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miércoles, 2 de enero de 2013

43.- WORLD WAR Z - SYDNEY, AUSTRALIA

[El Clearwater Memorial es el hospital más nuevo de Australia, y el más grande que se ha construido desde el final de la guerra. La habitación de Terry Knox queda en el piso diecisiete, que muchos llaman la “Suite Presidencial.” Sus lujosas instalaciones y los costosos medicamentos que necesita, los cuales son casi imposibles de conseguir hoy en día, son lo menos que el gobierno puede darle al primer, y hasta el momento, el único comandante australiano de la Estación Espacial Internacional. En sus propias palabras, “No está nada mal para ser el hijo de un minero de ópalos de Andamooka.” Su cuerpo demacrado parece revivir durante nuestra conversación. Su piel recupera algo de su color original.]

Ojalá algunas de las historias que cuentan sobre nosotros fueran ciertas. Nos hacen parecer más heroicos. 

[Sonríe.] 

La verdad es que no estábamos “varados,” al menos no en el sentido de quedarnos atrapados allí sin previo aviso. Nadie sabía lo que estaba pasando mejor que nosotros. Nadie se sorprendió cuando la tripulación de reemplazo de Baikonur no pudo despegar, o cuando Houston nos ordenó que nos metiéramos en el X-38 para evacuar la estación. Desearía poder decirle que desafiamos nuestras órdenes o que peleamos para decidir quién se quedaría. Lo que sucedió en realidad es mucho más mundano y razonable. Ordené que todo el equipo científico, y cualquier otro personal no esencial regresara a La Tierra, y le di al resto del grupo la opción de irse o quedarse. Una vez que el “bote salvavidas” X-38 se fuera, quedaríamos técnicamente varados en órbita, pero cuando se piensa en todo lo que estaba en juego, creo que ninguno de nosotros quería irse.

La EEI es una de las grandes maravillas de la ingeniería humana. Hablamos de una plataforma orbital tan grande que podía ser vista desde La Tierra a simple vista. Para construirla, se había requerido del esfuerzo de dieciséis países durante más de diez años, más de doscientas caminatas espaciales, y más dinero del que cualquier político de atrevería a admitir en público. ¿Qué se necesitaría para construir otra, si tal cosa llegaba a ser posible otra vez? 

Pero más importante que la estación en sí, era el incalculable, e igualmente irreemplazable recurso de la red mundial de satélites. En ese entonces había unos tres mil en órbita, y la humanidad dependía de ellos para todo, desde comunicaciones, navegación y vigilancia, hasta algo tan mundano y normal, pero tan vital como la predicción del clima. Esa red es tan importante para el mundo moderno como los caminos lo fueron para la antigüedad, o como las vías férreas para la revolución industrial. ¿Qué iba a pasarle a la humanidad, si esos sistemas de enlace tan importantes comenzaban a caer del cielo? 

Nuestro plan nunca fue salvarlos a todos. Eso era poco realista e innecesario. Sólo teníamos que concentrarnos en los sistemas que eran vitales para el esfuerzo de la guerra, y para eso, sólo tenían que permanecer en el aire una docena de pájaros. Nada más por eso valía la pena el riesgo de quedarse.

¿Alguna vez les prometieron rescatarlos?

No, y no lo esperábamos. Nuestra preocupación no era cómo volver a La Tierra, sino cómo íbamos a hacer para sobrevivir allá arriba. Incluso con nuestros tanques de O2 y las velas de perclorato de emergencia, y con nuestro sistema de reciclaje de agua operando al máximo de su capacidad, sólo teníamos comida para unos veintisiete meses, y eso incluía también los animales experimentales del laboratorio. Ninguno había sido usado para probar vacunas, así que su carne seguía siendo comestible. Todavía puedo escuchar sus chillidos, y ver las pequeñas gotas de sangre flotando en microgravedad. Allá arriba no se podía desperdiciar ni la sangre. Traté de verlo como científico, calculando el valor nutricional de cada pequeño punto rojo flotante que me tragaba. Me repetía constantemente que era por el bien de la misión, y no sólo por el hambre atroz que me invadía.

Dígame más sobre la misión. Si estaban atrapados en la estación, ¿cómo mantenían los satélites en órbita?

