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miércoles, 2 de enero de 2013

38.- WORLD WAR Z - ZONA DESMILITARIZADA: COREA DEL SUR


[Hyungchol Choi, director general de la Oficina Central de Inteligencia Coreana, señala hacia el montañosos y árido paisaje que se extiende hacia el norte. Uno podría confundirlo con cualquier terreno similar al sur de California, de no ser por las cajas de medicamentos abandonadas, las banderas descoloridas, y la cerca oxidada de alambre de púas que recorre todo el horizonte.] 

¿Qué sucedió? Nadie sabe. Ningún país estaba mejor preparado para repeler la infección que Corea del Norte. Ríos al norte, océanos al oriente y occidente, y al sur 

[señala nuevamente hacia la Zona Desmilitarizada]

la frontera mejor vigilada de todo el mundo. Se puede ver lo montañoso que es el terreno, lo fácil que resultaría defenderlo, pero lo que no se vé, es que esas montañas están repletas de lo mejor en infraestructura militar. El gobierno norcoreano aprendió unas valiosas pero duras lecciones tras sus campañas de bombardeo de los años 50s, y trabajó desde ese entonces para crear un sistema subterráneo que les permitiera librar otra guerra desde una ubicación completamente segura. 

Su población estaba fuertemente militarizada, entrenada hasta un nivel que hacía que Israel pareciese Islandia. Más de un millón de hombres y mujeres se encontraban en servicio activo, con cinco millones más como reservistas. Eso era una cuarta parte de la población total, por no mencionar el hecho de que cada individuo del país, en algún momento de su vida, había recibido un entrenamiento militar básico. Pero algo más importante que el entrenamiento, y lo más decisivo para este tipo de guerra, era un nivel casi sobrehumano de disciplina nacional. A los norcoreanos se los entrenaba desde el nacimiento para pensar que sus vidas no tenían sentido, que existían sólo para servir al Estado, a la Revolución, y al Gran Líder.

Era casi por completo lo opuesto a lo que vivíamos en el sur. Nosotros éramos una sociedad abierta. Teníamos que serlo. El comercio internacional era nuestra sangre vital. Éramos individualistas, quizá no tanto como ustedes los norteamericanos, pero también tuvimos una gran cantidad de protestas y manifestaciones públicas. Teníamos una estructura social tan libre y dividida, que tuvimos grandes dificultades para implementar la Doctrina Chang durante el Gran Pánico. Una crisis como esa habría sido inimaginable en el norte. Ellos eran un pueblo que, incluso cuando el gobierno ocasionó una hambruna que estuvo a punto de eliminarlos a todos, prefirieron comer niños antes que levantarse en su contra. Tenían un nivel de sumisión que ni siquiera Adolf Hitler podría haberse imaginado. Si le hubiesen dado a cada ciudadano una pistola, una piedra, o sólo sus manos desnudas, les hubiesen señalado la horda de zombies y les hubiesen dicho “¡ataquen!” todos habrían obedecido, desde la mujer más anciana hasta el niño más pequeño. Era un país criado para la guerra, planeándola, preparándose, listo para luchar desde el 27 de Julio de 1953. Si alguna vez existió un país capaz no sólo de sobrevivir, sino de triunfar en el Apocalipsis que vivimos, era la República Popular Democrática de Corea.

¿Entonces qué pasó? Más o menos un mes antes de que comenzaran los problemas, antes de que los primeros casos fueran reportados en Pusán, el norte cortó, de pronto y sin explicación, todas las relaciones diplomáticas. No nos dijeron por qué la línea ferroviaria, la única conexión terrestre entre los dos lados, fue cerrada de repente, ni por qué tantos de nuestros ciudadanos que habían estado esperando décadas para ver a sus familiares en el lado norte, vieron sus sueños destrozados por un simple sello de caucho. No se dio ningún tipo de explicación. Lo único que obtuvimos fue la excusa de que “es un asunto de seguridad estatal” de siempre. 

