Contacto

miércoles, 2 de enero de 2013

27.- WORLD WAR Z - PARQUE FORESTAL DE LA PROVINCIA DE SAND LAKES, MANITOBA, CANADÁ


[Jesika Hendricks señala hacia la inmensa extensión de la llanura sub-ártica. La belleza natural fue reemplazada por escombros: vehículos abandonados, basura, y cadáveres humanos parcialmente congelados en el hielo y la nieve gris. Originaria de Waukesha, Wisconsin, y nacionalizada en Canadá, ella forma parte del Proyecto de Recuperación Silvestre de la región. Junto con otros cientos de voluntarios, ella ha regresado aquí cada verano desde el cese oficial de las hostilidades. Aunque el PRS asegura haber realizado grandes avances, nadie espera que las cosas terminen pronto.] 

Yo no los culpo, al gobierno, la gente que se supone que debía protegernos. Desde un punto de vista objetivo, supongo que puedo entenderlos. No podían permitir que todo el mundo siguiera al ejército hasta el otro lado de las Montañas Rocosas. ¿Cómo iban a alimentarnos a todos, cómo iban a examinarnos, y cómo iban a detener a la horda de muertos vivientes que íbamos a llevar siguiéndonos? Entiendo por qué trataron de desviar la mayor cantidad posible de refugiados hacia el norte. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¿Detenernos en las Rocosas con tropas armadas, o gasearnos como los ucranianos? Al menos en el norte tendríamos alguna oportunidad. Una vez que la temperatura bajara y los muertos se congelaran, algunos podríamos sobrevivir. Eso era lo que estaban haciendo en todo el resto del mundo, la gente huía hacia el norte, tratando de sobrevivir hasta que llegara el invierno. No, no los culpo por tratar de librarse de nosotros, eso se los perdono. Pero la manera tan irresponsable en que lo hicieron, la falta de información vital que habría ayudado a tanta gente a sobrevivir… eso no se los puedo perdonar. Estábamos en agosto, dos semanas después de Yonkers y tan sólo tres días desde que el gobierno se retiró hacia la costa oeste. No habíamos tenido muchos casos en nuestro barrio. Yo sólo había visto uno, un grupo de seis personas alimentándose de un vagabundo. Los policías los habían eliminado rápido. Todo ocurrió a tres manzanas de nuestra casa, y fue e cuando mi padre decidió que teníamos que irnos.

Estábamos en la sala; mi padre estaba aprendiendo cómo cargar su nuevo rifle, y mamá estaba clavando unas tablas en las ventanas. No había ningún canal que no estuviese pasando noticias de los zombies, ya fueran imágenes en vivo, o grabaciones de Yonkers. Mirándolo bien, todavía no puedo creer la falta de profesionalismo de los medios. Tantas especulaciones, tan pocos hechos concretos. Todas esas voces grabadas de un ejército de “expertos” que se contradecían entre ellos, cada uno tratando de sonar más “impresionante” y “profundo” que el anterior. Era tan confuso, y nadie parecía saber qué hacer en realidad. La única cosa en la que todos parecían estar de acuerdo, era en que todos los ciudadanos debían “ir al norte.” Ya que los muertos vivientes se congelan por completo, el frío extremo era nuestra única posibilidad. Eso era lo único que nos decían. No había instrucciones de hacia dónde debíamos ir en el norte, qué había que llevar, cómo sobrevivir, sólo esa maldita frase en la boca de todos los reporteros, o pasando una y otra vez en una línea en la parte inferior de la televisión. “Vayan al norte. Vayan al norte. Vayan al norte.” “Eso es,” dijo papá, “vamos a salir de aquí esta misma noche, y nos vamos al norte.” Trató de parecer muy decidido, dándole una palmada a su rifle. Él nunca había tocado un arma en su vida. Él era un caballero en todo el sentido de la palabra —era un hombre muy gentil. Bajito, calvo, con una cara ancha que se ponía roja cada vez que se reía, era el rey de los chistes malos y las frases pasadas de moda. Siempre tenía algo qué decirme, un halago o una sonrisa, o un aumento en mi mesada del cual mamá no debía enterarse. Era el policía bueno de la familia, y le dejaba todas las decisiones importantes a mamá. Ella trató de discutir con él, de hacerlo razonar. Vivíamos justo donde empezaban las nevadas, teníamos todo lo que necesitábamos. ¿Por qué íbamos a arriesgarnos en un lugar desconocido, cuando podíamos almacenar unas provisiones, fortificar la casa, y esperar las primeras nieves? Papá no le hizo caso. ¡Podríamos morir antes del otoño, podríamos morir en una semana! Se había dejado llevar por el Gran Pánico. Nos dijo que todo sería como una gran salida a acampar. Comeríamos hamburguesas de alce y postres de bayas. Me prometió que me enseñaría a pescar, y me preguntó qué nombre iba a ponerle al conejito que atraparíamos como mascota. Él había vivido en Waukesha toda su vida. Nunca había ido a acampar. 

