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jueves, 3 de enero de 2013

03.- WORLD WAR Z - LHASA, REPÚBLICA POPULAR DEL TÍBET


[La ciudad más poblada del mundo todavía se está recuperando de las últimas elecciones populares. Los social-demócratas derrotaron al partido del Lama en una victoria atronadora, y las calles hierven de rebeldes. Me encontré con Nury Televaldi en un concurrido café a un lado de una cale principal. Tenemos que gritar para hacernos oír sobre la multitud eufórica.]

Antes de la plaga, el contrabando por tierra no era popular. Conseguir los pasaportes, los tiquetes falsos para el bus de turismo, los contactos y la protección al otro lado, todo eso requería mucho dinero. En ese entonces, las únicas rutas lucrativas eran hacia Tailandia y Myanmar. Donde yo vivía, en Kashi, la única opción era hacia las antiguas Repúblicas Soviéticas. Nadie quería ir allá, y por eso al principio yo no era un shetou. Yo era un importador: pasta de opio, diamantes en bruto, niñas, niños, cualquier cosa de valor que produjeran en esas primitivas excusas de países. La plaga lo cambió todo. De repente nos vimos inundados de ofertas, y no sólo de los liudong renkou, sino también, como ustedes dicen, de gente de las clases más altas. Tuve profesionales de las ciudades, ganaderos, incluso oficiales de los escalones bajos del gobierno. Eran gente que tenía mucho qué perder. No les importaba para dónde iban, sólo que tenían que salir. 

¿Usted sabía de qué estaban huyendo? 

Habíamos escuchado los rumores. Incluso habíamos tenido una infección en algún lugar de Kashi. Pero el gobierno lo ocultó todo de inmediato. Sin embargo, nosotros lo sospechábamos, sabíamos que algo no estaba bien. 

¿Y el gobierno no trató de detenerlos? 

Oficialmente sí. Las penas por el contrabando se hicieron más severas; se reforzaron los puntos de control en las fronteras. Incluso ejecutaron a algunos shetou, públicamente, para poner un ejemplo. Si no se conoce la historia real, si no la vieron desde nuestro lado, cualquiera pensaría que fueron medidas efectivas. 

¿Entonces no lo fueron?

Sólo digamos que hice rica a mucha gente: guardias fronterizos, burócratas, policías, incluso alcaldes. Todavía eran buenos tiempos para China, y la mejor manera de honrar la memoria del Presidente Mao era ver su cara en la mayor cantidad posible de billetes de cien yuan. 

Entonces tuvo mucho éxito. 

Kashi era la ciudad de moda. Creo que el noventa por ciento, y quizá más, de todo el tráfico terrestre pasó por allí, e incluso un poco del aéreo. 

¿Aéreo? 

Sólo un poco. Sólo transporté renshe en un par de ocasiones, en algunos vuelos de carga hacia Kazajstán o Rusia. Trabajos pequeños. No era como en oriente, de Guangdong y Jiangsu estaban saliendo miles de personas cada semana. 

¿Podría hablar un poco más de eso? 

El tráfico aéreo se volvió un gran negocio en las provincias orientales. Esos eran clientes ricos, que podían comparar paquetes en vuelos de primera clase y visas turísticas. Se bajaban del avión en Londres o en Roma, o incluso en San Francisco, se registraban en el hotel, se iban de paseo por un día, y luego desaparecían. Ahí estaba todo el dinero. Siempre quise dedicarme al transporte aéreo. 

¿Pero qué pasaba con la infección? ¿No había riesgo de ser descubiertos? 

Fue sólo más tarde, después de lo que pasó con el vuelo 575. Al principio no había muchos infectados en los vuelos. Si lo estaban, entonces sólo sufrían las primeras etapas del contagio. Los shetou del aire eran muy cuidadosos. Si alguien tenía signos de infección avanzada, no los dejaban ni acercar. Tenían que proteger el negocio. La regla de oro era que no se podía engañar a los oficiales de inmigración si no se podía engañar primero al shetou. Tenían que verse y actuar como personas completamente sanas, e incluso entonces era una carrera contra el tiempo. Antes del vuelo 575, escuché una historia de una pareja, un hombre de negocios con mucho dinero y su esposa. A él lo mordieron. No era una mordida grave, si me entiende, sino una de esas “mechas lentas,” porque el mordisco no agarró ninguno de los vasos sanguíneos principales. Estoy seguro de que creían que había una cura en occidente, muchos lo creían. Al parecer, alcanzaron a llegar hasta su cuarto de hotel en París antes de que él colapsara. La esposa trató de llamar a un doctor, pero él no la dejó. Tenía miedo de que los devolvieran. En lugar de eso, él le ordenó que lo abandonara, que se fuera antes de que entrara en coma. Dicen que lo hizo, y después de dos días de escuchar los gemidos y los golpes, la gente del hotel decidió ignorar el letrero de “NO MOLESTAR” y abrieron el cuarto. No estoy seguro de si fue así que comenzó la infección en París, pero tiene sentido. 

Usted me dice que no llamaron a un doctor, porque tenían miedo de que los deportaran, ¿pero no se suponía que estaban buscando una cura en occidente?

¿Usted no entiende cómo funciona el corazón de un refugiado, verdad? Esa gente estaba desesperada. Estaban atrapados entre enfrentar la infección, y ser atrapados y “curados” por su propio gobierno. Si usted tuviera un ser querido, alguien de la familia, un hijo infectado, y creyera que existe la más mínima esperanza de cura en algún otro país, ¿no haría todo lo que estuviese en su poder para llegar hasta allá? ¿No preferiría creer en esa posibilidad? 

