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miércoles, 2 de enero de 2013

52.- WORLD WAR Z - DENVER, COLORADO, ESTADOS UNIDOS

[El clima es perfecto para un día de campo en Victory Park. El hecho de que no se haya reportado ni un solo contacto durante esta primavera, les da a todos una razón más para celebrar. Todd Wainio está en el jardín exterior del campo de béisbol, esperando una bola alta que, según él, “nunca llegará.” Quizá tiene razón, porque a nadie parece importarle que yo me pare a su lado.] 

La campaña fue llamada “El camino a Nueva York” y de verdad fue un largo, largo camino. Teníamos tres grupos principales en el ejército: Norte, Centro, y Sur. La maravillosa estrategia era avanzar como una sola unidad a través de las Grandes Planicies, cruzar todo el oeste por el medio, y luego separarnos en los Apalaches, los flancos se abrirían paso hacia el norte y el sur, hacia Maine y Florida, y luego recorrerían la costa para reunirse con el grupo central, que llegaría recorriendo lentamente por las montañas. Nos tardamos tres años.

¿Por qué tan lento?

Viejo, la lista es larga: el viaje a pié, el terreno, el clima, los enemigos, la doctrina de combate… La doctrina nos decía que había que avanzar en dos filas estrechas, una detrás de la otra, abarcando desde Canadá hasta Aztlán… No, México, todavía no se llamaba Aztlán. ¿Usted ha visto que, cuando un avión se cae, todos esos bomberos y voluntarios tienen que recorrer el lugar buscando cada pieza del fuselaje? Tienen que ir en fila, muy despacio, asegurándose de no saltarse ni un centímetro de terreno. Así éramos nosotros. No nos saltamos ni un milímetro entre Las Rocosas y el Atlántico. En cualquier lugar en que encontráramos a Zack, ya fuera solos o en grupo, una unidad de RAF se detenía…

¿RAF?

Respuesta Adecuada de Fuerza. Uno no podía hacer detener a todo el Grupo sólo por uno o dos zombies. Muchos de los Gs más viejos, los primeros infectados en la guerra, estaban comenzando a desbaratarse, todos desinflados, con partes del cráneo expuestas, huesos asomados entre la carne. Algunos ya ni eran capaces de mantenerse de pié, y de esos eran de los que más teníamos qué cuidarnos. Llegaban arrastrándose sobre la panza, o simplemente chapoteaban sin moverse en un pantano. Hacíamos detener una sección, un pelotón, o incluso toda una compañía dependiendo de cuántos se encontraran, los suficientes para deshacerse de ellos y sanear el lugar. El agujero en la fila dejado por tu unidad de RAF era llenado por un número igual de soldados de la fila secundaria, que marchaba kilómetro y medió detrás. Así no se rompía nunca la fila frontal. Estuvimos relevándonos así todo el camino a lo ancho del país. Funcionó, sin duda, pero vaya que nos demoramos. La noche también nos detenía, y por completo. Una vez que se ocultaba el sol, no importaba qué tan confiados estuviéramos o qué tan segura fuese la zona, la función cerraba hasta el amanecer del día siguiente.

Y también estaba la niebla. No sabía que la niebla podía ser tan densa tierra adentro. Siempre quise preguntarle a un meteorólogo o a alguien así sobre el asunto. Toda la línea frontal podía quedar detenida, algunas veces durante días. Sólo nos quedábamos sentados, con visibilidad cero, hasta que uno de los Ks comenzaba a ladrar o algún hombre de la fila gritaba “¡Contacto!” Uno escuchaba los gemidos y comenzaban a aparecer las sombras. Quedarse allí sentado esperándolos era muy difícil. Una vez ví una película, un documental de la BBC en el que mostraban que, como Inglaterra tiene tanta niebla todo el tiempo, el ejército británico no podía detenerse como nosotros. Había una escena en la que las cámaras filmaron un ataque de verdad, y sólo se veían los fogonazos de las armas y unas siluetas borrosas que caían. No tenían necesidad de ponerle esa música de fondo. Casi me orino del susto nada más viéndolo. 

