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miércoles, 2 de enero de 2013

21.- WORLD WAR Z - CIUDAD DE HIELO, GROENLANDIA


[Desde la superficie, lo único visible son los embudos, unas enormes y muy bien construidas trampas para viento que llevan el aire frío y fresco a los trescientos kilómetros de túneles del laberinto que hay más abajo. Quedan muy pocos del cuarto de millón de personas que solían habitar esta maravilla de la ingeniería tallada a mano. Algunos se quedaron para animar el pequeño pero creciente comercio turístico. Algunos viven como custodios, mantenidos por la pensión otorgada por el Comité de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Algunos otros, como Ahmed Farahnakian, antes conocido como el mayor Farahnakian de la Fuerza Aérea Revolucionaria Iraní, no tienen más a dónde ir.] 

India y Pakistán. Al igual que con Corea del Norte y del Sur, o la OTAN y el Pacto de Varsovia. Si existían dos países que seguramente iban a usar armas nucleares el uno contra el otro, tenían que ser India y Pakistán. Todo el mundo lo sabía, todo el mundo se lo esperaba, y era por eso exactamente que nunca pasaba nada. Como el peligro era omnipresente, a lo largo de los años se había puesto en marcha una complicada maquinaria para evitarlo. Había una línea directa entre las dos capitales, los embajadores ya se llamaban por su primer nombre, y los generales, políticos, y todos los involucrados en el proceso, estaban entrenados para asegurarse de que el día que todos temían nunca llegara. Nadie podía imaginarse —yo no lo hice— que los hechos se desarrollarían como lo hicieron al final. 

La infección no nos había golpeado tan fuerte a nosotros como a los demás países. Nuestra tierra era demasiado montañosa. El transporte era complicado. Nuestra población era relativamente poca; dado el tamaño de nuestro país, y ya que la mayoría de nuestras ciudades podían ser acordonadas por nuestra enorme fuerza militar, no es difícil ver por qué nuestros líderes se mostraban más bien optimistas. 

El problema fueron los refugiados, millones de ellos desde el oriente, ¡millones! Como un río a través de Baluchistán, arrasando con nuestras planicies. Muchos de ellos habían sido ya infectados, enjambres cojeantes acercándose a nuestras ciudades. Nuestros guardias fronterizos fueron barridos por completo, instalaciones enteras sepultadas por la oleada de muertos. No había manera de cerrar las fronteras y lidiar con nuestras propias epidemias al mismo tiempo. 

Exigimos a los pakistaníes que controlasen a su gente. Nos aseguraron que estaban haciendo todo lo que podían. Sabíamos que estaban mintiendo.

La mayor parte de los refugiados venía desde la India, atravesando Pakistán en un intento de llegar a un lugar más seguro. La gente de Islamabad estaba más que dispuesta a dejarlos pasar. Era mejor dejarle el problema a otro país en lugar de resolverlo ellos mismos. Quizá si hubiésemos unido nuestras fuerzas, organizado una operación conjunta en alguna posición fácil de defender. Sé que pusimos planes de esos sobre la mesa. Las montañas al sur de Pakistán: las Pab, las Kirthar, la cordillera central de Brahui. Podríamos haber detenido a cualquier número de refugiados, o muertos vivientes. Nuestros planes fueron rechazados. Algún paranoico consejero militar en su Embajada nos dijo que cualquier presencia de fuerzas militares en su suelo sería vista como una declaración de guerra. No sé si su presidente alcanzó a ver nuestra propuesta; nuestros líderes nunca hablaron directamente con él. Es lo que le decía sobre la India y Pakistán, el problema es que nosotros no teníamos una relación como esa. La maquinaria diplomática no estaba en su lugar. Ni siquiera sabemos lo que ese coronel comemierda le informó en realidad a su gobierno, ¡pudo haberles dicho que estábamos tratando de invadir sus provincias occidentales! 

¿Pero qué podíamos hacer? Todos los días, cientos de miles de personas cruzaban nuestra frontera, ¡y quizá decenas de miles de ellos estaban infectados! Teníamos que actuar de forma decisiva. ¡Teníamos que protegernos! 

Hay una carretera que cruza entre los dos países. Es pequeña según sus parámetros, y ni siquiera está pavimentada en algunas partes, pero era la principal arteria terrestre hacia el sur en Baluchistán. Si la cortábamos en un solo lugar, El puente del río Ketch, cerraríamos el 60% de todo el tráfico de refugiados. Yo mismo volé en esa misión, de noche y con muchos escoltas. No se necesitaban intensificadores de imagen. Se podían ver las farolas desde kilómetros de distancia, una delgada línea blanca extendiéndose en la oscuridad. Incluso pude ver los fogonazos de las ramas. El área estaba gravemente infestada. Apunté a los cimientos centrales del puente, que eran la parte más difícil de reconstruir. Las bombas se separaron limpiamente. Eran municiones convencionales, altamente explosivas, apenas lo suficiente para cumplir con el trabajo. Nuestros aviones eran norteamericanos, de la época en que éramos sus aliados más convenientes, y los usamos para destruir un puente construido en suelo extranjero también con ayuda norteamericana. La ironía del asunto no se les escapó a nuestros comandantes. En lo personal, no podía importarme menos. Tan pronto como sentí que mi Phantom se hacía más ligero, encendí los retroquemadores, esperé el reporte de mi avión observador, y recé con toda mi alma para que los pakistaníes no nos devolvieran el golpe. 

Por supuesto, mis plegarias no fueron escuchadas. Tres horas después, sus tropas en Qila Safed atacaron nuestra estación fronteriza. Me enteré después que nuestro presidente y el Ayatollah decidieron no hacer nada más. Habíamos conseguido lo que queríamos, y ellos habían tenido su venganza. Ojo por ojo, rea mejor dejarlo así. ¿Pero quién iba a informar de esa decisión al otro lado? Los radios y códigos de su embajada en Teherán fueron destruidos. Ese coronel hijo de puta se había disparado en la boca antes que revelar cualquier “secreto de estado.” No teníamos líneas directas con ellos, ni canales diplomáticos. No sabíamos cómo mas contactar a los líderes pakistaníes. Ni siquiera sabíamos si sus líderes seguían vivos. Era un caos, la confusión se convirtió en ira, la ira nos hizo atacar a nuestros vecinos. Con cada hora, los conflictos aumentaban. Luchas fronterizas, bombardeos. Todo sucedió tan rápido, tres días de guerra convencional, y ninguno de los bandos tenía ningún objetivo específico, sólo ira y pánico. 

[Se estremece.] 

Creamos una bestia, un monstruo nuclear que ninguno de los dos bandos podía controlar… Teherán, Islamabad, Qom, Lahore, Bandar Abbas, Ormara, Emam Khomeyni, Faisalabad. Nadie sabe cuántos murieron en las explosiones, ni cuando las nubes radioactivas comenzaron a moverse sobre nuestros territorios, sobre la India, sobre Asia suroreintal, sobre el Pacífico, hasta América.

Nadie pensó que eso podría pasar, no entre nosotros. ¡Por Dios, ellos mismos nos habían ayudado a organizar nuestros programas de defensa nuclear! Nos habían vendido los materiales, la tecnología, habían sido los intermediarios con los traficantes de Corea del Norte y los renegados rusos… nosotros nunca habríamos sido una potencia nuclear de no ser por nuestros hermanos musulmanes. Nadie se lo esperaba, pero pensándolo bien, nadie se esperaba tampoco que los muertos se levantaran de nuevo, ¿verdad? Sólo hay alguien que podría haberlo imaginado, y ya no creo en Él.

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