Usábamos el VAT “Julio Verne III,” la última cápsula de abastecimiento que fue lanzada antes de que la Guayana Francesa fuese invadida. Originalmente había sido diseñado como un vehículo desechable, y después de depositar su carga, lo llenaríamos de basura y lo dejaríamos caer hacia La Tierra para que se quemara en la atmósfera. Lo modificamos con controles manuales de vuelo y un asiento para un piloto. Ojalá hubiésemos podido instalarle una ventana. Navegar por video no era nada divertido; tampoco lo era el realizar todas mis actividades extra vehiculares, todas esas caminatas espaciales, usando el delgado traje de reentrada, porque la cápsula no tenía suficiente espacio para llevar el equipo EVA adecuado.

Casi todas mis excursiones fueron hacia el ASTRO, que era básicamente una estación de servicio en medio del espacio. Algunos satélites, los militares y de vigilancia, a veces tienen que cambiar de órbita para enfocar nuevos objetivos. Lo logran activando sus propulsores de maniobras, y al hacerlo gastan pequeñas cantidades de combustible de hidracina. Antes de la guerra, el ejército norteamericano resolvió que era más rentable tener una estación automática de abastecimiento y mantenimiento en órbita, en lugar de enviar un montón de misiones tripuladas. Por eso crearon a ASTRO. Nosotros lo modificamos para propulsar a los demás satélites, los modelos civiles que sólo necesitaban un empujón de vez en cuando para no caer de sus órbitas. Era una máquina maravillosa: nos ahorró mucho trabajo. Teníamos un montón de tecnología similar. Estaba el “Canadarm,” una oruga robótica de quince metros que realizaba muchas labores de mantenimiento en la cubierta exterior de la estación. Estaba el “Boba,” un robot operado a través de una interfaz de realidad virtual y equipado con propulsores, con el que podíamos trabajar alrededor de la estación y también enviarlo hacia los satélites. También teníamos un pequeño escuadrón de APSs, unos robots multipropósito que simplemente flotaban a la deriva, más o menos de a misma forma y tamaño de una toronja. Toda esa maravillosa tecnología había sido diseñada para hacernos la vida más fácil. Ojalá no hubiese funcionado tan bien. 

Siempre había una hora cada día, y hasta dos, en las que no teníamos nada qué hacer. Uno podía dormir, ejercitarse, releer los mismos libros, escuchar la Radio Mundo Libre o la música que habíamos llevado a bordo (una y otra y otra vez). No sé cuántas veces escuché esa canción de Redgum que dice, “God help me, I was only nineteen.” Era la favorita de mi padre, le recordaba sus días en Vietnam. Yo sólo deseaba que todo ese entrenamiento militar le sirviera para mantenerlos vivos a él y a mamá. No había sabido nada de ellos, ni de nadie más en Oz desde que el gobierno se había trasladado a Tasmania. Quería creer que estaban bien, pero después de ver lo que estaba sucediendo en La Tierra, que era lo que casi todos hacíamos cuando estábamos descansando, era casi imposible mantener las esperanzas. 

Dicen que durante la guerra fría, los satélites espías norteamericanos podían leer una copia del Pravda en las manos de un ciudadano soviético. No sé si eso era verdad. No conozco bien las características de la tecnología de esa época. Pero sí puedo asegurarle que los de ahora, cuyas señales pirateábamos a través de las repetidoras —esos nos permitían ver la carne desgarrándose y los huesos partiéndose. Podían leerse los labios de las víctimas que suplicaban, y ver el color de sus ojos cuando se dilataban con el último aliento. Podía verse cuando la sangre de las heridas comenzaba a ponerse negra, y lo diferente que se veía sobre el cemento de Londres y sobre las arenas de Cape Cod.

No podíamos controlar lo que los satélites espías enfocaban. Sus objetivos eran definidos por los militares. Vimos un montón de combates —Chongqing, Yonkers; observamos a toda una tropa de soldados de la India tratando de rescatar a los civiles atrapados en el Estadio Ambedkar de Delhi, para luego quedar ellos mismos atrapados y tener que retirarse hasta el Parque Gandhi. Ví como su comandante los hacía formar en un cuadrado parecido al que los ingleses usaban en la época de la colonia, y funcionó, al menos por un tiempo. Eso era lo más frustrante de la vigilancia satelital; sólo podíamos ver, no escuchar. No sabíamos que a los hindúes se les estaban acabando las balas, sólo veíamos que los zombies se acercaban cada vez más. Un helicóptero aterrizó cerca y el comandante comenzó a discutir con sus subordinados. No sabíamos que se trataba del general Raj-Singh, nunca habíamos oído hablar de él. No crea ni una de las palabras que los críticos dicen de ese hombre, que escapó cuando las cosas se pusieron difíciles. Nosotros lo vimos. Él trató de resistirse, quería pelear, pero uno de sus hombres lo golpeó en la cara con la culata del rifle. Estaba inconsciente cuando lo subieron al helicóptero. Era una sensación horrible, verlo todo tan de cerca sin poder hacer nada. 