Otra cosa que nos detuvo fue el tener que seguirle el paso a los países de al lado, los mexicanos y los canadienses. Ninguno de los dos ejércitos tenía el poder suficiente para limpiar todo su país. El trato fue que ellos mantendrían la frontera segura mientras nosotros limpiábamos la casa. Cuando los Estados Unidos estuvieran seguros, les daríamos toda la ayuda que necesitaban. Ese fue el comienzo de la Fuerza Multinacional de la ONU, pero a mí me enviaron a casa mucho antes de eso. Para mí, siempre fue cuestión de correr y luego esperar, marchando por terrenos empinados y pueblos abandonados. Ah, y si quiere hablar de cosas que nos retrasaban, nada como el combate urbano.

La estrategia siempre era rodear primero la zona. Levantar defensas semipermanentes, hacer reconocimiento con de todo, desde satélites hasta Ks rastreadores, hacer todo el ruido necesario para sacar a Zack y derribarlo, y sólo entrar cuando estábamos completamente seguros de que no saldría nadie más. Astuto, seguro, y relativamente fácil. ¡Sí, claro! 

En cuanto a lo de rodear “la zona,” ¿alguien quiere decirme en dónde exactamente comienza y termina cada zona? Las ciudades ya o eran ciudades en realidad, ya sabe, sino que habían crecido hasta convertirse en un gigantesco pulpo de suburbios. La señora Ruiz, una de nuestras médicas, lo llamaba “relleno.” Ella había trabajado vendiendo bienes raíces antes de la guerra, y nos explicó que las propiedades más calientes estaban siempre en el terreno entre dos ciudades principales. El jodido “relleno,” todos aprendimos a odiar ese término. Para nosotros, quería decir que tendríamos que limpiar cuadras y cuadras de suburbios antes de poder pensar siquiera en establecer un perímetro de cuarentena. Negocios de comidas rápidas, centros comerciales, kilómetros interminables de casas baratas y todas iguales. 

Y en invierno la cosa no era ni más segura ni mejor. Yo estaba en el Grupo Norte. Al principio pensé que la teníamos ganada, ya sabe. No tendría que ver ni un G vivo durante seis meses de cada año, ocho en realidad, teniendo en cuenta cómo era el clima en ese entonces. Pensé que, bueno, cuando baje la temperatura, nuestro trabajo sería prácticamente el de unos recolectores de basura: encontrarlos, aplicarles el Lobo, marcarlos para que los entierren cuando la nieve se descongele, sin problemas. Deberían haberme abierto la cabeza a mí por pensar que Zack iba a ser el único problema que encontraríamos allá afuera. 

Estaban los quislings, iguales a un G de verdad, pero capaces de atacar en invierno. Teníamos unas Unidades de Recuperación de Humanos, básicamente una perrera de tamaño grande. Hacían lo que podían para dormir a los quislings que encontrábamos, amarrarlos, y enviarlos a clínicas de rehabilitación; en ese entonces pensábamos que sí se podían rehabilitar. 

Los salvajes eran una amenaza mucho mayor. Muchos de ellos ya no eran niños, había muchos adolescentes, y otros eran adultos. Eran rápidos, astutos, y si decidían pelear en vez de huir, podían fregarte el día. Por supuesto, los de las URH siempre trataban de darles con un dardo tranquilizante, pero eso no siempre funcionaba. Cuando un macho salvaje de cien kilos se lanza con todo sobre tí, un par de centímetros cúbicos de tranquilizante no lo van a detener antes de que llegue a su objetivo. Mucha gente de RH salió gravemente herida, y a un par de ellos tuvimos que devolverlos en bolsas. El duro tuvo que intervenir y les asignó un equipo de escoltas. Si el dardo no los detenía, nosotros sí. Nada en este mundo chilla tanto como un salvaje con un tiro de EDP en la panza. A los de RH no les gustaba. Todos ellos eran voluntarios y tenían este código de que la vida humana, cualquier vida humana, merecía ser salvada. Supongo que la historia les dio algo de razón, ya sabe, por todos esos salvajes que se lograron recuperar, y que nosotros simplemente habríamos matado. Si hubiéramos tenido los recursos, habríamos podido hacer lo mismo con todos esos animales.