[Jesika me muestra algo entre el hielo, una colección de DVDs en pedazos.] 

Esto fue lo que la gente trajo consigo: secadores de pelo, GameCubes, docenas de computadoras portátiles. No creo que hayan sido tan estúpidos como para pensar que podrían servirles de algo. Quizá algunos. Yo creo que la mayoría tenían miedo de perderlos, que regresarían a sus casas después de seis meses y las encontrarían vacías. Nosotros pensamos que estábamos empacando con sensatez. Ropas abrigadas, utensilios de cocina, cosas del botiquín de primeros auxilios, y toda la comida enlatada que pudimos llevar. Parecía comida suficiente para dos años. Nos acabamos la mitad sólo en el viaje de ida. Pero eso no me preocupaba. Era como una gran aventura, el viaje al norte.
Todas esas historias que se escuchan sobre los caminos bloqueados y la violencia, a nosotros no nos tocó. Nosotros fuimos de los primeros. Los únicos que iban delante de nosotros eran los canadienses, y casi todos iban ya muy lejos. Sin embargo, había mucho tráfico en las carreteras, más autos que los que yo había visto nunca, pero se movían rápido, y sólo había aglomeraciones en lugares como los pueblos pequeños y los parques. 

¿Los parques? 

Parques, zonas de campamento, cualquier lugar en donde la gente pudiese pensar que ya habían ido lo suficientemente lejos. Papá se burlaba de esas personas, llamándolas descuidadas e irracionales. Decía que todavía estaba muy cerca de las áreas pobladas, y que la única manera de sobrevivir era irse lo más al norte que se pudiera. Mamá le decía que no era culpa de ellos, ya que a la mayoría simplemente se le había acabado la gasolina. “¿Y quién tuvo la culpa?” preguntaba papá. Nosotros llevábamos un montón de tanques de gasolina repletos en el techo de la furgoneta. Papá había estado recogiéndola desde los primeros días del pánico. Nos cruzábamos con montones de autos atascados junto a las estaciones de combustible, y casi todas tenían unos enormes letreros afuera que decían NO HAY MÁS GASOLINA. Papá aceleraba mucho cuando pasábamos a su lado. Aceleraba mucho con un montón de cosas diferentes, los autos varados que necesitaban batería, o los caminantes que pedían aventón. Había muchos de esos, y a veces caminaban en largas filas a un lado de la carretera, con el aspecto que uno se imagina en los refugiados de guerra. De vez en cuando un auto se detenía para llevar a uno o dos de ellos, y de repente todos se lanzaban sobre él. “¿Ya ven en lo que se metieron esos?” decía papá. Pero sí recogimos a una mujer, iba caminando sola, y tiraba de una de esas maletas con ruedas. Se veía inofensiva, abandonada bajo la lluvia. Quizá por eso fue que mamá hizo que papá la recogiera. Se llamaba Patty, y era de Winnipeg. No nos dijo por qué estaba sola allá afuera, y no se lo preguntamos. Estaba muy agradecida, y trató de pagarle a mis padres con todo el dinero que tenía. Mamá no lo recibió, y le prometió que la llevaríamos hasta donde llegásemos nosotros. Comenzó a llorar, agradeciéndonos. Me sentí orgullosa de mis padres por haber hecho lo correcto, pero entonces estornudó, y se limpió la nariz con un pañuelo. Había tenido la mano izquierda metida en el bolsillo desde que la recogimos. Vimos que la tenía envuelta con una venda y que tenía una mancha oscura que parecía sangre. Se dio cuenta de que la vimos y se puso nerviosa. Nos dijo que no nos preocupáramos, que se había cortado por accidente. Papá miró a mamá, y los dos se quedaron en silencio. No me miraron, ni me dijeron nada más. Esa noche me desperté al escuchar la puerta cerrándose. No pensé en nada raro. Siempre estábamos haciendo paradas para ir al baño. Ellos me despertaban por si acaso tenía que ir, pero esa vez no me dí cuenta sino hasta que la furgoneta había arrancado otra vez. Busqué a Patty, pero no estaba. Les pregunté a mis padres qué había pasado, y me dijeron que ella había querido bajarse. Miré hacia atrás y me pareció que podía verla, una pequeña mancha que se hacía cada vez más pequeña. Creo que estaba corriendo, pero estaba tan cansada y confundida que no lo supe con seguridad. Quizá no quería saberlo. Hubo muchas cosas que no quise ver durante el viaje al norte. 