¿Entonces la esposa de ese hombre, junto con los otros renshe, simplemente desaparecieron?

Siempre había sido así, incluso antes de la infección. Algunos se quedaban con sus familiares, o con amigos. Los más pobres tenían que trabajar para pagar su bao con la mafia china local. La mayoría simplemente se fundían en las zonas marginales de la sociedad en cada país. 

¿Las áreas de bajos ingresos? 

Si así es como le gusta llamarlas. ¿Qué mejor lugar para esconderse que esa parte de la población que nadie quiere ver? ¿Por qué cree que empezaron esas infecciones en los barrios pobres del Primer Mundo? 

Se dice que muchos shetou propagaron el mito de que había una cura en otros países. 

Algunos. 

¿Usted lo hizo? 

[Pausa.] 

No. 

[Otra pausa.] 

¿Cómo afectó el vuelo 575 el contrabando por aire? 

Las restricciones se hicieron mayores, pero sólo en algunos países. Los shetou del aire eran cuidadosos, pero también muy recursivos. Tenían un dicho: “Las casas de todos los hombres ricos tienen siempre una entrada para los sirvientes.” 

¿Qué quiere decir eso? 

Si Europa Occidental aumentaba la seguridad, entraban por Europa Oriental. Si los Estados Unidos no los dejaban pasar, entraban por México. Eso hacía que los países ricos se sintieran más seguros, a pesar de que ya estaban infectados dentro de sus fronteras. Yo no soy un experto en eso, recuerde, yo me dedicaba al transporte terrestre, y mis objetivos eran los países de Asia Central.

¿Era más fácil entrar en ellos? 

Prácticamente nos pedían que entráramos. Esos países estaban en la ruina, y sus oficiales eran tan ignorantes y corruptos que incluso nos ayudaban a conseguir todos los documentos a cambio de una parte de la tarifa. Hasta tenían sus propios shetou, o como sea que los llamen en su idioma de bárbaros, que trabajaban con nosotros para pasar los renshe a través de las Repúblicas Soviéticas hasta países como India, Rusia e Irán. Nunca pregunté ni quise saber cuan lejos llegaban ellos. Mi trabajo terminaba en la frontera. Yo sólo les hacía sellar los papeles, marcar sus vehículos, les pagaba a los guardias y me largaba con mi parte. 

¿Vio muchos infectados? 

No al principio. La plaga trabajaba muy rápido. No era como en los viajes por avión. A la gente le tomaba semanas llegar hasta Kashi, e incluso los casos más lentos, según me han dicho, no duraban más que unos cuantos días. Los clientes infectados se reanimaban en alguna parte del recorrido antes de llegar y eran identificados y recogidos por la policía local. Después, cuando las infestaciones se multiplicaron y la policía ya no pudo contenerlos, comencé a ver un montón de gente infectada en mi ruta. 

¿Eran peligrosos? 

Casi nunca. Usualmente los familiares los tenían amarrados y amordazados. Uno veía algo moviéndose en la parte de atrás de un automóvil, sacudiéndose bajo un montón de ropa o unas sábanas. Se escuchaban golpes en la maleta de los autos, o, mucho después, en cajones de madera con agujeros en la parte de atrás de una camioneta. Agujeros… en verdad no tenían idea de lo que les estaba pasando a sus seres queridos. 

¿Usted lo sabía? 

Para entonces, sí, pero también sabía que tratar de explicárselo a sus familiares era una pérdida de tiempo. Yo sólo tomaba el dinero y los ponía en camino. Tuve suerte. Nunca tuve que enfrentar los problemas de los contrabandistas marítimos. 

¿Eso era más difícil? 

Y peligroso. Mis socios de las provincias costeras tenían que vivir con la posibilidad de que algún infectado rompiese sus cadenas y contaminara todo un cargamento. 

¿Y qué hacían?

He escuchado de varias “soluciones.” Algunas veces los barcos llegaban hasta alguna costa deshabitada —ya no importaba si era el país de destino o no, podía ser cualquier costa— y “descargaban” a los renshe infectados en la playa. También oí de algunos capitanes que navegaban hasta alta mar y los arrojaban a todos por la borda. Eso podría explicar esos casos de nadadores y buzos que desaparecían sin rastro, o por qué había gente por todo el mundo diciendo que los veían salir de entre las olas. Al menos yo nunca tuve nada que ver con eso. Pero sí tuve un incidente parecido, uno que me convenció de que ya era hora de retirarme. Encontré este camión, un viejo y destartalado tráiler. Se podían escuchar los gemidos que salían de la parte de atrás. Un montón de puños golpeaban contra el aluminio. Tanto que se mecía de un lado para el otro. En la cabina iba un banquero muy rico de Xi‟an. Había conseguido un montón de dinero haciendo préstamos para sacar tarjetas de crédito Americanas. Suficiente para llevarse a toda su familia fuera del país. El traje de Armani del tipo estaba arrugado y roto. Tenía arañazos por todo un lado de la cara, y en los ojos tenía ese fuego de locura que estaba comenzando a ver más y más seguido por esos días. Los ojos del chofer eran distintos, se veían como los míos, con la sospecha de que el dinero no iba a servir para nada dentro de muy poco tiempo. Le regalé un billete de cincuenta y le deseé buena suerte. Eso fue todo lo que pude hacer por él. 

¿Hacia dónde iba ese camión? 

Kirguiztán.

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