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miércoles, 2 de enero de 2013

36.- WORLD WAR Z - PROVINCIA DE BOHEMIA, UNIÓN EUROPEA


[Se llama Kost, “el Hueso,” y lo que le falta en belleza lo compensa con su imponencia. Este “Hrad” gótico del siglo catorce parece formar parte de la ladera de roca sólida que le sirve de base, y arroja una intimidante sombra sobre el Valle de Plakanek, una imagen que David Allen Forbes trata de capturar a base de lápiz y papel. Está preparando su segundo libro, Castillos de la Guerra Zombie: El Continente. Este hombre nativo de Inglaterra trabaja sentado bajo un árbol, y su ropa remendada a cuadros, junto con su espada escocesa, sólo sirven para reforzar el impacto de una escena que parece salida de un relato artúrico. Tras mi llegada, cambia repentinamente de papel, pasa de un tranquilo artista, a ser un nervioso narrador.]

Cuando digo que el Nuevo Mundo no tiene una historia de fortificaciones permanentes como la nuestra, me refiero únicamente a Norteamérica. Están las fortalezas costeras de los españoles, por supuesto, a lo largo de toda la costa Caribe, y las que los franceses y nosotros construimos en las Antillas. También están las ruinas incas en los Andes, aunque esas nunca fueron sitiadas directamente. También tenga en cuenta que, cuando hablo de Norteamérica, no estoy incluyendo las ruinas mayas y aztecas de México — Mire lo que pasó en la Batalla de Cuculcán, aunque esa es tolteca, ¿verdad? Esa gente que contuvo a todos esos Zs en los escalones de su Gran Pirámide. Por eso cuando le hablo del “Nuevo Mundo,” me estoy refiriendo específicamente a los Estados Unidos y Canadá. 

Esto no es un insulto, como usted comprenderá, y por favor no lo tome de esa manera. Los suyos son países jóvenes, y no tienen la misma historia de anarquía institucional que sufrimos los europeos tras la caída de Roma. Ustedes siempre han contado con gobiernos nacionales firmes, con la fuerza necesaria para asegurar el cumplimiento de la ley y el orden.

Ya sé que no fue así durante su expansión hacia el oeste o su Guerra Civil, y por favor, no estoy menospreciando sus fuertes de antes de la Guerra de Secesión, ni las experiencias de aquellos que los defendieron. Me gustaría ir alguna vez a visitar Fort Jefferson. Me han contado que la gente que se refugió allí pudo defenderse muy bien. Lo que quiero decir es que en Europa, vivimos una historia de casi mil años de caos total, y algunas veces, la mera idea de la seguridad desaparecía tras las murallas del castillo de tu señor. ¿Eso tiene sentido? Estoy divagando mucho; ¿podemos comenzar de nuevo? 

No, no, está bien. Continúe, por favor. 

Claro, usted puede editar luego las partes que sobran. 

Claro. 

Está bien. Los castillos. Bueno… No quiero exagerar la importancia que tuvieron para el esfuerzo general de la guerra. De hecho, si se comparan con cualquier otro tipo de fortificación, moderna, modificada, o de cualquier clase, su contribución parece casi insignificante, a menos que usted sea como yo, y esa pequeña contribución le haya salvado la vida. 

Eso no quiere decir que cualquier fortaleza fuera un seguro de vida inmediato. Para comenzar, hay que entender la diferencia entre un castillo y un palacio. Un montón de supuestos “castillos” no eran nada más que casas de recreo construidas para verse impresionantes, o habían sido convertidas en eso después de que su valor defensivo se había vuelto obsoleto. A lo que alguna vez habían sido bastiones impenetrables, les habían abierto tantas ventanas en el primer piso, que habría tomado una eternidad volver a sellarlas. Incluso un edificio de apartamentos moderno habría sido más seguro, después de demoler las escaleras de la planta baja. Todos esos lugares que habían sido construidos sólo como símbolo de estatus y fortuna, como el Chateau Ussé o el Castillo de Praga, esos eran poco más que simples trampas mortales. 