¿Cómo qué cosas?

Como los otros “refugiados,” los que no corrían. No eran muchos, recuerde que nosotros salimos casi de primeros. No nos encontrábamos con más de media docena por vez, caminando en mitad de la carretera, levantando las manos cuando nos acercábamos. Papá viraba para evitarlos y mamá me decía que me ocultara. Nunca los ví muy de cerca.

Siempre tenía mi rostro contra el asiento y los ojos bien cerrados. No quería verlos. Me ponía a pensar en hamburguesas de alce y bayas silvestres. Era como ir a la Tierra Prometida. Sabía que cuando llegáramos al norte, todo iba a estar bien. Y por algún tiempo así fue. Nos instalamos en un campamento a orillas de un lago, no había mucha gente cerca, pero la suficiente para que nos sintiéramos “seguros,” ya sabe, por si acaso aparecía algún muerto. Todos eran muy amigables, con esa enorme sensación colectiva de alivio. Al principio parecía una fiesta. Hacíamos estos enormes asados todas las noches, y toda la gente colaboraba con lo que cazaban o pescaban, sobre todo con lo que pescaban. Algunos lanzaban dinamita al lago, y después de esta enorme explosión, un montón de peces salían flotando a la superficie. Nunca voy a olvidar esos sonidos, las explosiones, las sierras con las que cortaban los árboles, y la música de los estéreos de los autos y los instrumentos que la gente había llevado. Cantábamos alrededor de las fogatas todas las noches, unas hogueras enormes de troncos apilados unos sobre otros. Eso era cuando todavía teníamos árboles, antes de que llegara la segunda y la tercera oleada de refugiados, entonces la gente comenzó a quemar sólo hojas y ramas, y al final, cualquier cosa que pudiera encenderse. El olor a plástico y caucho quemado empeoró mucho, y se te metía en la boca y en el pelo. Para ese entonces los peces se habían acabado, y tampoco había nada para cazar. Pero nadie parecía preocupado. Todo el mundo contaba con que el invierno congelaría a los muertos. 

¿Pero cuando los muertos se congelaran, cómo iban todos a sobrevivir el invierno? 

Buena pregunta. Creo que nadie había pensado eso con anticipación. Quizá pensaban que las “autoridades” irían a rescatarnos, o que podrían empacar y regresar a casa. Estoy segura de que la mayoría de la gente no pensaba más de uno o dos días hacia adelante, y sólo agradecían el estar vivos y creían que las cosas se resolverían solas. “Regresaremos a casa cuando menos te lo esperes,” decían. “Todo habrá terminado para Navidad.” 

[Ella llama mi atención hacia un objeto enterrado bajo el hielo, una bolsa de dormir de Bob Esponja. Es pequeña, y tiene una gran mancha café.] 