Viejo, las manadas de animales salvajes, eso me aterraba más que cualquier otra cosa. Y no estoy hablando solamente de los perros. Con los perros siempre sabíamos qué hacer. Los perros siempre anunciaban cuando iban a atacar. Me refiero a los gatos “mosca”: eran como gatos salvajes, pero parecían un cruce entre un león de montaña y un jodido dientes de sable de la era del hielo. Quizá sí eran leones de montaña, muchos se veían idénticos, o quizá eran las crías gordas de los gatos domésticos que habían sido tan duros como para sobrevivir todo ese tiempo. Escuché que eran mucho más grandes en el norte, por alguna ley de la naturaleza o de la evolución. En realidad yo no entiendo mucho de esas cosas, excepto por algún documental que ví hace mucho tiempo. Escuché que las ratas eran como las nuevas cebras; eran rápidas y lo suficientemente inteligentes para alejarse de Zack, se alimentaban de cadáveres limpios, y se reproducían por millones en los árboles y entre los escombros. Se habían vuelto increíblemente peligrosas, así que cualquier cosa capaz de cazarlas tenía que volverse mucho peor. Eso eran las “moscas”, casi dos veces más grandes que un gato doméstico, con garras, dientes, y un gusto voraz por la sangre caliente.

Debieron ser todo un problema para los perros rastreadores. 

¿Lo dice en serio? A ellos les encantaba, incluso a los pequeños dach, porque los hacía sentir de nuevo como lobos. El problema era para nosotros, porque se nos lanzaban desde las ramas de un árbol, o desde un techo. No te perseguían como los perros salvajes, sino que esperaban, sabían quedarse quietos hasta que uno estaba tan cerca que no podía ni apuntarles con el arma. 

Afuera de Minneápolis, mi escuadrón estaba limpiando un centro comercial. Entré por la ventana de un Starbucks y tres de esos se lanzaron sobre mí desde detrás del mostrador. Me derribaron, comenzaron a destrozarme los brazos y la cara. ¿Cómo cree que conseguí ésta? 

[Señala la cicatriz en su mejilla.] 

Supongo que la única víctima ese día fueron mis pantalones. Tengo que agradecerle a los UCs a prueba de mordidas, los nuevos chalecos antibalas, y los cascos que recién nos habían entregado… Llevaba tanto tiempo sin usar ese tipo de protección. Uno se olvida de lo incómodo que es, después de tantos años de no llevar casi nada encima.

¿Acaso los salvajes sabían cómo usar armas de fuego?

No sabían hacer nada remotamente humano, por eso les decían “salvajes.” No, la armadura era para protegernos de la gente normal que encontrábamos. No de los rebeldes organizados, sino de uno que otro LaMOE, Siempre había uno o dos de esos en cada zona, un tipo o una vieja que habían logrado sobrevivir solos. Leí en alguna parte que en los Estados Unidos tuvimos más que en cualquier otro país del mundo, que tenía que ver con nuestro individualismo reprimido o algo por el estilo. Esa gente llevaba tanto tiempo sin ver a una persona viva, que muchos de los disparos iniciales eran accidentales o por costumbre. Casi todo el tiempo lográbamos razonar con ellos. A esos los llamaban en realidad RCs, Robinson Crusoes —ese era el término para los que resultaban ser buena gente. 

