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jueves, 3 de enero de 2013

05.- WORLD WAR Z - SELVA LLUVIOSA DEL AMAZONAS, BRASIL


[Me llevan con una venda en los ojos para no revelar la localización de mis “anfitriones.” Los extranjeros les llaman los Yanomami, “La Gente Salvaje,” y no se sabe si fue su naturaleza guerrera, o el hecho de que su aldea está suspendida entre los árboles más altos, lo que los ayudó a superar la crisis tan bien, o mejor aún, que los países industrializados. No está muy claro si Fernando Oliveira, el exiliado, el drogadicto hombre blanco de “la frontera con el mundo,” es un invitado entre ellos, una mascota, o un prisionero.]

Yo todavía era un médico, eso era lo que quería creer. Sí, era rico, y conseguía más dinero todo el tiempo, pero al menos mi fortuna la había conseguido realizando procedimientos médicos necesarios. No vivía cortando y afilando narices de adolescentes, o cosiéndole “pintos” sudaneses a las vedettes transexuales. Yo era un médico de verdad y ayudaba a la gente, y si eso era tan “inmoral” ante los ojos hipócritas y egoístas de los países del norte, ¿por qué sus ciudadanos seguían viniendo a buscarme todo el tiempo? 

El paquete llegó al aeropuerto una hora antes que el paciente, empacado en hielo dentro de una nevera portátil de campamento. Los corazones eran extremadamente escasos. No como los hígados o la piel, y mucho menos como los riñones que, después de que aprobaron la ley de “consentimiento implícito”, podían conseguirse en cualquier hospital o morgue del país. 

¿Lo habían revisado? 

¿Para detectar qué? Al hacer las pruebas de laboratorio, hay qué saber específicamente qué es lo que se está buscando. No sabíamos nada sobre la Plaga que Camina en ese entonces. Sólo teníamos los virus normales —hepatitis o VIH/SIDA— y ni siquiera tuvimos tiempo de hacer las pruebas para esos. 

¿Por qué? 

Porque el vuelo venía retrasado. Los órganos no pueden tenerse en hielo para siempre. Ya estábamos apostando más de lo que debíamos con ese tipo. 

¿De dónde había salido?

De China, con seguridad. Mi proveedor despachaba desde Macao. Confiábamos en él. Sus antecedentes eran sólidos. Cuando nos aseguró que el paquete estaba “limpio,” creí en su palabra; tenía que hacerlo. Él sabía los riesgos que corríamos, y yo también, lo mismo que el paciente. Herr Muller, aparte de sus problemas cardiacos, sufría de una extremadamente rara dextrocardia con situs inversus. Sus órganos estaban en el lado opuesto a los de una persona normal; el hígado en el lado izquierdo, las arterias cardiacas en el derecho, y así todo lo demás. Puede ver la situación tan particular que enfrentábamos. No podíamos transplantarle un corazón normal y voltearlo para el otro lado, las cosas funcionan de esa
Traducción: m_earendil www.noerestu.com
manera. Necesitábamos un corazón fresco y saludable de un “donante” con el mismo problema. Aparte de China, ¿en dónde más íbamos a correr con tanta suerte? 

¿Sólo suerte? 
[Sonríe.] 

Y “facilidad política.” Le dije a mi proveedor lo que necesitaba, le di los detalles, y tan sólo tres semanas después recibí un e-mail titulado simplemente: “Tenemos uno.” 

Entonces usted realizó la operación. 

Como auxiliar, el doctor Silva fue el que realizó el procedimiento. Era un prestigioso cirujano cardiaco que atendía los casos del Hospital Israelita Albert Einstein de São Paulo. Hijo de puta arrogante, aún para ser cardiólogo. Me dolió en el alma tener que trabajar con… bajo las órdenes de ese imbécil. Me hablaba como si yo fuera un residente de primer año. ¿Pero qué más iba a hacer?… Herr Muller necesitaba un corazón nuevo y mi casa de playa necesitaba un jacuzzi. 

Herr Muller no alcanzó ni a recuperarse de la anestesia. Mientras descansaba en la sala de recuperación, sólo unos cuantos minutos después de cerrarlo, comenzaron a aparecer los síntomas. La temperatura, el pulso, los niveles de oxígeno… Estaba muy preocupado, y seguramente logré poner nervioso a mi “colega más experimentado.” Él me dijo que debía ser una reacción a los medicamentos inmunosupresores, o simplemente una de las complicaciones que podían esperarse en un hombre de sesenta y siete años, con sobrepeso, mala salud, y que acababa de pasar por uno de los procedimientos más traumáticos de la medicina moderna. Me sorprendió que no me diera un golpecito en la cabeza para terminar, hijo de puta condescendiente. Me dijo que me fuera a casa, me duchara, durmiera un poco, y que consiguiera a una o dos mujeres para relajarme. Él se quedaría a vigilarlo y me llamaría si ocurría algún cambio. 