Nosotros también teníamos con qué observar, a través de los satélites civiles de investigación y los equipos de la estación. Las imágenes que obteníamos no eran ni la mitad de detalladas que las de los militares, pero seguían siendo aterradoramente claras. Nos permitieron ver por primera vez los gigantescos enjambres sobre Asia y las planicies de Norteamérica. Eran de verdad enormes, se extendían por kilómetros, como dicen que alguna vez lo hicieron los bisontes americanos. 

Vimos la evacuación de Japón y no pudimos evitar maravillarnos ante el tamaño de esa empresa. Cientos de barcos, miles de botes pequeños. Perdimos la cuenta de cuántos helicópteros iban y venían entre los techos y las bases militares, y cuántos aviones hicieron su último vuelo hasta el norte de Kamchatka. 

Fuimos los primeros en descubrir los agujeros zombies, los pozos que los muertos vivientes excavan para buscar animales subterráneos. Al principio creímos que eran sólo incidentes aislados, hasta que notamos que aparecían por todo el mundo; algunas veces aparecían unos muy cerca de los otros. Había un campo en el sur de Inglaterra —supongo que allí vivían un montón de conejos— que quedó completamente agujereado, montones de huecos de diferentes tamaños y profundidades. Casi todos tenían estas enormes y oscuras manchas a su alrededor, y aunque nunca pudimos verlas de cerca, estábamos seguros de que era sangre. Para mí, ese era el ejemplo más horripilante de la voluntad de nuestro enemigo. No tenían ningún tipo de conciencia, sólo el instinto más básico. Una vez vi a un Z excavando tras algo, seguramente un topo dorado, en el Desierto de Namibia. El topo se había enterrado en la pendiente de una duna. Aunque el muerto trató de seguirlo, la arena se deslizaba y cubría el agujero constantemente. El zombie no se detuvo, no reaccionó de ninguna manera, simplemente siguió cavando. Lo observé durante cinco días, esa imagen borrosa de un Z cavando, y cavando, y cavando, y una mañana simplemente se detuvo, se paró, y se alejó cojeando como si nada hubiese pasado. Seguramente le perdió el rastro. Bien por el topo.

Pero a pesar de tener todos esos equipos ópticos, nada tenía tanto impacto como lo que veíamos con nuestros propios ojos. El simple hecho de mirar por la ventana hacia nuestra frágil biosfera. Al presenciar esa masiva devastación ecológica, uno entiende por qué el movimiento ambientalista comenzó sólo después del inicio de la era espacial. Había tantos fuegos, y no sólo me refiero a los edificios en llamas, los bosques, y los pozos petroleros ardiendo fuera de control —es increíble que los malditos saudíes hayan sido capaces de eso— Me refiero también a las fogatas de los campamentos, había al menos mil millones de esas, como pequeñas manchas naranjadas cubriendo la superficie, en donde antes se veían sólo luces eléctricas. Todos los días, todas las noches, parecía que todo el plantea ardía en llamas. No podíamos ni calcular la cantidad de cenizas, pero nos atrevimos a adivinar que debían ser el equivalente a un pequeño intercambio nuclear entre los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, y eso sin contar el intercambio nuclear que sí ocurrió entre Irán y Pakistán. También vimos y grabamos ese, los destellos y el fuego que me dejaron viendo puntos luminosos durante varios días. El otoño nuclear se había esparcido por todo el globo, y la alfombra gris se hacía más gruesa cada día. 

Era como estar viendo otro planeta, o el mundo prehistórico durante la última extinción en masa. Eventualmente, los equipos ópticos convencionales fueron inútiles por culpa de la contaminación, dejándonos sólo con los sensores termales y el radar. Los tonos naturales de la superficie se desvanecieron tras una caricatura de colores primarios. Fue a través de uno de esos sistemas, el sensor Aster a bordo del satélite Terra, que vimos colapsar la Represa de las Tres Gargantas. 