A diferencia de muchos, yo no estaba convencido de que aquel fuese un acto de guerra. Cada vez que el norte amenazaba con iniciar hostilidades, las señales eran claras. Pero ésta vez ninguna de las trasmisiones por satélite, nuestras o de los norteamericanos, mostraban intenciones hostiles. No había movimiento de tropas, ni aviones cargando combustible, ni despliegue de barcos o submarinos. De hecho, nuestras fuerzas a lo largo de la Zona Desmilitarizada comenzaron a ver que en el lado opuesto había cada vez menos gente. Los conocíamos, a todos los guardias fronterizos. Los habíamos fotografiado muchas veces a lo largo de los años, dándoles sobrenombres como Ojos de Serpiente o Cara de Perro, y hasta teníamos archivos completos sobre sus edades aproximadas, antecedentes y supuesta personalidad. Pero luego desaparecieron, se desvanecieron tras unas trincheras bien protegidas y unas torretas de vigilancia. 

Nuestros detectores sísmicos estaban igual de silenciosos. Si el norte hubiese estado excavando túneles, o incluso reuniendo vehículos pesados al otro lado de “La Zona,” habríamos podido escucharlos como si fueran la Compañía Nacional de Ópera. 

Panmunjom es el único punto de la Zona Desmilitarizada en el que los lados opuestos pueden verse cara a cara para negociar. Tenemos soberanía conjunta sobre los salones de conferencias, y los soldados de cada lado tratan de impresionar los del otro, formándose a sólo unos pocos metros los unos de los otros en el patio compartido. Los guardias eran rotados constantemente. Una noche, cuando el grupo norcoreano entró en las barracas, no salió ninguna otra unidad a reemplazarlos. Las puertas se cerraron, las luces se apagaron, y nunca más volvimos a verlos. 

También observamos un alto total en las operaciones humanas de infiltración e inteligencia. La llegada de los espías del norte era tan regular y tan predecible como las estaciones. Casi siempre eran fáciles de identificar, porque llevaban ropa pasada de moda, o preguntaban el precio de artículos que todo el mundo sabe cuánto valen. Los agarrábamos todo el tiempo, pero desde que comenzaron las infecciones, su número se redujo a cero. 

¿Y qué pasó con sus propios espías en el norte? 

Desaparecieron, todos ellos, más o menos al mismo tiempo que todos los equipos electrónicos de vigilancia comenzaron a fallar. Y no me refiero a que las señales de radio fueran confusas, sino a que no había ninguna en absoluto. Uno por uno, todos los canales civiles y militares dejaron de transmitir. Las imágenes de satélite mostraban cada vez menos campesinos en los sembrados, menos peatones en las calles, hasta menos trabajadores “voluntarios” en los proyectos públicos de construcción, cosa que nunca había pasado antes. De pronto, cuando menos lo pensamos, no quedó ni una sola persona entre el Yalú y la Zona Desmilitarizada. Desde el punto de vista de la oficina de inteligencia, parecía que todo el país, cada hombre, mujer y niño de Corea del Norte, simplemente había desaparecido.

Ese misterio sólo sirvió para avivar nuestra creciente ansiedad, debido a lo que teníamos que enfrentar aquí. Para ese entonces teníamos epidemias en Seúl, P‟ohang y Taejón.
Mokpo había sido evacuada, Kangnung estaba en cuarentena, y, por supuesto, habíamos tenido nuestra propia versión de Yonkers en Inchón, y todo eso agravado por el hecho de que la mitad de nuestras fuerzas estaban ocupadas vigilando la frontera norte. Mucha gente en el Ministerio de Defensa estaba convencida de que en Pyongyang estaban listos para la guerra, que estaban esperando ansiosamente nuestro peor momento para bajar marchando por el paralelo 38. Nosotros, en las oficinas de inteligencia, no podíamos estar más en desacuerdo. Les decíamos todo el tiempo que, si acaso ellos estaban esperando nuestro peor momento, ese momento había llegado ya. 