[Oliveira encoge sus labios en un gesto de enojo, y mastica un puñado de las hojas misteriosas que tiene a su lado.] 

¿Y qué se supone que debía pensar yo? Quizá sí era por la droga, el OKT3. O quizá me estaba preocupando más de la cuenta. Era mi primer transplante de corazón. ¿Qué sabía yo? De todos modos… estaba tan preocupado que lo último que se me ocurrió fue dormir. Así que hice lo que cualquier médico haría si un paciente está sufriendo; me fui para la ciudad. Bailé, bebí, hice y me hicieron cosas que usted no se imaginaría. Al principio ni siquiera me dí cuenta de que lo que estaba vibrando en mis pantalones era mi teléfono. Debió pasar una hora hasta que finalmente contesté. Graciela, mi recepcionista, estaba en pánico. Me dijo que Herr Muller había entrado en coma hacía más de una hora. Ya estaba subiéndome al auto antes de que ella pudiese terminar esa frase. Estaba a media hora de la clínica, y nos maldije a Silva y a mí mismo durante todo el recorrido. ¡Por supuesto que tenía motivos para preocuparme! ¡Yo tenía la razón! Era una cuestión de orgullo; incluso si tener la razón me metía en problemas, disfruté el haber comprometido así la reputación de Silva.

Al llegar encontré a Graciela tratando de calmar a Rosa, una de mis enfermeras, que estaba histérica. La pobre chica estaba inconsolable. Le di una buena cachetada —eso la calmó un poco— y le pregunté qué estaba pasando. ¿Por qué su uniforme estaba manchado de sangre? ¿Dónde estaba en doctor Silva? ¿Por qué todos los pacientes estaban fuera de sus cuartos, y qué diablos era ese maldito ruido? Me dijo que Herr Muller había muerto de repente, sin aviso. Me explicó que habían estado tratando de resucitarlo, y que Herr Muller había abierto los ojos y había mordido al doctor Silva en la mano. Estuvieron forcejeando; Rosa trató de ayudarlo, pero estuvo a punto de ser mordida también. Abandonó a Silva, salió corriendo del cuarto, y cerró la puerta con llave. 

Estuve a punto de reírme. Era ridículo. Quizá “Superman” había cometido un error y lo había diagnosticado mal, si eso era posible. Quizá el viejo se había levantado, mareado, y había tratado de agarrase al doctor Silva para no caerse. Tenía que haber una explicación razonable… pero esa sangre en su uniforme y el sonido ahogado en el cuarto de Herr Muller… Regresé a mi auto por mi arma, más para calmar a Graciela y a Rosa que por mi propia seguridad. 

¿Usted portaba un arma? 

Vivía en Río. ¿Qué cree que llevaba conmigo, nada más mi “pinto”? Volví al cuarto de Herr Muller y toqué varias veces. No escuché nada. Los llamé a él y a Silva. No respondieron. Había sangre saliendo por debajo de la puerta. Entré y vi que estaba por todo el piso. Silva estaba tirado en una esquina, y Muller estaba arrodillado sobre él con su gorda, pálida y velluda espalda hacia mí. No recuerdo cómo llamé su atención, si acaso lo llamé, dije alguna grosería, o simplemente me quede allí parado. Muller se volteó, y unos pedazos de carne ensangrentada cayeron de su boca. Algunas de las grapas de acero de su sutura se habían abierto, y un fluido negro y gelatinoso salía de la incisión. Se puso se pié con torpeza, y cojeó lentamente hacia mí. 

Levanté la pistola y apunté hacia su nuevo corazón. Era una “Desert Eagle” Israelí, grande y lujosa; precisamente por eso la había comprado. Nunca antes había tenido que dispararla, gracias a Dios. No estaba listo para el retroceso. La bala salió torcida y literalmente le hizo estallar la cabeza. Fue pura suerte, eso es todo. Yo era un idiota con suerte allí parado, con un arma humeante en la mano y un hilo de orina bajándome por la pierna. Esta vez fue mi turno de recibir varias cachetadas de parte de Graciela, hasta que por fin recuperé el sentido y llamé a la policía. 

¿Lo arrestaron? 

¿Está loco? Ellos también eran socios míos, ¿cómo cree que conseguía los órganos en el mercado local? ¿Cómo cree que pude ocuparme de todo ese asunto? Son buenos en eso. Me ayudaron a explicarle a mis otros pacientes que un asesino demente había entrado a la clínica y había matado a Herr Muller y al doctor Silva. También se aseguraron de que ninguno de los empleados dijera nada parta contradecir esa historia. 

¿Y los cuerpos?