Eran más o menos doce mil billones de litros de agua, arrastrando escombros, lodo, rocas, árboles, autos, casas, ¡y los pedazos de la represa, que eran cada uno más grandes que una casa! Estaba viva, como un dragón pardo y blanco recorriendo China hacia el Mar Oriental. Cuando pienso en la gente que estaba en su camino… atrapados dentro de edificios fortificados, sin poder escapar de la inundación por culpa de los Zs frente a sus puertas. Nadie sabe cuánta gente murió esa noche. Todavía siguen encontrando cadáveres. 

[Una de sus manos esqueléticas se cierra en un puño, y con la otra presiona el botón de “automedicación.”]

Cuando pienso en la manera en que el gobierno trató de explicarlo todo… ¿Alguna vez ha leído la trascripción del discurso del presidente chino? Nosotros lo vimos en vivo, en una señal pirateada de su satélite Sinosat II. Lo llamó una “tragedia inesperada.” ¿De verdad? ¿Inesperada? ¿No habían previsto que la represa había sido construida sobre una falla activa? ¿No habían previsto que el enrome peso de otros embalses gigantes había provocado varios terremotos en el pasado, y que se habían detectado grietas en los cimientos meses antes de terminar la obra? 

También lo llamo un “accidente inevitable.” Maldito. Tenían suficientes tropas para librar una guerra abierta en todas sus ciudades, ¿pero no podían disponer de un par de policías de tránsito para evacuar y evitar una tragedia que estaba anunciada? ¿No se imaginaban las repercusiones que tendría el abandonar las estaciones de monitoreo sísmico y las compuertas de emergencia? Y luego trataron de cambiar la historia, diciendo que habían hecho todo lo posible para salvar la represa, y que, en el momento del desastre, hombres valientes del Ejército de Liberación Popular habían dado sus vidas para defenderla. Pues bien, yo llevaba más de un año observando personalmente las Tres Gargantas, y los únicos miembros del ELP que vi, habían perdido la vida mucho, mucho antes. ¿De verdad creyeron que la gente se tragaría una mentira tan descarada? ¿De verdad se esperaban algo diferente a una rebelión generalizada? 

Dos semanas después del comienzo de la revolución, recibimos nuestra primera y única señal de la estación espacial china, Yang Liwei. Era la única estación tripulada que quedaba en órbita aparte de la nuestra, pero no se podía comparar con nosotros en ningún sentido. Había sido construida a las carreras, con módulos Shenzhou y un montón de tanques de combustible Long March soldados juntos, como una versión gigante del viejo Skylab.

Llevábamos meses tratando de contactarlos. Ni siquiera estábamos seguros de que hubiera alguien allí. Lo único que recibíamos siempre, era un mensaje pregrabado en inglés con acento de Hong Kong, advirtiéndonos que mantuviéramos nuestra distancia para no provocar una respuesta de “fuerza letal.” ¡Qué increíble desperdicio! Podríamos haber trabajado juntos, intercambiado provisiones, conocimientos técnicos. Quién sabe qué podríamos haber logrado si tan sólo hubiésemos ignorado la política y nos hubiésemos reunido como malditos seres humanos.

Después de un tiempo, nos convencimos de que la estación estaba abandonada y que su amenaza de “fuerza letal” era sólo un truco. No podríamos habernos sorprendido más cuando una señal llegó a través de nuestra radio de onda corta. Era una voz humana, cansada, asustada, y se interrumpió tras unos pocos segundos. Esa fue toda la motivación que necesité para abordar el Verne y dirigirme hacia la Yang. 

Tan pronto como apreció en el horizonte, noté que su órbita había cambiado radicalmente. Al acercarme, pude ver por qué. La compuerta de su módulo de escape había sido expulsada, pero como todavía estaba acoplado a la bahía de presión, toda la estación se había despresurizado en cuestión de segundos. Como precaución, solicité permiso para abordar. Nada. Al subir a bordo, vi que aunque la estación era lo suficientemente grande para una tripulación de siete u ocho personas, sólo tenía literas y artículos personales para dos. La Yang estaba repleta de equipos para emergencia, suficiente comida, agua, y velas de oxígeno para cinco años cuando menos. Lo que no pude entender era para qué todo eso. No había instrumentos científicos a bordo, ni equipos de vigilancia o recolección de datos. Era como si el gobierno chino hubiese enviado a dos hombres al espacio sólo con el propósito de tenerlos allí. A los quince minutos de mi caminata, encontré la primera de varias cargas de demolición. Esa estación espacial no era más que una gigantesca bomba de negación orbital. Si las cargas hubiesen detonado, los escombros de aquella estación espacial de cuatrocientas toneladas métricas no sólo habrían dañado o destruido cualquier otra plataforma flotante, sino que habrían impedido cualquier otro lanzamiento durante años. Era parte de una política china de “Espacio de Nadie”, “si nosotros no podemos subir allí, nadie más podrá.” 