La República estaba al borde del colapso. Se estaban elaborando planes secretos para una reubicación total, como la de los japoneses. Los equipos de avanzada estaban explorando posibles zonas en Kamchatka. Si la Doctrina Chang no hubiese dado resultado… si tan sólo unas cuantas unidades más hubiesen caído, o si algunas zonas seguras no hubiesen resistido… 

Quizá le debemos nuestra supervivencia al norte, o por lo menos al temor que le teníamos. Mi generación nunca vió al norte como una amenaza real. Hablo de los civiles, si me entiende, la gente de mi edad, que veían al norte como una nación retrógrada, pobre y fracasada. Mi generación había vivido siempre en medio de la paz y la prosperidad. A lo único que le temíamos era a una reunificación como la de Alemania, que traería una oleada de ex-comunistas sin hogar y buscando trabajo. 

Pero los que estuvieron antes que nosotros no eran así… nuestros padres y nuestros abuelos… que habían vivido con el fantasma muy real de una invasión flotando sobre sus cabezas, sabiendo que en cualquier momento podían sonar las alarmas, podían apagarse las luces, y todos los banqueros, profesores y choferes de taxi podían ser llamados a tomar las armas y defender a su país. Sus mentes y corazones estaban siempre en alerta, y al final, fueron ellos, no nosotros, los que revivieron el espíritu nacional. 

Yo sigo insistiendo que debemos organizar una expedición al norte. Pero siempre rechazan mi propuesta. Me dicen que hay demasiado trabajo por hacer. El país todavía está destrozado. También están los compromisos internacionales, sobre todo la repatriación de todos esos refugiados de vuelta a Kyushu… 

[Se ríe.] 

Esos japos tienen una enorme deuda con nosotros. 

Yo ni siquiera estoy pidiendo todo un equipo de reconocimiento. Que me den un solo helicóptero, o un barco pesquero; al menos que me abran la puerta de Panmunjom y me dejen ir sólo y a pié. ¿Y qué tal si activas alguna trampa? responden ellos. ¿Qué tal si es un dispositivo nuclear? ¿Qué pasará si abres las puertas de alguna ciudad subterránea, y veintitrés millones de zombies salen gimiendo de allí? Sus argumentos no son del todo descabellados. Sabemos que la Zona Desmilitarizada está llena de minas. El mes pasado, un avión de carga que se acercó demasiado a su espacio aéreo fue derribado por un misil tierra-aire. Fue lanzado desde una plataforma automática, una de las que diseñaron como una medida de retaliación en caso de que toda su población fuese aniquilada.

El común de la gente piensa que todos evacuaron hacia sus instalaciones subterráneas. Si eso es cierto, entonces nuestras estimaciones sobre el tamaño y la profundidad de esos refugios eran tremendamente inexactas. Quizá sea cierto que toda la población se encuentra bajo tierra, trabajando incansablemente en una nueva maquinaria de guerra, mientras su “Gran Líder” se embrutece con licores occidentales y pornografía norteamericana. ¿Ya se habrán dado cuenta de que la guerra terminó? ¿Acaso sus líderes les siguen mintiendo, diciéndoles que el mundo que conocían ya no existe? Quizá la llegada de los muertos vivientes fue algo “bueno” para ellos, una excusa para apretar el yugo de una sociedad construida con base en la sumisión ciega. El Gran Líder siempre había querido convertirse en un Dios viviente, y ahora, como dueño no sólo de la comida que come el pueblo y del aire que respiran, sino también de la luz de sus soles artificiales, quizá su loco ideal se ha convertido por fin en realidad. O quizá ese era su plan original, pero algo le salió desastrosamente mal. Mire lo que pasó en la “ciudad de los topos” bajo París. ¿Qué tal si eso mismo sucedió en el norte, pero con toda la población del país? Quizá esas cavernas están a reventar con veintitrés millones de zombies, esclavos emancipados, gimiendo en la oscuridad y esperando sólo a ser liberados.

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