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miércoles, 2 de enero de 2013

41.- WORLD WAR Z - CIENFUEGOS, CUBA

[Sergio García Álvarez me sugiere que nos reunamos en su oficina. “La vista es grandiosa,” según me dice. “No se decepcionará.” Ubicada en el piso sesenta y nueve del edificio de la Caja de Ahorros de Malpica, el segundo edificio más alto de Cuba después de la Torre José Martí de La Habana, la oficina del señor Álvarez tiene una espectacular vista hacia la brillante metrópolis y el concurrido puerto más abajo. Es la “hora mágica” para los edificios de energía independiente como el Malpica, la hora del día en que sus ventanas fotovoltáicas capturan la luz del sol poniente, y se tiñen de un casi imperceptible tono magenta. El señor Álvarez tiene razón. La vista no me decepciona.] 

Cuba ganó la Guerra Zombie; quizá no es una declaración muy humilde, teniendo en cuenta lo que pasó en los demás países, pero tan sólo mire cómo estábamos hace veinte años y cómo estamos hoy. 

Antes de la guerra, vivíamos en un estado casi total de aislamiento, peor que durante el auge de la Guerra Fría. Al menos en los tiempos de mi padre se podía contar con un considerable bienestar económico gracias a la Unión Soviética y a sus títeres dentro de la Comunidad Económica Internacional. Pero desde la caída del bloque comunista, nuestra existencia había sido una vida de privaciones permanentes. Racionamiento de comida, de combustible… lo más parecido que se me ocurre fue lo que pasó con Gran Bretaña durante el Blitz, y al igual que esa isla, nosotros también vivíamos todo el tiempo a la sombra de nuestros enemigos.

El bloqueo de los Estados Unidos, aunque ya no era tan estricto como en la guerra fría, seguía impidiendo el flujo de nuestra sangre vital al castigar a cualquier país que intentara comerciar abierta y libremente con nosotros. Aunque la estrategia norteamericana era exitosa, su mayor logro fue el permitir que Fidel siguiera en el poder, usando al opresor del norte como excusa. “Vean lo difícil que es la vida,” nos decía. “El bloqueo es el culpable, los yanquis son los culpables, y de no ser por mí, ¡ya estarían invadiendo nuestras playas!” Era un genio, habría sido el hijo favorito de Maquiavelo. Él sabía que no lo derrocaríamos mientras el enemigo estuviera a nuestras puertas, y por eso soportamos las dificultades y la opresión, las largas filas y las murmuraciones. Así era la Cuba en la que crecí, La única Cuba que podía imaginarme. Claro, hasta que los muertos comenzaron a caminar. 

Los casos fueron pocos y se controlaron de inmediato, casi todos eran refugiados chinos y uno que otro hombre de negocios europeo. La entrada de viajeros de los Estados Unidos aún estaba prohibida, y eso nos evitó el impacto de una migración en masa durante los primeros días. La naturaleza represiva de nuestra sociedad permitió que el gobierno tomara las medidas necesarias para que la infección no se extendiera. Se suspendió todo el transporte local, y se movilizaron tanto el ejército como las milicias regionales. Como Cuba tiene una tasa tan alta de médicos por cabeza, nuestro líder conocía la verdadera naturaleza de la infección apenas unas semanas después del primer caso. 

Para cuando llegó el Gran Pánico y el mundo comenzó a abrir los ojos a la pesadilla que tocaba a sus puertas, Cuba ya estaba lista para la guerra. 

El sólo hecho de nuestra localización geográfica nos evitó tener que lidiar con grandes hordas terrestres. Nuestra invasión venía por mar, y se debía específicamente a un montón de refugiados en barcos. No solamente traían en contagio, al igual que sucedió en todo el mundo, sino que algunos estaban firmemente convencidos de que llegarían a gobernar un nuevo mundo, como conquistadores modernos. 

Mire lo que pasó en Islandia, un paraíso de la preguerra, tan seguro y tranquilo que nunca vieron la necesidad de tener un ejército propio. ¿Qué hicieron después de que el ejército norteamericano se retiró? ¿Cómo iban a detener el caudal de refugiados que llegó desde Europa y Rusia occidental? No me extraña que ese paraíso ártico se haya convertido en un caldero de sangre congelada e infectada, y que, hasta este día, siga siendo la Zona Blanca más grande del planeta. Eso podría habernos pasado a nosotros, por supuesto, de no ser por el ejemplo que nos dieron nuestros hermanos en las pequeñas islas que nos rodean. 