Todos los sistemas de la estación seguían funcionando. No había ocurrido un incendio, no había daño estructural, nada que hubiese podido causar el accidente con la compuerta del módulo de escape. Encontré el cuerpo de un taikonauta con su mano aún cerrada alrededor de la palanca de expulsión de la compuerta. Tenía puesto uno de esos trajes presurizados para escapes de emergencia, pero el visor había sido atravesado por una bala. Supongo que el arma y su dueño fueron expulsados hacia el espacio. Me gusta pensar que la revolución china no se limitó únicamente a La Tierra, que ese hombre que abrió la compuerta fue el mismo que trató de contactarnos. Quizá su compañero era un partidario del viejo gobierno, un nacionalista al que le habían ordenado detonar las cargas de demolición. Entonces Zhai —ese era el nombre marcado en sus objetos personales— Zhai trató de arrojar a su compañero al espacio, y recibió un disparo en el intento. Es una buena historia, creo. Así es como quiero recordarla.

¿Así pudieron prolongar su estadía? ¿Usando los provisiones de la Yang?
[Hace un gesto de aprobación con el pulgar.] 

Utilizamos cada fragmento que pudimos extraer de ella como partes de repuesto y materia prima. Nos habría gustado conectar las dos plataformas, pero no teníamos ni el equipo ni el personal necesario para ese trabajo. Podríamos haber usado su módulo de escape para regresar a La Tierra. Tenía un escudo térmico adecuado y espacio para tres. Fue muy tentador. Pero la órbita de la estación estaba cayendo rápidamente y teníamos que hacer una elección de inmediato, escapar a La Tierra o reabastecer la EEI. Ya sabe cuál fue nuestra elección. 

Antes de abandonarla para siempre, presentamos nuestros respetos a nuestro amigo Zhai. Aseguramos su cuerpo a una litera, empacamos sus objetos personales, y tras regresar a la EEI, dijimos algunas palabras en su honor mientras la Yang se quemaba al entrar en la atmósfera. Pensándolo bien, él podía haber sido el nacionalista, no el rebelde, pero de todas formas sus acciones nos permitieron seguir con vida. Permanecimos otros tres años en órbita, tres años que no habrían sido posibles sin esos productos de China. 

Sigo pensando que una de las grandes ironías de la guerra fue que nuestra tripulación de reemplazo llegó a bordo de un vehículo espacial privado. El Spacecraft Three, esa nave que había sido diseñada como el primer vehículo de turismo espacial. El piloto tenía un enorme sombrero vaquero y una sonrisa yanqui de confianza. 

[Intenta imitar un acento de Texas.] 

“¿Alguien pidió un domicilio?”

[Se ríe, pero hace una mueca de dolor y se automedica otra vez.] 

Algunas veces nos preguntan si lamentamos nuestra decisión de quedarnos a bordo. No puedo hablar por mis compañeros. En sus lechos de muerte, los dos dijeron que lo volverían a hacer. ¿Cómo no voy a estar de acuerdo? No me arrepiento de la terapia física que tuvimos que soportar luego, tener que endurecer todos mis huesos otra vez y recordar por qué el Señor me dio un par de piernas al nacer. No lamento haberme expuesto a toda esa radiación, en esos EVAs sin escudo adecuado, todo ese tiempo allá afuera con el poco blindaje de la EEI. No me arrepiento de esto. 

[Señala el cuarto de hospital a nuestro alrededor, y las máquinas conectadas a su cuerpo.] 

Fue nuestra elección, y me gustaría pensar que al final, logramos hacer la diferencia. No está nada mal para ser el hijo de un minero de ópalos de Andamooka. 

[Terry Knox murió tres días después de esta entrevista.]

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