¿Para que cree que sirve eso? ¿Quizá para un dormitorio bien caliente durante una pijamada? Está bien, a lo mejor no pudieron conseguir una bolsa de dormir de verdad —los artículos deportivos siempre eran los primeros agotados o saqueados— ¿Pero puede creer lo ignorantes que eran muchas de estas personas? Muchos de ellos venían de los estados más calientes, algunos incluso desde el sur de México. Uno veía a gente que se metía en la bolsa de dormir con las botas puestas, sin saber que eso les cortaba la circulación. Uno los veía bebiendo para calentarse, y no se daban cuenta que en realidad estaban aumentando la pérdida de calor corporal. Usaban unos abrigos grandes y pesados, y sólo se ponían una camiseta debajo. Luego hacían algún esfuerzo, sentían calor, y se quitaban el abrigo. Sus cuerpos sudaban por montones, y todo ese algodón mantenía la humedad en contacto con la piel. Cuando sopaba la brisa… mucha gente se enfermó ese primer septiembre. Influenza y otros resfriados. Y nos lo contagiaron a los demás.
Al principio todos eran amigos. Nos ayudábamos. Cambiábamos o comprábamos lo que se necesitaba a las demás familias. El dinero aún tenía algo de valor. Todos creían que los bancos volverían a abrir muy pronto. Cada vez que papá y mamá salían a buscar comida, me dejaban con alguno de los vecinos. Yo tenía un pequeño radio de campamento, de esos que tienen una manivela para recargar la batería, así que podíamos escuchar las noticias todas las noches. Todo lo que había eran historias de la retirada, sobre el ejército dejando a la gente abandonada. Las escuchábamos mirando nuestro mapa de carreteras de los Estados Unidos, señalando las ciudades y pueblos de donde salían los reportajes. Yo me sentaba en las piernas de papá. “Ya ves,” decía él, “no salieron de allí a tiempo. No fueron inteligentes como nosotros.” Trataba de fingir una sonrisa. Por algún tiempo, creí que él tenía la razón. Pero después del primer mes, cuando la comida empezó a agotarse y los días se hicieron más fríos y oscuros, la gente comenzó a cambiar. Ya no había más fogatas, ni más asados ni canciones. El campamento se volvió un desorden, y ya nadie recogía su basura. Un par de veces me paré en excrementos humanos. Ya ni siquiera se tomaban la molestia de enterrarlos. No me volvieron a dejar con los vecinos, mis padres no confiaban en nadie. Las cosas se pusieron peligrosas y uno veía muchas peleas. Ví a dos mujeres peleándose por un abrigo de piel, y terminaron rasgándolo por la mitad. Un tipo sorprendió a otro tratando de robarle algo de auto, y le rompió la cabeza con una llave de tuercas. Casi todo eso pasaba por la noche, con gritos y golpes. De vez en cuando se escuchaba un disparo, y luego alguien llorando. Una vez escuchamos a alguien moviéndose afuera de la tienda improvisada que habíamos extendido sobre la furgoneta. Mamá me dijo que me escondiera y mi tapara los oídos. Papá salió. Escuché los gritos a través de mis manos. El arma de papá se disparó. Alguien gritó. Papá volvió a entrar, estaba pálido. Nunca le pregunté qué había sucedido. Las únicas veces en que la gente se reunía, era cuando aparecía uno de los muertos. Eran los que habían seguido a la tercera ola de refugiados, e iban solos o en pequeños grupos. Aparecían cada dos o tres días. Alguien sonaba la alarma y todo el mundo se reunía para acabar con ellos. Y luego, tan pronto como terminaban, volvíamos a pelear entre nosotros. Cuando hizo tanto frío que el lago se congeló y los muertos dejaron de aparecer, muchas personas creyeron que era lo suficientemente seguro como para caminar de vuelta a casa. 

¿Caminar? ¿Por qué no conducían? 

Ya no había gasolina. La habíamos usado toda para cocinar, o para mantener encendidos los calentadores de los autos. Todos los días partían estos grupos de esqueletos harapientos y casi muertos de hambre, cargados con toda esa basura inútil que habían llevado, y con una mirada desesperada. “¿A dónde creen que van?” decía papá. “¿Acaso no ven que en el sur todavía no hace tanto frío? ¿No ven que ellos todavía los están esperando allá abajo?” Él estaba convencido de que si esperábamos el tiempo suficiente, las cosas mejorarían tarde o temprano. Eso fue en octubre, cuando todavía nos veíamos como seres humanos.

[Llegamos hasta una pila de huesos, demasiados como para contarlos. Están metidos en un pequeño agujero, casi cubiertos por el hielo.] 