Les decíamos LaMOEs a los que estaban demasiado acostumbrados a ser los reyes de su pequeño mundo. ¿Reyes de qué? No tengo idea, supongo que de los Gs, quislings y salvajes, pero ellos creían que se estaban dando la gran vida, y que nosotros habíamos llegado a acabar con eso. Uno de esos estuvo a punto de matarme.

Estábamos avanzando hacia la Torre Sears en Chicago. Chicago, esa ciudad me dio suficientes pesadillas para tres vidas. Estábamos a mitad del invierno, el viento del lago era tan fuerte que uno casi no podía sostenerse de pié, y de pronto sentí como si el martillo de Thor me pegara en la cabeza. Un proyectil de un rifle de caza. Nunca más volví a quejarme por lo incómodo de los cascos. La gente de la torre tenía su propio reino allá arriba, y no estaban dispuestos a entregárselo a nadie. Esa fue una de las pocas veces en que volvimos a usar todo lo de antes; ametralladoras, granadas, ahí fue cuando los Bradleys volvieron al campo. 

Después de Chicago, el duro se dio cuenta de que estábamos en una guerra múltiple y más peligrosa. Volvieron las armaduras y la protección para todo el cuerpo, incluso en verano. Muchas gracias, jodida Ciudad de los Vientos. A todos los escuadrones nos entregaron panfletos con la “Pirámide de Riesgos.” 

Estaba clasificada según la probabilidad de encontrarlos, no qué tan peligrosos eran. Zack estaba en la base, luego los animales, luego los salvajes, quislings, y los LaMOEs en la cima. Muchos de los tipos del Grupo Sur dicen que ellos tenían la peor parte, porque cuando llegaba el invierno, los del Grupo Norte ya no teníamos que preocuparnos por Zack en la pase de la pirámide. Sí, claro, pero Zack era reemplazado por una amenaza peor: ¡el invierno!

¿Cuánto dicen que bajó la temperatura promedio? ¿Diez grados, quince en algunas partes? Sí, claro, era más fácil para nosotros, enterrados hasta el culo en nieve gris, y sabiendo que por cada cinco Zack que uno se despachara, aparecerían otros diez cuando se derritiera el hielo. Al menos la gente del sur sabía que cuando limpiaban una zona, ésta seguiría limpia. Ellos no tenían que preocuparse por ataques desde la retaguardia un par de meses después. Tuvimos que barrer cada zona al menos tres veces. Usamos desde varillas y Ks rastreadores hasta lo mejor en equipos de resonancia. Una y otra vez, y siempre en lo peor del invierno. Perdimos a más gente por el congelamiento que por cualquier otra cosa. Y sin embargo, todas las primaveras, uno sabía, siempre… siempre era, “mierda, aquí vamos de nuevo.” Incluso hasta el día de hoy, con todas esas limpiezas y los grupos de voluntarios, la primavera sigue siendo lo que antes era el invierno, el momento en que la naturaleza te dice que se acabó lo bueno.

Hábleme de la liberación de las zonas aisladas. 

Siempre era difícil, en todas ellas. Recuerde que esas zonas seguían rodeadas, cientos, quizá hasta miles de ellos. La gente que se refulgió en los edificios cercanos de Comerica Park y Ford Field, tenían un foso combinado —así les decíamos, fosos— de al menos un millón de Gs. Fue una carnicería de tres días seguidos, e hizo que Esperanza pareciera una simple pelea callejera. Fue la única vez que de verdad creí que nos iban a superar. Se amontonaron tan alto que pensé que íbamos a quedar enterrados vivos, literalmente, en una avalancha de cadáveres. Las batallas como esa te dejan frito, acabado, el cuerpo y la mente no pueden más. Quería dormir, nada más, no quería pensar ni en comida, ni en un baño, ni en sexo. Uno sólo quería encontrar un lugar caliente y seco, cerrar los ojos, y olvidarse de todo.

