratamos de abastecerlos por aire o por tierra, pero desde un punto de vista puramente moral, los habíamos abandonado por completo. No puedo culparlos por querer seguir su propio camino, nadie puede. Fue por eso que cuando comenzamos a recuperar el territorio perdido, le dimos a cada poblado separatista la oportunidad de reintegrarse pacíficamente. 

Pero hubo violencia. 

Todavía tengo pesadillas con eso, en sitios como Bolívar, o en Black Hills. Nunca sueño con las imágenes como tal, ni la violencia o lo que encontramos después. Sólo veo a mi jefe, ese hombre enorme y poderoso, debilitándose y enfermando más cada día. Había sobrevivido a tantas cosas, cargando un peso tan abrumador. ¿Sabía que nunca trató de investigar lo que le sucedió a sus familiares en Jamaica? No preguntó ni una sola vez. Estaba completamente concentrado en el destino de nuestra nación, determinado a preservar el sueño que la había fundado. No sé si es verdad que los tiempos difíciles hacen a los grandes hombres, pero sí sé que son capaces de matarlos.

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