Registraron a Silva como la víctima sin identificar de un posible robo de auto. No sé dónde dejaron en cuerpo; seguro en alguna chabola en la Ciudad de Dios, y seguramente le pusieron drogas en los bolsillos para hacer la historia más creíble. Espero que lo hayan quemado, o enterrado… muy hondo. 

¿Usted cree que él…? 

No lo sé. Su cerebro estaba intacto cuando murió. Si no estaba en una bolsa para cadáveres bien sellada… o si la tierra estaba blanda. ¿Cuánto tiempo podría haberse tardado en salir? 

[Mastica otra hoja, y me ofrece un poco. Yo las rechazo.] 

¿Y el señor Muller? 

No dimos ninguna explicación, ni a su esposa, ni a la embajada de Austria. Sólo era otro turista desaparecido que no había tenido cuidado en una ciudad peligrosa. No sé si Frau Muller se creyó la historia, o si trató de investigar. Seguramente nunca se dio cuenta de la suerte que tuvo. 

¿Por qué dice que tuvo suerte? 

¿Lo dice en serio? ¿Qué habría pasado si no se hubiese reanimado en mi clínica? ¿Qué tal si hubiese alcanzado a regresar a casa? 

¿Habría sido posible? 

¡Claro que sí! Piénselo. Como la infección comenzó por culpa del corazón, el virus tuvo acceso directo a su sistema circulatorio, así que debió llegar al cerebro apenas segundos después de haberse implantado. Piense que habría pasado si hubiese sido otro órgano, el hígado o un riñón, o incluso una sección de piel. Se habría demorado mucho más, especialmente si el virus hubiese estado presente en concentraciones muy bajas. Pero el donante… Él tampoco debía haberse reanimado cuando le sacaron el corazón. ¿Qué tal si estaba recién infectado? El órgano podría no haber estado saturado por completo. Quizá sólo un rastro infinitesimal del virus. Si se pone un órgano así en otro cuerpo, podría tomarle días, semanas incluso, antes de poder llegar hasta el torrente sanguíneo. Para entonces el paciente podría haberse recuperado de la cirugía, y estar feliz y saludable viviendo su vida normal. 

Pero la persona que removió el órgano… 

…quizá no sabía lo que tenía entre manos. Yo no lo supe. Todavía estábamos en los primeros días, cuando nadie sabía nada al respecto. Incluso aunque lo supieran, algunos miembros del ejército chino… ¿quiere hablar de algo inmoral?… Muchos años antes del contagio, ellos ganaban millones con los órganos de los prisioneros políticos ejecutados. ¿Usted cree que algo como un simple virus les iba a impedir seguir chupando de esa teta de oro?

¿Pero cómo…? 

Si se retira el órgano justo después de que la víctima muere… incluso mientras todavía está viva… ellos solían hacer eso, usted sabe, remover órganos todavía vivos para garantizar que estuviesen frescos… luego se empaca en hielo y se envía en el primer avión hacia Río… China era el más grande exportador de órganos humanos del mercado mundial. Quién sabe cuántas córneas infectadas, cuántas glándulas pituitarias… Madre de Dios, cuántos riñones infectados despacharon en el mercado negro. ¡Y estamos hablando sólo de los órganos! ¿Quiere que hablemos de los óvulos “donados” por las prisioneras chinas, el esperma, y la sangre? ¿Cree que la inmigración fue la única manera en que la infección se diseminó por el planeta? No todos los primeros infectados en occidente fueron inmigrantes chinos. ¿Cómo explicar todas esas historias de gente que murió sin razón aparente, y luego revivió sin haber sido mordida? ¿Por qué tantas epidemias comenzaron en los hospitales? Los ilegales chinos no podían ir a los hospitales. ¿Sabe cuántos miles de personas se hicieron un transplante ilegal en esos años antes del Gran Pánico? Si tan sólo el diez por ciento de ellos quedaron infectados, o el uno por ciento… 

¿Tiene alguna prueba para esta teoría? 

No… ¡pero eso no quiere decir que no pudo pasar! Cuando pienso en todos los transplantes que realicé, todos esos pacientes de Europa, de los Emiratos Árabes, e incluso los hipócritas de los Estados Unidos. A muy pocos yanquis les interesaba saber de dónde había salido su nuevo páncreas o riñón. Podía ser de un niño de la Ciudad de Dios o de un estudiante desafortunado en una prisión política de China. No lo sabían y no les importaba. Ustedes sólo firmaban sus cheques de viajero, pasaban por el bisturí, y se devolvían para Miami, o Nueva York, o donde fuera. 

¿Alguna vez trató de contactar a alguno de esos pacientes, de advertirles? 

No. Estaba ocupado tratando de recuperarme de un escándalo, de volver a levantar mi reputación, mi clientela, mi cuenta de banco. Quería olvidar todo lo que había pasado, no investigarlo a profundidad. Para cuando me di cuenta del verdadero peligro, ya lo tenía golpeando la puerta de mi casa.

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