Esos hombres y mujeres, desde Anguila hasta Trinidad, pueden sentirse orgullosos de haber sido los más grandes héroes de nuestra guerra. Primero erradicaron montones de brotes a lo largo del archipiélago, y luego, sin apenas tener tiempo de recuperarse, combatieron no sólo los zombies que llegaban por mar, sino también las hordas de invasores humanos. Derramaron su sangre para que nosotros no tuviéramos que hacerlo con la nuestra. Obligaron a todos esos prospectos de latifundista a reconsiderar sus planes, y a darse cuenta de que, si unos civiles con armas cortas y machetes podían defender su tierra de esa manera, ¿qué podían esperar de una isla que tenía de todo, desde tanques de guerra hasta misiles marítimos guiados por radar? 

Por supuesto, los habitantes de las Antillas Menores no luchaban por los intereses del pueblo cubano, pero su sacrificio nos permitió el lujo de imponer nuestras propias reglas a los inmigrantes. Cualquiera que viniera buscando refugio sería recibido con esa frase tan común entre los padres norteamericanos, “mientras vivas bajo mi techo, obedecerás mis reglas.”

No todos los refugiados eran yanquis; teníamos un montón de gente de toda Latinoamérica, de Europa Occidental, sobre todo de España —muchos españoles y canadienses venían todo el tiempo a Cuba, de vacaciones o por negocios. Había conocido a muchos antes de la guerra, buena gente, muy educados, no como esos alemanes orientales que conocí en mi juventud, que acostumbraban arrojar un montón de dulces al suelo y se reían mientras los niños peleaban por ellos como ratas. 

De todas formas, la mayoría de la gente que venía en barco era de los Estados Unidos. Cada día llegaban más, en grandes buques o en botes privados, e incluso en balsas improvisadas que nos hacían sonreír ante la ironía. Eran tantos, cinco millones en total, casi la mitad de nuestra población nativa, y junto con la gente de las otras nacionalidades, fueron puestos bajo la jurisdicción del “Programa de Cuarentena y Reubicación” del gobierno. 

Yo no me atrevería a llamar prisiones a los Campos de Reubicación. No eran nada comparados con lo que tenían que vivir nuestros disidentes políticos; todos esos escritores y maestros… Yo tuve un “amigo” que fue encerrado por homosexual. Sus historias de la prisión no se comparan en lo más mínimo, ni siquiera con el peor de los Centros de Reubicación. 

Pero tampoco eran un paraíso. Toda esa gente, sin importar su clase social ni profesión antes de la guerra, fueron puestos a trabajar inicialmente como auxiliares en el campo, doce a catorce horas por día, cultivando vegetales en lo que antes eran las plantaciones azucareras del gobierno. Al menos el clima estaba a su favor. La temperatura estaba bajando, los cielos se oscurecían. La Madre Naturaleza fue amable con ellos. Sin embargo, los guardias no lo eran. “Agradezcan que están vivos,” les gritaban después de cada golpe o patada. “¡Sigan quejándose y los echaremos a los zombies!” 

En cada centro se corría el rumor de que había un “pozo de zombies” en el que arrojaban a los alborotadores. El Director General de Inteligencia había infiltrado prisioneros entre la población general para que difundieran esas historias, diciendo que habían visto cómo bajaban lentamente a alguien, cabeza abajo, en un hueco lleno de muertos. Era para mantener a la gente en orden, si me entiende, nada de eso era cierto… claro que… hubo algunos rumores sobre los “blancos de Miami.” La mayoría de los cubanos que vivían en Norteamérica fueron recibidos con los brazos abiertos. Yo tenía algunos familiares en Daytona que lograron huir justo a tiempo. Las lágrimas de esos reencuentros durante los primeros días podrían haber llenado de nuevo el Caribe. Pero cuando comenzaron a llegar los inmigrantes posrevolucionarios —esa élite de ricos que habían florecido en el antiguo régimen, y que pasaron toda su vida hablando mal del país que ayudaron a construir— en lo que respecta a esos malditos aristócratas… no estoy diciendo que de verdad hayan arrojado sus culos gordos y hediondos de Bacardí blanco a los zombies… pero si lo hicieron, ojalá que le estén chupando las bolas a Batista en el infierno. 

[Una ligera sonrisa de satisfacción se dibuja en sus labios.]

