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jueves, 3 de enero de 2013

04.- WORLD WAR Z - METEORA, GRECIA


[Una serie de monasterios están construidos en las empinadas e inaccesibles paredes de roca, con algunos de los edificios soportados por altas y casi verticales columnas. Aunque originalmente era un refugio contra los turcos otomanos, más adelante probó ser un fuerte seguro contra los muertos vivientes. Escaleras construidas después de la guerra, casi todas de metal o madera y fáciles de retirar, indican la reciente afluencia de peregrinos y turistas. Meteora se ha convertido en un objetivo muy popular para ambos grupos en los últimos años. Algunos buscan sabiduría e iluminación espiritual, otros sólo buscan una sensación de paz. Stanley MacDonald pertenece a este segundo grupo. Un veterano de casi todas las campañas a lo largo y ancho de su nativa Canadá, su primer encuentro con los muertos vivientes fue en una guerra muy diferente, cuando el Tercer Batallón Canadiense de Infantería Ligera de la Princesa Patricia fue desplegado en una operación contra el tráfico de drogas en Kirguiztán.]

Por favor no nos confunda con esos “Equipos Alfa” americanos. Esto fue mucho antes de que esos entraran en operación, antes de “El Pánico,” antes de la cuarentena Israelí… esto fue antes incluso que el primer contagio reportado en Ciudad del Cabo. Estábamos en las primeras etapas del contagio, antes de que nadie sospechara siquiera lo que estaba a punto de suceder. Nuestra misión era algo completamente convencional, opio y hachís, el principal producto de exportación de los terroristas para el resto del mundo. Eso era lo único que se podía encontrar en esa tierra desolada y llena de rocas. Traficantes, matones y guardaespaldas locales. Era lo único que esperábamos encontrar. Era lo único para lo que estábamos preparados. 

La entrada a la caverna fue fácil de encontrar. Sólo seguimos el rastro de sangre que comenzó en la caravana. De inmediato supimos que algo estaba mal. No había cadáveres. En los enfrentamientos de grupos rivales, siempre dejaban las víctimas tendidas y mutiladas como una advertencia para los demás. Había mucha sangre, sangre y pedazos de carne descompuesta, pero los únicos cuerpos que encontramos fueron los de las mulas de carga. Las habían matado, sin disparos, por lo que parecía ser una manada de animales. Les habían abierto la panza y estaban cubiertas de heridas y mordiscos. Supusimos que habían sido perros salvajes. Manadas de esas malditas bestias acechaban en los valles, grandes y feroces como lobos árticos.

Lo más confuso fue cómo encontramos la mercancía, todavía en las mochilas, o regada alrededor de los cuerpos. Bueno, incluso aunque no fuese por un asunto territorial, aunque se tratara sólo una venganza religiosa o tribal, nadie abandona cincuenta kilos de Bad Brown de primera calidad, unos rifles de asalto en perfecto estado, y los demás trofeos de considerable valor que había, como relojes, reproductores de mini disc, y localizadores de GPS. 

El rastro de sangre subía por la montaña desde el sitio de la masacre. Mucha sangre. Cualquiera que hubiese perdido tanta no se podría haber levantado de nuevo. Pero de alguna manera lo había hecho. No lo habían curado. No había más huellas. Por lo que pudimos ver, ese hombre había corrido, sangrando, y había caído de frente —todavía podíamos ver la huella de su rostro cubierto de sangre sobre la arena. De algún modo, sin ahogarse o desangrarse hasta morir, se había quedado allí tendido por algún tiempo y luego se había levantado y había vuelto a caminar. Las nuevas huellas eran diferentes de las anteriores. Parecía más lento, estaban más juntas. El pié derecho se arrastraba y había perdido su zapato, un viejo y gastado Nike de bota alta. Las huellas estaban salpicadas de algún fluido. No era sangre, no era humano, sino unas gotas de una sustancia negra y viscosa que ninguno de nosotros fue capaz de reconocer. Seguimos ese rastro y las huellas hasta la entrada de la caverna. 