¿Cuál era la reacción de la gente que liberaban?

Un poco de todo. En las zonas militares, la cosa no era muy animada. Un montón de ceremonias formales, subir y bajar banderas, “Lo relevo, señor — entendido,” mierda por el estilo. También aprovechaban para lucirse un poco. Ya sabe, “en realidad no necesitábamos que nos rescataran” y todo eso. Los entiendo. Todo soldado quiere ser el héroe que cabalga sobre la colina, nadie quiere ser la víctima que espera en el fuerte. Por supuesto que no necesitabas que te recatáramos, amigo. 

Aunque a veces era cierto. Como los de la base en las afueras de Omaha. Eran un centro estratégico de entrega de provisiones, con vuelos regulares llegando casi en horas puntuales. En realidad estaban viviendo mejor que cualquiera de nosotros: comida fresca, agua caliente, camas limpias. Casi sentí que nosotros habíamos sido rescatados cuando llegamos allí. Pero en el otro extremo, estaban los marines de Rock Island. Nunca quisieron admitir lo duro que les tocó, y eso no tiene nada de malo. Después de lo que vivieron, no podían negarles el derecho a presumir. Nunca conocí personalmente a uno de ellos, pero he escuchado las historias.

¿Y qué hay de las zonas civiles? 

La historia era muy diferente. ¡Allá éramos lo máximo! Nos recibían gritando y celebrando. Era como uno se imagina que debe ser, como en esas películas viejas con los soldados entrando a París. Éramos como estrellas de rock. Tuve más… bueno… digamos que si vé un montón de niños desde aquí hasta la Ciudad de los Héroes que se parecen mucho a mí… 

[Se ríe.] 
Pero hubo excepciones. 

Sí, supongo. No era todo el mundo, pero había una o dos personas entre la gente, unos rostros enojados que te gritaban. “¿Por qué diablos se tardaron tanto?” “¡Mi esposo murió hace dos semanas!” “¡Mi madre se murió esperándolos!” “¡Perdimos la mitad de nuestra gente el verano pasado!” “¿Dónde estaban cuando los necesitamos?” Gente sosteniendo fotografías. Cuando entramos a Janesville, en Wisconsin, Alguien sostenía una pancarta con la imagen de una niñita sonriendo. Las palabras bajo la foto decían: “¿Mejor tarde que nunca?” Al tipo lo lincharon los mismos pobladores; no debieron hacer eso. Esas son las cosas que nos toco ver, mierda que te mantiene despierto a pesar de no haber dormido en cinco días. 

Muy de vez en cuando, casi nunca en realidad, entrábamos en alguna zona en la que de verdad no nos querían. En Valley City, Dakota del Norte, nos gritaban, “¡Jódanse, soldados! ¡Ustedes nos abandonaron, no los necesitamos!”

¿Esa era una zona separatista?

Oh no, al menos esa gente sí nos dejó pasar. Los rebeldes de verdad sólo te saludaban a tiros. Yo nunca estuve en una de esas zonas. El duro tenía unidades especiales para lidiar con los rebeldes. Nos encontramos con una de esas en el camino, iban hacia Black Hills. Era la primera vez que veía un tanque desde que cruzamos Las Rocosas. Una mala señal; uno sabía cómo iban a terminar.

Existen muchas historias sobre métodos de supervivencia muy cuestionables en algunas de las zonas aisladas. 

¿Sí, y qué? Pregúnteles a ellos.

¿Usted vió alguno? 

No, y no quiero saber nada de eso. La gente trataba de hablar, la gente que liberábamos. Estaban destrozados por dentro, y sólo querían sacarse ese peso del pecho. ¿Sabe qué les decía yo? “Mejor guárdatelo, tu guerra ya terminó.” Yo no quería cargar más piedras en mi mochila, ¿me entiende?

¿Y después de la guerra? ¿Habló con alguno de ellos? 