Por supuesto, nosotros nunca habríamos alentado ese tipo de castigo con la gente. Los rumores y las amenazas eran una cosa, pero de ahí al hecho… si uno abusa mucho de la gente, no importa quiénes sean, se corre el riesgo de provocar una revuelta. ¿Cinco millones de yanquis, todos levantándose en una revolución? Era impensable. Ya teníamos a todas nuestras tropas ocupadas en los centros, y quizá eso fue lo que facilitó la lenta invasión yanqui de Cuba. 

No teníamos suficiente gente para vigilar a cinco millones de detenidos y cuatro mil kilómetros de costa al mismo tiempo. No podíamos pelear una guerra en dos frentes. Por eso se tomó la decisión de empezar a disolver los centros y permitir que el diez por ciento de la población yanqui trabajara por fuera de ellos, en un programa especializado de fianzas. Esos detenidos harían los trabajos que los cubanos ya no querían hacer —cultivar, lavar platos, barrer las calles— y aunque su pago era casi nada, sus horas laboradas se convertían en puntos que les permitían pagar la libertad de otros detenidos. 

Era una idea muy ingeniosa —se le ocurrió a un cubano llegado de Florida— y los centros fueron vaciados en tan sólo seis meses. Al principio, el gobierno trató de seguirles la pista a todos ellos, pero resultó imposible. En menos de un año se habían integrado por completo entre la población, y los “nortecubanos” pasaron a formar parte de todos los aspectos de nuestra sociedad. 

Oficialmente, los centros habían sido creados para contener el avance de la “infección,” pero en realidad no se trataba de la plaga que transmitían los muertos. 

Al principio no se notaba, no mientras estuvimos sitiados. El asunto se hablaba tras puertas cerradas, en susurros. En los años que siguieron, lo que ocurrió no fue tanto una revolución, sino más bien una evolución; una reforma económica aquí, un periódico privado y legal por allá. La gente comenzó a ser más atrevida al pensar, al hablar. Lentamente y en silencio, las semillas comenzaron a retoñar. Seguro que a Fidel le habría encantado aplastar con su puño de hierro nuestras nacientes libertades. Seguramente lo habría hecho, si la situación mundial no se hubiese puesto a nuestro favor. Cuando los gobiernos de todo el mundo decidieron tomar la ofensiva, todo cambió para siempre.

De repente nos habíamos convertido en el “Arsenal de la Victoria.” Nos volvimos la despensa, el centro de manufactura, el campo de entrenamiento, y el puesto de avanzada del mundo. Éramos el punto de enlace aéreo hacia Suramérica y Norteamérica, el puerto principal de diez mil barcos.Teníamos dinero, una gran cantidad, lo cual creó una nueva clase media y una floreciente economía capitalista que necesitaba de las habilidades y la experiencia de los Nortecubanos. 

Tenemos un lazo que no podrá romperse jamás. Nosotros los ayudamos a recuperar su nación, y ellos a recuperar la nuestra. Nos mostraron el significado de la democracia… la libertad, no sólo como un término vago y abstracto, sino en un nivel real, humano y personal. La libertad no es algo que se tiene porque sí, hay que desear algo primero, y luego luchar por la libertad de tenerlo. Esa fue la lección que aprendimos de los Nortecubanos. Todos tenían sueños tan grandiosos y estaban dispuestos a dar sus vidas por la libertad de hacer esos sueños realidad. ¿Por qué cree que El Jefe les tenía tanto miedo? 

No me sorprendió que Fidel supiera que una oleada de libertad venía a sacarlo del poder. Me sorprende la manera como lo enfrentó.

[Se ríe, señalando una fotografía en la pared en la que aparece un anciano Castro dando un discurso en el Parque Central.] 

¿Puede imaginarse los cojones de ese hijo de puta? No sólo para aceptar la nueva democracia del país, ¡sino para darse crédito por ello! Un genio. Él mismo presidió las primeras elecciones libres de Cuba, y su último acto oficial fue renunciar al poder. Por eso lo recordamos con una estatua, y no con una mancha de sangre contra la pared. Por supuesto que la nueva superpotencia latinoamericana está lejos de ser perfecta. Tenemos cientos de partidos políticos, y más grupos con intereses privados que arena en nuestras playas. Hay huelgas, disturbios, protestas, y parece que fueran todos los días. Uno entiende por qué El Che se retiró después de la revolución. Es más fácil dinamitar trenes que hacerlos llegar a tiempo a la estación. ¿Qué era lo que decía mister Churchill? “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás.”

[Se ríe.]

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