Sólo mire lo que pasó en Versalles. Esa fue una metida de patas de primera clase. No me sorprende que el gobierno francés haya decidido construir un monumento sobre sus cenizas. ¿Alguna vez leyó ese poema de Renard, sobre las rosas salvajes que ahora crecen en el jardín fúnebre, sus pétalos manchados de rojo con la sangre de los condenados? 

Tampoco digo que un muro alto fuese lo único necesario para poder sobrevivir. Como cualquier lugar sitiado, los castillos ofrecían tantos peligros en el interior como en el exterior. Fíjese en el Muiderslot de Holanda. Un solo caso de neumonía, eso fue lo único que hizo falta. Súmele un otoño frío y húmedo, mala nutrición, y la falta de medicamentos de verdad… Imagínese cómo fue eso, atrapados tras esas enormes paredes, con todo el mundo a su alrededor gravemente enfermo, sabiendo que se acercaba la hora, que la única esperanza estaba en salir de allí. Los diarios de algunos moribundos cuentan que muchos se volvieron locos de la desesperación, y se arrojaron desde los muros al foso lleno de Zs.

Y también estaba el fuego, como en Braubach y Pierrefonds; cientos de personas atrapadas sin salida, sentadas allí, esperando a ser consumidas por las llamas o asfixiadas por el humo. También hubo explosiones accidentales, civiles que de pronto se encontraron con bombas entre sus manos, sin tener idea de cómo manejarlas o guardarlas apropiadamente. En el Miskolc Diosgyor de Hungría, según entiendo, encontraron un depósito de explosivos a base de sodio para uso militar en uno de los sótanos. No me pregunté qué eran exactamente, o por qué estaban allí, pero nadie pareció caer en cuenta de que el agua, no el fuego, era el agente desencadenante. Dicen que alguien estaba fumando en el depósito e inició accidentalmente un pequeño incendio. Los muy estúpidos pensaron que evitarían una explosión bañando los cajones en agua. La explosión abrió un hueco a través la pared lateral, y los muertos entraron como agua a través de un dique roto. 

Al menos eso fue un error basado en la ignorancia. Lo que sí es imperdonable fue lo que pasó en el Chateau de Fougeres. Se les estaban acabando las provisiones, y se les ocurrió que podían excavar un túnel bajo la horda de muertos. ¿En dónde creyeron que estaban, en El Gran Escape? ¿Tenían algún ingeniero profesional entre ellos? ¿Tenían el más mínimo conocimiento de trigonometría? El maldito túnel salió a la superficie casi medio kilómetro antes de lo planeado, justo en medio de un tumulto de esas cosas. Los idiotas esos ni siquiera pensaron en equipar el túnel con cargas de demolición.

Sí, hubo errores por todos lados, pero también hubo algunos triunfos dignos de mención. Algunos tuvieron que enfrentar asedios muy cortos, contando con la buena suerte de estar del lado correcto de la línea. Algunos castillos de España, Baviera, y en Escocia al norte de la Antonina sólo tuvieron que defenderse por algunas semanas, o incluso días. Para algunas personas, como en Kisimul, sólo fue cuestión de sobrevivir a una noche particularmente difícil. Pero también tenemos los verdaderos relatos de victoria, como el Chenonceau de Francia, un pequeño y extraño castillo tipo Disney, construido sobre el puente del río Cher. Cortando los dos accesos a tierra, y con un poco de buena planificación estratégica, lograron mantener su posición durante años. 

¿Tenían provisiones suficientes para varios años? 

Oh, no, claro que no. Simplemente esperaron la primera nevada, y entonces barrieron las tierras circundantes para reabastecerse. Me imagino que ese era el procedimiento estándar en cualquier construcción sitiada, ya fuese o no un castillo. Seguramente en sus “Zonas Azules,” al menos en las que quedaban al norte, hacían exactamente lo mismo. En ese sentido, es una suerte que casi toda Europa se congele durante el invierno. Muchos de los defensores con los que he hablado están de acuerdo con que la inevitable llegada del invierno, tan frío y brutal como era, era un verdadero alivio. En tanto no se congelaran hasta morir, muchos sobrevivientes aprovechaban la oportunidad que les daban los Zs congelados, para registrar los terrenos adyacentes y tomar todo lo que necesitaban para pasar los meses más cálidos.

No me sorprende que muchos defensores prefirieran quedarse en sus fortalezas en lugar de huir, como en el Bouillon de Bélgica, o el Spis de Eslovaquia, o incluso en casa, como el Beaumaris de Gales. Antes de la guerra, todo el lugar era sólo una pieza de museo, un caparazón vacío de habitaciones sin techo y gruesas paredes concéntricas. Al concejo municipal deberían darle un reconocimiento por lo que hicieron, consiguiendo todos esos recursos, organizando a los ciudadanos, y restaurándole a esa ruina toda su gloria pasada.
Tuvieron sólo unos meses antes de que la epidemia llegara a esa parte de Gran Bretaña. Claro que el caso de Conwy es mucho más dramático, con un castillo y una muralla medieval que rodeaba todo el pueblo. Los habitantes no sólo vivieron con relativa comodidad durante los peores años, sino que su cercanía al mar permitió que Conwy se convirtiera en la base de nuestras fuerzas cuando comenzó la reconquista del país. ¿Alguna vez ha leído Mi Propio Camelot? 

[Niego con la cabeza.] 

Debería buscarse una copia. Es una novela sorprendentemente buena, basada en las experiencias del autor como uno de los defensores de Caerphilly. Al principio de la crisis, él se quedó atrapado en su apartamento de Ludlow, en Gales. Cuando se le acabaron las provisiones y cayó la primera nevada, decidió salir de allí en busca de un refugio más permanente. Llegó hasta unas ruinas abandonadas, que ya habían sido el lugar de una mediocre, y en última instancia, fracasada defensa. Él enterró los cuerpos, se despachó a los Zs congelados, y se dedicó a restaurar el castillo por su propia cuenta. Trabajó sin descanso, en medio del invierno más brutal que se ha registrado. Para Mayo, Caerphilly estaba preparado para resistir un asedio durante todo el verano, y para el siguiente invierno se había convertido en un refugio para cientos de sobrevivientes. 

[Él me muestra uno de sus bocetos.] 

Una obra maestra, ¿verdad? Es el segundo más grande en todas las Islas Británicas. 

¿Cuál es el primero? 
[Duda por un segundo.] 

Windsor. 

Windsor era su castillo. 

Bueno, no era mío precisamente. 

Quiero decir, usted estuvo allí. 
[Hace otra pausa.] 

Era, desde el punto de vista defensivo, lo más cercano a la perfección que se puede imaginar. Antes de la guerra, era el castillo habitado más grande de Europa, casi de trece acres de extensión. Tenía su propio pozo de suministro de agua, y suficiente espacio para almacenar provisiones para una década. El incendio de 1992 había resultado en la instalación de un equipo de aspersores con lo mejor en tecnología, y la amenaza terrorista había llevado a la instalación de unos dispositivos de seguridad sin rival dentro del Reino Unido. El pueblo no sabía lo que sus impuestos estaban pagando: ventanas a prueba de balas, paredes reforzadas, barrotes retráctiles, y persianas de acero ocultas en los marcos ornamentales de puertas y ventanas.

Pero de todos nuestros logros en Windsor, nada podía compararse con la extracción de petróleo crudo y gas natural, de un yacimiento ubicado a varios kilómetros bajo los cimientos del castillo. Había sido descubierto a mediados de los 90s, pero nunca había sido explotado, debido a una variedad de cuestiones políticas y ambientales. Pero nosotros sí lo explotamos, claro. Nuestro grupo de Ingenieros Reales construyó una pasarela que se extendía desde nuestros muros hasta el lugar de la excavación. Era todo un logro, y se puede ver por qué se convirtió en la precursora de nuestras autopistas elevadas. En un nivel más personal, me sentí muy agradecido por tener habitaciones cálidas, comida recién preparada, y para las emergencias… Molotovs y un pozo de llamas. Ninguno de los dos era un método eficiente para detener a un Z, ya sé, pero si se logra dejarlos atascados en un solo punto y se los mantiene dentro del fuego… además, ¿qué más podíamos hacer después de que se nos acabaron las balas, y sólo nos quedamos con un montón de armas de mano medievales? 

Había muchas de esas por ahí, en museos, colecciones personales… pero ninguna de ellas era de esas imitaciones ornamentales. Eran de verdad, habían sido probadas y usadas. Se volvieron otra vez parte de la vida cotidiana de los británicos, ciudadanos comunes caminando por ahí con una maza, una alabarda, o un hacha de doble hoja. Yo me volví particularmente adepto al montante, aunque nadie se lo imaginaría sólo al verme. 

[Hace un gesto, señalando con algo de vergüenza hacia su espada, que es casi tan grande como él.] 

No es lo más ideal, requiere de mucha habilidad, pero eventualmente se aprende lo que uno es capaz de hacer, cosas que uno nunca se imaginó que haría, y lo que la gente a tu alrededor puede hacer también. 

[David hace una pausa. Es obvio que no se siente cómodo. Yo le extiendo mi mano.] 

Muchas gracias por su tiempo… 

Hay… más. 

Si no se siente cómodo hablando de… 
No, por favor, está bien. 

[Respira profundo.] 

Ella… ella no quiso huir, ya sabe. Ella insistió, a pesar de las objeciones del Parlamento, y se quedó en Windsor, en sus propias palabras, “hasta el final.” Pensé que se trataba de un acto de nobleza mal enfocada, o que estaba paralizada por el miedo. Traté de razonar con ella, se lo pedí casi de rodillas. ¿Acaso ya no había hecho más que suficiente con el Decreto Balmoral, convirtiendo todas sus propiedades en zonas protegidas para cualquier persona que fuese capaz de defenderlas? ¿Por qué no se reunía con el resto de su familia en Irlanda, o en la Isla de Man, o, si insistía en quedarse en Gran Bretaña, por qué no se refugiaba en el cuartel general del norte, más allá de la Antonina?

¿Y ella qué respondió? 

“No hay honor más alto que el servicio hacia los demás.”

[Se aclara la garganta, y su labio tiembla por un segundo.] 

Su padre había dicho esas mismas palabras; era la razón por la que no había huido hacia Canadá durante la Segunda Guerra Mundial, la razón por la que su madre había pasado todo el blitz visitando a los civiles que se refugiaban en los túneles y las estaciones bajo las calles de Londres, la misma razón por la que, hasta este día, seguimos siendo un reino unido. Su misión, su tarea, era personificar los ideales más grandes de nuestro espíritu nacional. Ellos deben ser siempre un ejemplo para el pueblo, mostrándonos la parte más fuerte, la más valiente, y la mejor de todos nosotros. En cierta forma, son ellos los que deben servirnos, en lugar de lo contrario, y deben sacrificarlo todo, todo, para soportar el peso de esa carga sobrehumana. ¿Si no, para qué? Podríamos deshacernos de la maldita tradición, desempolvar la maldita guillotina, y acabar de una vez con todo el asunto. La gente pensaba de ellos lo mismo que de los viejos castillos, supongo: los veían como reliquias obsoletas y derruidas, sin otra función más que la de ser una atracción turística. Pero cuando los cielos se oscurecieron y la nación los necesitó, todos recuperaron el verdadero sentido de su existencia. Los castillos protegieron nuestros cuerpos, y ellos, nuestras almas.

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