Sí, y también leí sobre los juicios.

¿Y cómo se sintió? 

Mierda, no sé. ¿Quién soy yo para juzgar a esa gente? Yo no estaba allí, yo no tuve que vivir lo que ellos vivieron. Ésta conversación, preguntándome “qué tal si,” en ese entonces no tenía tiempo de pensar en eso. Teníamos trabajo por hacer. 

A los historiadores les gusta decir que el Ejército de los Estados Unidos tuvo una tasa de mortalidad muy baja durante el avance. Baja, comparada con la de otros países, China o los rusos. Baja, pero sólo si contamos las muertes debidas a Zack. Había millones de cosas que podían enterrarte en ese camino, y más de dos tercios de ellas no aparecían en la pirámide. 

Las enfermedades eran una de las peores, epidemias y cosas que se suponía que habían desaparecido desde, no sé, desde la Edad Media más o menos. Claro, nos tomábamos nuestras pastillas, nos vacunábamos, comíamos bien, y nos revisaban regularmente, pero había mucha mierda en todas partes, en el suelo, en el agua, en la lluvia, y en el aire que respirábamos. Cada vez que llegábamos a una ciudad o liberábamos una zona, perdíamos por lo menos a un hombre por alguna enfermedad, y aunque no se muriera, lo tenían que dar de baja para ponerlo en cuarentena. En Detroit perdimos un pelotón entero por culpa de la influenza española. El duro se asustó de verdad esa vez, y puso a todo el batallón en cuarentena por dos semanas.

También estaban las minas terrestres y las trampas, algunas eran civiles, y otras las habíamos puesto cuando huimos hacia el oeste. En ese entonces parecía razonable. Sólo sembrábamos kilómetro tras kilómetro y esperábamos que Zack estallara al seguirnos. El único problema es que las minas no funcionan así. No hacen estallar todo el cuerpo; sólo te quitan un pié, o una pierna, o las joyas de la familia. Para eso están diseñadas, no para matar, sino para lesionarte tanto que el ejército tenga que gastar valiosos recursos en mantenerte vivo, y luego mandarte a casa en una silla de ruedas para que Mamá y Papá Civiles piensen, cada vez que te vean, que quizá apoyar esa guerra no es tan buena idea.

Pero Zack no tiene casa, ni Papá o Mamá Civiles. Lo único que hacen las minas convencionales es crear un montón de zombies inválidos que, a fin de cuentas, sólo te dificultan el trabajo porque uno los quiere de pié y fáciles de ver, no arrastrándose entre la hierba y esperado a ser pisados, convertidos ellos mismos en otro tipo de minas terrestres. El problema era que no sabíamos dónde habíamos sembrado la mayoría de las minas; muchas de las unidades que las habían puesto durante la retirada no las habían marcado bien, o se habían perdido las coordenadas, o no habían sobrevivido para avisarnos. Además estaban las malditas trampas de los LaMOEs, los agujeros con estacas, y escopetas con cables amarrados al gatillo. 

Yo perdí a un compañero por culpa de una de esas, en un Wal-Mart en Rochester, Nueva York. Él había nacido en El Salvador pero creció en California. ¿Alguna vez escuchó sobre los Boyle Heights Boyz? Eran una banda de hard-core de Los Ángeles que fueron deportados hacia El Salvador porque, técnicamente, eran ilegales. Mi compañero era uno de ellos. Se abrió camino de vuelta a través de México durante los peores días del Pánico, a pié, solo con su machete. Ya no tenía familia, ni amigos, y lo único que quería era volver a la tierra en donde había crecido. Quería tanto este país. Me recordaba a mi abuelo, ya sabe, ese espíritu de inmigrante. Y todo para venir a morirse por un escopetazo en la cara, una trampa puesta por un LaMOE que ya ni siquiera debía estar vivo. Jodidas minas y trampas. 