Yo era un poco gorda cuando era niña. Nunca hacía deporte, vivía comiendo chatarra y paquetes de frituras. No había adelgazado mucho cuando llegamos en agosto. Pero en noviembre, ya parecía un esqueleto. Mamá y papá no se veían mejor. La panza de papá había desaparecido, a mamá se le veían los huesos de las mejillas. Peleaban mucho, por cualquier cosa. Eso me asustaba más que nada. En casa nunca antes se habían gritado. Los dos eran profesores, unos “progresistas.” Quizá teníamos una cena callada y tensa de vez en cuando, pero nunca así. Se atacaban entre ellos cada vez que podían. Una vez, el día de acción de gracias… no fui capaz de salir de mi bolsa de dormir. Tenía el abdomen hinchado, y llagas en mi boca y mi nariz. Había un olor que salía de la camioneta de los vecinos. Estaban cocinando algo, carne, olía delicioso. Mamá y papá estaba discutiendo afuera. Mamá decía que “esa” era la única salida. Yo no sabía qué quería decir con “esa.” Ella dijo que “eso” no era “tan malo” porque habían sido los vecinos, no nosotros, los que lo habían “hecho.” Papá dijo que no íbamos a rebajarnos a ese nivel, y que mamá debería sentirse avergonzada. Mamá se enojó mucho con papá, y le gritó que estábamos allí por su culpa, y que yo me estaba muriendo. Mamá le dijo que un hombre de verdad sí sabría qué hacer. Le dijo que era un cobarde y que seguramente quería que nos muriésemos para poder vivir como el “marica” que era. Papá le dijo que cerrara la puta boca. Papá nunca decía groserías. Escuché algo, un golpe allá afuera. Mamá entró, sosteniendo una bola de nieve contra su ojo derecho. Papá entró después. No dijo nada. Tenía una expresión en el rostro que nunca antes había visto, como si fuera una persona diferente. Cogió mi radio de campamento, que muchas personas habían querido comprarnos… o robarnos, y se dirigió hacia la camioneta de al lado. Regresó diez minutos después, sin la radio, pero con una enorme cubeta de sopa caliente y deliciosa. ¡Estaba tan buena! Mamá me dijo que no me la comiera muy rápido. Me la dio en pequeñas cucharaditas. Parecía tranquila. Aunque lloraba un poco. Papá todavía tenía esa mirada. La misma que yo tuve después, unos meses más tarde, cuando mamá y papá se enfermaron y yo tuve que conseguir la comida. 

[Me arrodillo para examinar la pila de huesos. Todos fueron rotos, y les extrajeron la médula.] 

El invierno nos golpeó en serio en diciembre. La nieve llegaba por encima de nuestras cabezas, literalmente, montañas de nieve, gruesa y gris por toda la contaminación. El campamento quedó en silencio. No más peleas, no más disparos. Pero al llegar Navidad hubo mucha más comida. 

[Ella levanta lo que parece ser un pequeño fémur. Es obvio que fue raspado con un cuchillo.]

Dicen que once millones de personas murieron ese invierno, y eso fue solamente en Norteamérica. No tienen en cuenta otros lugares: Groenlandia, Islandia, Escandinavia. No quiero ni pensar lo que pudo haber pasado en Siberia, con todos esos refugiados del sur de China, la gente de Japón que nunca habían salido de sus ciudades, y toda esa pobre gente de la India. Ese fue el primer invierno gris, cuando toda la basura que había en el aire comenzó a cambiar el clima. Dicen que parte de toda esa basura, no se cuánta, eran cenizas de restos humanos. 

[Jesika clava una bandera al lado del agujero.] 

Se tardó mucho, pero al final volvió a salir el sol, comenzó a hacer calor otra vez, y la nieve empezó a derretirse. Para mediados de julio, al fin llegó la primavera, y los muertos vivientes regresaron. 

[Uno de los miembros del equipo nos llama. Hay un zombie medio enterrado, congelado de la cintura para abajo entre el hielo. La cabeza, los brazos, y el torso están muy vivos, sacudiéndose y gimiendo, y tratando de agarrarnos.] 

¿Por qué siguen vivos después de congelarse? ¿Todas las células del cuerpo contienen agua, no? Y cuando el agua se congela, se expande y rompe las membranas de las células. Es por eso que no podemos congelar a la gente en animación suspendida, ¿pero por qué sí funciona con los muertos vivientes? 

[El zombie intenta lanzarse con fuerza hacia nosotros; la parte inferior de su torso comienza a desprenderse. Jesika levanta su arma, una enorme barra de hierro, y sin ninguna expresión en el rostro, revienta el cráneo de la criatura.]

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada