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jueves, 3 de enero de 2013

06.-WORLD WAR Z - PUERTO DE BRIDGETOWN, BARBADOS, FEDERACIÓN DE LAS INDIAS ORIENTALES


[Me dijeron que debía esperar un “barco alto,” aunque las “velas” del I.S. Imfingo son en realidad cuatro turbinas verticales de viento que se levantan desde su esbelto casco de trimarán. Al ver que están conectadas a una batería de PEMs, células de energía basadas en una membrana de intercambio de protones que le permiten convertir el agua de mar en electricidad, es fácil entender por qué la “I” del prefijo “I.S.” se refiere a su energía “ilimitada.” Reconocida como el futuro indiscutible del transporte marítimo, todavía es raro ver un barco con esa tecnología que no lleve la bandera de algún gobierno. El Imfingo es de propiedad privada. Jacob Nyathi es su capitán.] 

Yo nací al mismo tiempo que la nueva Sudáfrica, después del apartheid. En esos días de euforia, el nuevo gobierno no sólo nos prometió una democracia de “un voto por cada hombre,” sino empleo y vivienda para todo el país. Mi padre creyó que hablaban de algo inmediato. No entendía que esos eran objetivos a largo plazo, que se cumplirían sólo después de años—generaciones—de trabajo duro. Él pensó que si abandonábamos la tierra de nuestra tribu y nos mudábamos a la ciudad, habría una casa nueva y un trabajo bien pagado esperándonos al llegar. Mi padre era un hombre sencillo, un jornalero. No puedo culparlo por su falta de educación formal, por su sueño de una vida mejor para su familia. Así que nos establecimos en Kayelitsha, uno de los cuatro poblados principales alrededor de Ciudad el Cabo. Tuvimos una vida de pobreza, humillación y miserias. Esa fue mi niñez. 

La noche en que sucedió, iba caminando a casa desde la estación del autobús. Eran casi las cinco de la mañana y acababa de salir de mi turno como mesero en el T.G.I. Friday‟s del barrio Victoria. Había sido una buena noche. Las propinas fueron grandes, y las noticias del campeonato de las Tres Naciones eran motivo suficiente para que cualquier sudafricano se sintiese como de tres metros de altura. Los Springboks habían barrido a los All Blacks… ¡otra vez! 

[Él sonríe al recordarlo.] 

Quizá esos pensamientos me distrajeron al principio, o quizá estaba un poco cansado, pero recuerdo que mi cuerpo reaccionó instintivamente incluso antes de escuchar los primeros disparos. Las balaceras no eran raras, no en mi barrio, y mucho menos en esos días. “Una pistola por cada hombre,” ese era el eslogan de mi vida en Kayelitsha. Como un veterano de guerra, uno desarrolla habilidades de supervivencia que parecen casi instintivas. Las mías eran afiladas como una navaja. Me agaché, traté de ver de dónde venía el sonido, y al mismo tiempo busqué la superficie más dura para resguardarme. Casi todas las casas eran chozas improvisadas con pedazos de madera y latas dobladas, o simples láminas de plástico amarradas a unos postes que apenas si se sostenían. El fuego arrasaba con esos tugurios al menos una vez cada año, y las balas pasaban a través de ellos como si no hubiese más que aire.

Salí corriendo y me oculté tras una barbería que habían construido usando un contenedor de mercancía del tamaño de un auto grande. No era lo mejor, pero serviría por algunos segundos, lo suficiente para tranquilizarme y esperar a que terminara el tiroteo. Sólo que no acabó. Pistolas, escopetas, y ese golpeteo que nunca olvidaré, el ruido que te indica que alguien por ahí tiene un Kalashnikov. Estaba durando demasiado como para ser una simple barrida de una pandilla. Luego siguieron las voces, gritos. Comencé a oler humo. Escuché el sonido de una multitud. Me asomé por una esquina. Docenas de personas, casi todos en pijama, y todos gritando: “¡Corran! ¡Salgan de aquí! ¡Ahí vienen!” A mi alrededor comenzaron a encenderse las luces, y a asomarse rostros en todas las chozas. “¿Qué está pasando?” preguntaban. “¿Quién viene?” Esos eran los más jóvenes. Los viejos simplemente comenzaron a correr. Tenían un instinto de supervivencia diferente, un instinto que nació cuando ellos eran esclavos dentro de su propio país. En esos días, todo el mundo sabía a quiénes se referían cuando alguien decía “ahí vienen,” y si “ellos” venían, lo único que se podía hacer era correr y rezar. 

¿Usted salió corriendo? 

No pude. Mi familia, mi madre y mis dos hermanas, vivían sólo a unas puertas de la estación de Radio Zibonele, justo de donde venía toda esa gente. No estaba pensando con claridad. Fui un estúpido. Debí darme la vuelta, y encontrar un callejón o una calle desierta. 

Traté de pasar a través de la multitud, empujando en la dirección opuesta. Pensé que podría pasar si me quedaba pegado a las paredes de los tugurios. Me empujaron dentro de uno, contra una de sus paredes de plástico, la cual me envolvió mientras toda la estructura colapsaba sobre mí. Estaba atrapado, no podía respirar. Alguien me pasó por encima y me golpeó la cabeza contra el suelo. Logré liberarme, rodando y revolcándome hasta salir a la calle. Todavía estaba tendido cuando los vi: diez o quince, unas siluetas frente a los fuegos de las casas incendiadas. No pude ver sus caras, pero sí escuchaba sus gemidos. Se acercaban a mí cojeando, con sus brazos levantados. 

Me puse en pié, mi cabeza dando vueltas, con dolor por todo mi cuerpo. Comencé a retroceder instintivamente, hasta la “puerta” de la choza más cercana. Algo me agarró por detrás, tirando del cuello de mi camisa, rasgando la tela. Me di la vuelta, me agaché, y pateé tan fuerte como pude. Era grande, más grande y pesado que yo, por muchos kilos. Un fluido negro se deslizaba por el frente de su camisa blanca. Tenía un cuchillo clavado en el pecho, justo entre dos costillas y hundido hasta el mango. La tela de mi camisa, que estaba atorada entre sus dientes, cayó al piso cuando volvió a abrir la boca. Gimió y me atacó. Yo traté de esquivarlo. Me agarró por la muñeca. Sentí como crujía, y el dolor recorrió todo mi cuerpo. Caí de rodillas, traté de rodar y quizá derribarlo. Mi otra mano tropezó con una cacerola de metal muy pesada. La agarré y lo golpeé con fuerza. Directo en la cara. Lo golpeé una y otra vez, hundiéndole la cabeza hasta que el hueso se partió y sus sesos se regaron en el suelo. Cayó a un lado. Logré liberarme justo en el momento en que otro de ellos aparecía en la entrada. Esta vez, la débil naturaleza de la construcción fue mi ventaja. Le di una patada a la pared para abrirme paso, saliendo de allí mientras toda la choza se venía abajo.

Corrí, sin saber hacia dónde iba. Estaba en una pesadilla de chozas, fuego y manos que pasaban a mi lado tratando de agarrarme. Pasé por entre una choza en la que una mujer estaba escondida. Sus dos hijos de aferraban a ella, llorando. “¡Venga conmigo!” le dije. “¡Por favor, venga, tenemos que salir de aquí!” Extendí mis manos, acercándome a ella. Se puso delante de los niños, amenazándome con un afilado destornillador. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de terror. Podía escuchar sus sonidos detrás de mí… tropezando contra la paredes de la chozas, derribándolas a medida que se acercaban. Dejé de hablar en xhosa e intenté con el inglés. “Por favor,” Le rogué, “¡tiene que correr!” Traté de agarrarla, pero me apuñaló la mano. La deje allí. No sabía qué más podía hacer. Todavía la recuerdo, algunas veces cuando duermo o cierro los ojos. Algunas veces veo a mi madre en su lugar, y en vez de los niños que lloran, veo a mis hermanas. 

Vi una luz frente a mí, brillando a través de las grietas y los agujeros de las chozas. Corrí tan rápido como pude. Tratando de llamar a alguien. Me faltaba el aliento. Pasé a través de la pared de una choza y de pronto me encontré en una espacio abierto. Las luces me cegaban. Sentí algo que chocaba contra mi hombro. Creo que me desmayé antes de llegar al suelo. 

Desperté en una cama del Hospital Groote Schuur. Nunca había estado en un pabellón de recuperación como ese. Estaba todo tan blanco y limpio. Creí que estaba muerto. Estoy seguro que los medicamentos ayudaron con esa sensación. Nunca antes había probado ningún tipo de droga, y ni siquiera había bebido alcohol. No quería terminar como tantas personas de mi barrio, como mi padre. Toda mi vida había tratado de mantenerme limpio, pero… 

La morfina, o lo que sea que me inyectaron, se sentía deliciosa. No me importaba nada más. No me importó cuando me dijeron que la policía me había disparado por error. Vi como sacaban a toda prisa al hombre de la cama de al lado, tan pronto como dejó de respirar. No me interesó lo que dijeron sobre un brote de “rabia.” 

¿Quién estaba hablando de eso? 

No lo sé. Como ya le dije, estaba volando más alto que las estrellas. Sólo recuerdo que había voces en el pasillo afuera de la sala, voces que gritaban y discutían. “¡Eso no es rabia!” gritó uno de ellos. “¡La rabia no le hace eso a la gente!” Luego… alguien más… sí “bueno, ¿entonces qué diablos sugieres? ¡Tenemos quince más en el piso de abajo! ¡Quién sabe cuántos más quedan

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