Y también estaba los accidentes. Todos esos edificios que se habían debilitado por la guerra. Súmele a eso los años de abandono y metros y metros de nieve acumulada. Techos enteros se derrumbaban sin aviso, toda la estructura se venía abajo. Perdí a alguien así. Había acabado de reportar un contacto, un salvaje salió corriendo hacia ella desde el otro lado de un estacionamiento. Le disparó con su arma, y con eso bastó. No sé cuántas toneladas de nieve y hielo le cayeron encima junto con el techo. Ella… nosotros… teníamos algo, ya sabe. Es sólo que nunca hicimos nada al respecto. Supongo que no queríamos hacerlo “oficial.” Pensábamos que así sería más fácil si algo malo le llegaba a pasar a alguno de los dos. 

[Todd mira hacia las tribunas, y le sonríe a su esposa.] 

Pero no funcionó. 

[Hace silencio por un momento, y suspira.] 

Y por último teníamos las víctimas psiquiátricas. Fueron más que todas las otras combinadas. Algunas veces llegábamos a zonas bien fortificadas, y sólo encontrábamos esqueletos y ratas. Me refiero a zonas que no fueron arrasadas por Zack, sino que cayeron víctimas del hambre, o las enfermedades, o de la idea de que no valía la pena vivir un día más. Una vez entramos en una iglesia de Kansas, y todo lo que vimos nos indicó que los adultos habían matado a los niños antes de suicidarse ellos. Un tipo de nuestro pelotón, que era amish, leía todas las notas de suicidio que nos encontrábamos, las memorizaba, y se hacía un pequeño corte, un pequeño rasguño de un centímetro en alguna parte del cuerpo, según él para “nunca olvidarlos.” El maldito loco terminó cubierto de cicatrices por todo el cuerpo, desde el cuello hasta los dedos de los pies. Cuando el teniente se enteró… lo dio de baja por sección ocho ese mismo día.

Casi todos los locos aparecieron ya terminando la guerra. No por el estrés, sino al contrario, por la calma. Sabíamos que todo terminaría pronto, y creo que toda esa gente que había estado tratando de no enloquecerse por tanto tiempo, comenzó a escuchar una vocecita en la cabeza que les decía, “hey, viejo, está bien, ya puedes dejarte ir.” 

Un tipo que conocí, un enorme gorilasaurio, había sido luchador profesional antes de la guerra. Estábamos patrullando en la autopista cerca de Pulaski, en Nueva York, cuando el viento nos llevó el olor de un camión que se había volcado cerca de allí. Estaba cargado hasta arriba de botellas de perfume, nada fino, sino una fragancia barata de esas que se consiguen en cualquier parte. El tipo se congeló y comenzó a llorar como un niño. No era capaz de parar. Era un monstruo que había matado a más de dos mil, un ogro que una vez había agarrado a un G por las piernas y lo había usado como garrote para luchar contra otros tres. Tuvimos que cargarlo entre cuatro para subirlo a la camilla. El perfume debió recordarle a alguien, pero nunca supimos a quién. 

También estaba este otro tipo, uno que no tenía nada de especial; de casi cincuenta años, calvo, y un poco panzón, al menos tanto como uno podía estarlo en esos días, como los que uno veía en las campañas contra la hipertensión. Estábamos en Hammond, Indiana, organizando los puestos de defensa para el ataque a Chicago. Pasamos cerca de una casa al final de una calle desierta, completamente intacta, excepto por las ventanas tapiadas y la puerta caída. Al tipo le apareció esta expresión en la cara, como una sonrisa. Debimos notarlo antes de que abandonara la formación, antes de escuchar el disparo. Lo encontramos sentado en la sala, en una vieja silla reclinable, con el REI entre las rodillas y la sonrisa todavía en el rostro. Miré las fotografías desteñidas sobre la chimenea. Era su casa. 