No hubo fuego a la entrada, ni recepción de ningún tipo. Encontramos la entrada del túnel abierta y sin vigilancia. De inmediato comenzamos a ver cuerpos, hombres muertos por sus propias trampas. Parecía que trataban de… que corrían… para escapar. 

Mas allá, en la primera recámara, vimos evidencias de disparos de un solo bando, digo de un solo bando porque sólo una de las paredes de la caverna estaba cubierta de impactos de armas de fuego. En la pared opuesta estaban los combatientes. Habían sido despedazados. Sus extremidades, sus huesos, habían sido arrancadas y mordisqueadas… algunas todavía sostenían sus armas, como una mano que encontramos con una Makarov todavía entre sus dedos. A la mano le faltaba un dedo y lo encontramos al otro lado del salón, con el cuerpo de un tipo desarmado al que le habían disparado por lo menos cien veces. Algunos de los disparos le habían volado la tapa de los sesos. El dedo estaba engarzado entre sus dientes.

Cada una de las recámaras contaba una historia parecida. Encontramos barricadas destrozadas, armas abandonadas. Encontramos más cuerpos, o pedazos de ellos. Los únicos que habían permanecido casi intactos eran los que habían muerto de disparos en la cabeza. Tenían carne, pedazos de carne fresca y masticada atorada en sus gargantas y estómagos. Las marcas de sangre, las huellas, los casquillos, y los agujeros en las paredes, sugerían que aquella batalla había comenzado en la enfermería. 

Descubrimos varios catres, todos ensangrentados. Al fondo del salón vimos un cuerpo sin cabeza… supongo que un médico, tirado junto a un catre con las sábanas manchadas y un viejo y gastado Nike de bota alta, del pié izquierdo. 

El último túnel que revisamos había colapsado al dispararse una carga de demolición que habían puesto como trampa. Una mano sobresalía de entre las rocas. Aún se movía. Reaccioné por instinto y me incliné para agarrar la mano, y sentí cómo me apretaba. Parecía un cepo de acero, casi me fractura los dedos. Traté de retirar mi mano, pero no me soltaba. Tiré más fuerte, apuntalándome con mis piernas. Primero salió un brazo, luego la cabeza, el rostro destrozado con los ojos abiertos y los labios grises, luego la otra mano, agarrándome del brazo y apretándome, luego los hombros. Caí hacia atrás y la mitad superior de esa cosa cayó conmigo. La cadera y todo lo demás seguían atorados bajo las rocas, conectados con el torso superior por una línea de entrañas. Todavía se movía, tratando de arañarme y de llevar mi brazo hasta su boca. Saqué mi arma. 

El disparo salió hacia arriba, entrando justo por debajo de la quijada y regando sus sesos por el techo. Yo fui el único presente en el túnel cuando sucedió. El único testigo… 

[Hace una pausa.]

“Exposición a agentes químicos desconocidos.” Eso fue lo que me dijeron cuando regresé a Edmonton, eso, o una reacción adversa a las vacunas. También agregaron algo de TEPT por si acaso. Dijeron que necesitaba un descanso, descanso y una “evaluación” de largo plazo… 

“Evaluación”… así la llaman cuando lo hacen los de tu propio lado. Sólo le dicen “interrogatorio” cuando es un enemigo. Te enseñan cómo resistirte al enemigo, cómo cerrar tu mente y tu espíritu. No te enseñan cómo resistirte ante tu propia gente, especialmente si se supone que están tratando de “ayudarte a ver la verdad.” Ellos no me convencieron, yo mismo lo hice. Quería creerles y dejar que me ayudaran. Yo era un buen soldado, bien entrenado y con experiencia; Sabía lo que podía hacerle a otros seres humanos y lo que ellos podían hacerme a mí. Pensé que estaba listo para cualquier cosa. 

[Mira hacia el valle, con los ojos perdidos.] 

¿Qué persona cuerda podría haber estado lista para esto?

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