Pero esos eran los ejemplos más extremos, los que hasta yo habría podido anticipar. Con muchos de los otros nunca se sabía. En mi opinión, no se trataba de saber quién se estaba enloqueciendo, sino quién no. ¿Tiene sentido?

Una noche en Portland, Maine, estábamos en el Parque Deering Oaks recogiendo pilas de huesos blanqueados que habían estado allí tirados desde el Pánico. Dos soldados recogieron unos cráneos y empezaron jugar con ellos, cantando una canción de ese disco infantil Free to Be, You and Me, el de los dos bebés. Yo la reconocí sólo porque mi hermano mayor tenía el disco, que estuvo de moda mucho antes de que yo naciera. Pero a algunos de los soldados más viejos, los de la generación X, les encantó. Comenzó a llegar más gente, y todo el mundo comenzó a reírse y a hablar con esas dos calaveras. “Hola-Hola-Soy un bebé.—¿Y qué crees que soy yo, un pedazo de pan?” Y cuando el diálogo terminó, todos comenzaron a cantar al mismo tiempo, “There’s a land that I see…” jugando con fémures como si fueran guitarras. Miré a uno de los médicos de nuestra compañía. Nunca pude pronunciar bien su nombre, el doctor Chandra-algo. Lo miré fijamente y le hice este gesto, como diciendo, “hey, doc, los perdimos a todos, ¿no?” Debió entender lo que le estaba diciendo, porque me sonrió y sacudió la cabeza diciéndome “no.” Eso sí me asustó; es decir, si los que actuaban así no estaban locos, ¿cómo íbamos a saber quién sí?

Como nuestra líder de escuadrón, quizá la conozca. Ella estuvo en La Batalla de las Cinco Universidades. ¿Recuerda esa amazona alta con el machete, la que cantó esa canción al final? Ya no se veía como en la película. Había perdido todas las curvas y se había rapado ese pelo negro, largo y brillante. Era una buena líder, “La Sargento Avalon.” Un día encontramos una tortuga en el campo. Las tortugas eran como los unicornios en esos días, ya no se veían por ningún lado. Avalon la miró, no sé como decirlo, casi como una mirada de niña. Sonrió. Ella nunca sonreía. Escuché que le susurraba algo a la tortuga, pensé que era algo sin sentido: “Mitakuye oyasin.” Después supe que quería decir “todos los que conocí” en lengua Lakota. No sabía que ella era en parte Sioux. Nunca hablaba de eso ni de nada personal. Pero de pronto, como un fantasma, apareció el doctor Chandra junto a ella, poniéndole el brazo sobre el hombro, y diciéndole su frase de costumbre para esos casos: “Vamos sargento, vamos a tomarnos un café.” 

Eso fue el mismo día en que se murió el presidente. Seguramente él también escuchó la vocecita: “hey, viejo, está bien, ya puedes dejarte ir.” Yo sé que mucha gente no quería al vicepresi, y pensaban que nunca podría reemplazar al Gran Jefe. Yo lo comprendía perfectamente, porque estaba en esa misma posición. Al dar de baja a Avalon, me convirtieron en el líder del escuadrón. 

No importaba que la guerra casi estuviera a punto de terminar. Aún había tantas batallas en el camino, tanta gente buena a la que tendríamos que decirle adiós. Para cuando llegamos a Yonkers, yo era el único que quedaba de los que habíamos estado en Esperanza. No sabía qué sentir, caminando entre todos esos escombros: los tanques abandonados, las camionetas aplastadas de los noticieros, los restos humanos. Creo que no sentí nada. Como líder de escuadrón, tenía muchas cosas qué hacer, muchas caras por las cuáles preocuparme. Podía sentir los ojos del doctor Chandra clavándose en mi espalda todo el tiempo. Pero nunca se me acercó, nunca me dio esa señal de que algo andaba mal conmigo. Cuando al fin abordamos las barcazas en las orillas del Hudson,

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